sábado, 24 de enero de 2015

Pedro Lemebel, el escritor que gritó su diferencia

Murió Pedro Lemebel, a los 62 años, en Santiago de Chile. Se había atrevido a desafiar, en los últimos días, la gravedad de su estado yéndose a ver el mar, donde se dejó "inmortalizar" en las fotos de amigos y admiradores. "El maldito cáncer me robó la voz, aunque tampoco era tan afinado que digamos", había dicho en su página de Facebook en diciembre último, el escritor y artista que padecía un tumor de laringe. Habían dicho de él –y era verdad- que su literatura y su militancia eran inescindibles. Así de poético, lúcido y descarnado fue en su muerte.
Sonaron las alertas cuando apareció en su muro la carta que posteó: “Les dejo estas letras en este último día de este mísero y próspero año..., el reloj sigue girando. No hace frío ni calor, y extiendo mi voz como un abrazo anticipado hacia ustedes… Los beso a todos, a quienes compartieron conmigo en alguna turbia noche. Nos vemos, dónde sea”.
Quizá para sentirse arropado por la gente que lo adoraba en su descaro y su talento, Pedro hizo su último gran esfuerzo al presentarse en la apertura del Festival de Teatro “Santiago a mil”, a comienzos de este mes, donde lo aplaudieron de pie. Lemebel se emocionó y se dejó abrazar por todos, estrujando un ramo de flores como una novia agradecida. El homenaje fue la última declaración de amor a un artista y un escritor inclasificable, salvo porque sus textos -salidos siempre de las entrañas- lo convirtieron en el cronista de los márgenes de Chile, uno de los más agudos de América latina. Aquella despedida ocurrió en “Noche Macuca”, allí en el Centro GAM (Gabriela Mistral) que Michelle Bachelet inauguró en su primera presidencia.
 “Aunque tengo la voz muerta, estoy enferma de vida”, decía en 2011 luego de atravesar intervenciones quirúrgicas por su enfermedad. Y esa vida le concedió el talento para decir y hacer. En plena dictadura chilena apareció en un encuentro de partidos opositores con tacos altos y una hoz pintada en el rostro leyendo su manifiesto "Hablo por la diferencia", donde hablaba, gritaba, cómo era ser homosexual, pobre y de izquierda. En ese texto dejó algunos de su versos más citados: “Porque ser pobre y maricón es peor/Hay que ser ácido para soportarlo/Es darle un rodeo a los machitos de la esquina/Es un padre que te odia/Porque al hijo se le dobla la patita.”  Y el reclamo a sus compañeros, como una cachetada: “Hay tantos niños que van a nacer/Con una alita rota/Y yo quiero que vuelen compañero/Que su revolución/Les dé un pedazo de cielo rojo/Para que puedan volar.”
Lemebel dio su gran pelea por la identidad, a través de sus lúcidas crónicas que pintaron una multitud de realidades con recursos inventados. Sus textos, que abordaban cuestiones relativas a las minorías, los derechos humanos, la sexualidad, la violencia o la realidad sociopolítica, siempre apuntaron a sacudir el letargo del lector respecto de esa conciencia de ser alguien verdadero. No lo hizo instalado cómodamente en la democracia. Sino mucho antes, cuando ser homosexual y mezclarse con otra clase social en una sociedad tan estratificada como la chilena, era tomar un enorme riesgo durante la dictadura de Augusto Pinochet. Tanto así que hasta la derecha homosexual aprovechó su provocación para salir del placard. Lemebel solía emplear la palabra sidoso como metáfora extrema de la marginación, y se la atribuía a sí mismo aunque no estaba enfermo.
Loco afán”, “De perlas y cicatrices”,  “Adiós, mariquita linda” o “Háblame de amores”, entre otros títulos, no son sólo crónicas en las que Lemebel arrasa con todo: con la impostura, la ingenuidad y los prejuicios de quienes se zambullen en los temas que el artista necesita verbalizar. Son espejos donde mirarse sin poder torcer la vista de aquello que se descubre más allá de lo que se ve.
En “Háblame de amores”, título de una canción que a Pedro le traía nostalgias, aparecen los argentinos Mercedes Sosa y Fernando Noy, a quienes el escritor chileno les confiere un espacio relevante en su vida. Está allí Camila Vallejo, la joven dirigente estudiantil que puso de cabeza al gobierno de Piñera aglutinando un gigantesco reclamo por la educación gratuita en el país trasandino. Los géneros que Lemebel transita, en esencia, son la crónica y la performance (en actuaciones bajo el nombre "Yeguas del Apocalipsis"), pero también existe una narración autobiográfica atravesada por los recursos de la ficción. Lejos de apartarse de los géneros que lo identifican, la literatura de Lemebel se nutre con estos aportes de mayor credibilidad. 
En muchos de sus trabajos literarios Lemebel recuerda a Manuel Puig y a Néstor Perlongher. Compartía con el primero la reivindicación de la "cursilería" como estilo posible, que al igual que en Puig es una manera de vengarse de ese mundo estrecho del origen. La diferencia entre ellos es que, como dice Carlos Monsiváis, en Lemebel la literatura y la militancia eran inescindibles. No sólo militaba al tratar de incorporar nuevos criterios estéticos al canon cultural. a la crónica latinoamericana tradicional, ya consagrada y cómoda en su folclore. Si no, sobre todo, al hacer consciente lo invisible; al sacar al otro de su autoengaño para estamparlo con la conciencia de ser un otro más auténtico, más verdadero.

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