sábado, 4 de enero de 2014

Ella, la Pacificadora

“El ministro del Interior lo ha señalado, aquí falta mayor diligencia para llegar finalmente al resultado que todos buscan, que es la pacificación de La Araucanía”. La frase, textual, es de la ministra vocero de gobierno,Cecilia Pérez, quien explicó de esta forma a los medios el amplio despliegue policial de los últimos días en la región de La Araucanía, incluida la visita del propio ministro Andrés Chadwick a Temuco. La frase de la secretaria de Estado resume de manera magistral el fondo del problema. O una de las aristas de las que menos se habla a la hora de analizar las causas del interminable conflicto chileno-mapuche. Hablo de la brutal ignorancia de la Historia de Chile que afecta a gran parte de la clase política chilena, sean de izquierda, centro o derecha quienes gobiernen nuestros destinos desde La Moneda.
Uno supone que es ignorancia, ojo. Terrible sería imaginar a la ministra Pérez referirse tan suelta de cuerpo a la “Pacificación de la Araucanía”, teniendo cabal conocimiento de aquella sangrienta guerra de anexión colonial de la que fueron víctimas nuestros bisabuelos y bisabuelas. Guerra injusta, no declarada, guerra a traición que implicó la pérdida de la soberanía mapuche, el despojo de gran parte de nuestro territorio histórico y el saqueo de una rica base económica ganadero-comercial. Jorge Pinto, Premio Nacional de Historia 2012, resumió de esta manera la mal llamada “Pacificación de La Araucanía” en una entrevista que me concedió para el semanario The Clinic el año 2013.
“La ocupación de la Araucanía se decidió a propósito de una crisis económica que afectó al país el año 1857. Se optó entonces por ocupar el territorio mapuche utilizando todos los elementos y capacidades de un Estado que en esos años ya disponía de un ejército profesional. Fue allí que se trasladó a don Cornelio Saavedra a la zona, dando inicio a este proceso de invasión que fue muy violento. Hay un testimonio de Saavedra que habla de una “guerra de exterminio”, una “guerra de tierra arrasada”, el mismo lo reconoce en sus informes a Santiago. El carácter violento del arribo del Estado chileno a La Araucanía hoy no admite discusión, lo evidencian las fuentes. Los periódicos de la época consignaron muchos testimonios, cartas de lonkos que denunciaban los atropellos”, relató Jorge Pinto.
¿Conocerá esta historia la ministra Cecilia Pérez, su jefe el ministro Chadwick o tal vez el propio Presidente Piñera? Lo dudo y créanme que seriamente. Y he allí parte importante del problema. La ignorancia de la élite chilena sobre su propia historia y lo violento del arribo de sus abuelos a la tierra de nuestros mayores. No es de sorprender entonces que desde La Moneda, cada verano, se insista en el abordaje policial de un conflicto que escapa por lejos al sensacionalismo de la crónica roja. No, no se trata ministra Cecilia Pérez de un par de camiones quemados o de tal o cual hacienda destruida. Todo ello, no me canso de repetirlo en estos días, apenas es un síntoma de una enfermedad mucho más profunda que padece Chile. Hablo de su imperfecto sistema democrático, su anquilosada estructura de Estado, un modelo de desarrollo económico que linda con el saqueo y una sociedad chilena incapaz de reconciliarse con su morenidad frente al espejo.
Todo ello -y no los índices de seguridad pública en sectores rurales como suponen los gremios sureños- es lo que pone en cuestión hoy la demanda mapuche en Chile. Es traer a un Chile anclado en el monocultural siglo XIX al siglo XXI de la plurinacionalidad y la sana convivencia interétnica. Si, es cierto, hay actos de violencia del todo condenables, cada tanto se suceden enfrentamientos de Carabineros con comuneros movilizados por sus tierras y uno que otro camión es incendiado en algún apartado sector rural. También se ha debido lamentar la muerte de comuneros y agricultores, víctimas por igual ante los mapuche, pero de trato muy distinto ante las autoridades de gobierno y sobre todo los tribunales. Así y todo, estimada ministra, no es allí donde radica el fondo del problema. La violencia, por lo demás acotada a determinadas comunas, es apenas un síntoma de un conflicto mucho mayor. Le insisto.
¿Entenderá lo que estoy diciendo la ministra Cecilia Pérez? Ni de cerca.Lo trágico de todo esto -si, siempre las cosas pueden ser todavía más trágicas- es que a estas alturas poco y nada les debe interesar entenderlo. Tras cuatro años de continuidad de las políticas públicas indígenas de la Concertación, hoy el principal interés de las autoridades salientes pareciera ser no minar la popularidad en alza del primer mandatario -de cara a una segunda aventura presidencial en 2017- y largarse de vacaciones sin mayores sobresaltos. Y ello, al sur del Biobío, es sinónimo de Carabineros, helicópteros, drones y cuanta cosa sea necesaria para “contener” un conflicto que insisten, una y otra vez, en situar en los estrechos márgenes de la crónica policial. Es la continuidad de aquella Pacificación de La Araucanía de la que nos hablaba el profesor Jorge Pinto, aquella guerra colonial de la cual nada le contaron a usted en la escuela y de la cual, sospecho, poco y nada se van a enterar en La Moneda en la previa del 11 de marzo.

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