jueves, 2 de enero de 2014

"Aprendí todo lo que me enseñaron, pero no sirvió"

Agosto fue un mes álgido. Juntarse con Néstor Catalán, alumno del Cuarto Ñ del Instituto Nacional, no era fácil. Su colegio llevaba un par de meses en toma y los jóvenes movilizados defendían con recelo el ingreso al establecimiento. Conversaciones en San Diego 92, la puerta alternativa del liceo, permitieron aclarar dudas. La idea de conocer en detalle la preparación de uno de los mejores institutanos de su generación -con un promedio de notas de 6,8- fue abriendo puertas.
En esa misma fecha y a kilómetros de ahí, en el poblado de Maipo, en Buin, los alumnos del Liceo de Maipo estaban en clases normales. El establecimiento estuvo en toma, pero volvió pronto a la normalidad. En ese ambiente, casi familiar del liceo, Justine Algüerno, alumna del único cuarto medio, sobresalía, como cada año, por sus notas, exhibiendo un 6,9 de promedio. Los dos jóvenes tienen varias cosas en común: ambos de escasos recursos, fueron los mejores de su generación y estudiaron en liceos municipales, aunque uno lo hizo en el mejor de Chile y la otra en uno de los de peor resultados en la prueba de ingreso a la universidad. La Tercera siguió su preparación para la PSU durante más de cinco meses.
Lejana a la realidad de los liceos emblemáticos, Justine combinaba sus estudios con sus trabajos: después del colegio, acompañaba a su madre a hacer aseo en casas particulares. Allí, recolectaba ropa usada que vendía los domingos en una feria de las pulgas. La PSU no era prioridad todavía.
Por el contrario, la metodología de estudio de Néstor era sagrada. Ciento por ciento de asistencia al preuniversitario donde cursó todos los ramos disponibles. La preparación comenzó el año anterior, con cursos de matemática, lenguaje y física. Este último ramo lo tomó para compensar materias no vistas a causa de otras tomas que vivió el colegio en 2010. Pero no era lo único. Todos los sábados asistía al preuniversitario gratuito que impartió el Nacional y que no se detuvo por la toma. Con amigos que asistían a otros preuniversitarios, formaron un grupo de estudio. "Rotamos de casas e intercambiábamos información. También estudiamos en línea", comentaba Néstor en septiembre, cuando todo Chile celebraba las Fiestas Patrias.
Justine, en cambio, pasó el 18 trabajando. Un tío que vende cabritas, algodones y manzanas confitadas fue contratado para participar en la fonda que organizan los trabajadores de La Moneda. Por atender el carrito, Justine ganó 25 mil pesos. "Me fui feliz para la casa", contó ese día.
Octubre transcurrió de manera similar para ambos. En noviembre, las cosas cambiaron. En uno de los hogares en los que Justine hacía aseo, la hija de la dueña de casa, al terminar su preuniversitario, le prestó sus facsímiles. Fue su primer "ensayo real". "Redoblé mis estudios, pero me di cuenta que todo lo que aprendí en el colegio no era ni la mitad de lo que preguntaban en los libros", advertía la joven. Faltaba poco tiempo para la PSU y aumentó su dedicación. También tuvo la certeza de que quería seguir estudios superiores, aunque cortos, "para tener dinero rápido". Antes, ni de eso estaba segura.
Néstor, por su parte, contaba que en los ensayos de matemática, ciencias y lenguaje ya bordeaba los 800 puntos. Vive con su madre y su hermano mayor. El ingreso familiar depende de la pensión alimenticia que paga su padre y de algún trabajo esporádico que consigue su mamá. Una buena PSU y luego becarse eran las únicas opciones de seguir estudios superiores. "Siempre lo supe", dice. De hecho, los preuniversitarios que cursó fueron sin costo, gracias a sus buenos puntajes en los ensayos y sus notas.
El 9 de diciembre, Justine se licenció de cuarto medio. En la austera ceremonia, la joven se llevó varios diplomas y regalos a casa, por su 6,9, el mismo promedio de notas que logró en toda la enseñanza media. "Estoy feliz, pero no me creo el cuento", dijo respecto de su logro académico. Para ella, las materias que le pasaron en el colegio eran fáciles. "Aprendí todo lo que me enseñaron, pero fue poco comparado con otros colegios. Para saber más tenía que estudiar por mi cuenta", comentó minutos antes de ingresar a rendir la PSU de Lenguaje.
La noche anterior a la rendición de la PSU, Néstor no podía dormir. Al otro lado de la línea telefónica culpaba al "calor". Luego, confesaría que "los nervios lo estaban matando".
Cuando terminó de dar el examen de Matemática se relajó un poco. Tras conversar con su grupo de estudio y participar en varios foros en internet, coincidió en que en el proceso de admisión 2012 hubo un mayor grado de dificultad. "Pero creo que me fue bien", aseguraba.
Justine, en tanto, respondió las 80 preguntas de lenguaje y 30 del test de Ciencias. A diferencia de Néstor, ella asegura que durmió tranquila. Al día siguiente, reconoció que en Matemática sólo contestó 60 de las 75 preguntas del test. "Estuvo muy difícil, había materias que nunca me pasaron", volvía a reclamar.
El martes, cuando se conocieron los resultados de la PSU, la familia de Néstor celebró. Logró 785 en Matemática, 739 en Lenguaje y 760 en Ciencias. El puntaje ponderado de 775 le permitirá cumplir su sueño: estudiar Ingeniería Civil en la Universidad Católica. Además, adjudicarse la Beca Alberto Hurtado, que le costearía el arancel completo. Mientras tanto, sigue recibiendo ofertas de otras universidades para estudiar sin costo. Sus compañeros también celebraron. De los 586 que rindieron la PSU, el 87,3% obtuvo más de 600 puntos y el 30%, más de 700.
En la casa de Justine hubo resignación. Su padre, tras volver de la bodega de vinos donde trabaja por el sueldo mínimo, conoció los resultados de su hija: 460 en Lenguaje, 383 en Matemática y 125 en Ciencias. Su promedio ponderado de 423 puntos no le alcanza para cumplir su sueño de ser enfermera universitaria. Ni siquiera para postular. "No se preocupe, hija", le dijo su padre.
"Nunca hubo expectativas", aclara Justine. "Y de los demás padres -la mayoría obreros agrícolas y temporeros-, tampoco", dicen en el colegio. De hecho, de los 25 alumnos que rindieron la PSU, sólo cuatro superaron los 450 puntos. El promedio de Lenguaje y Matemática fue de 357, por debajo, incluso, de los 370 puntos del proceso anterior y lejos del mínimo exigido para postular a un cupo en las universidades.
Justine aprendió todo lo que su colegio le enseñó, pero no fue suficiente. "Yo quería aprender más, pero no me enseñaron. Cuando vi que en la PSU preguntaban cosas que nunca estudié, sentí pena y rabia", dice. Ahora, Justine cruza los dedos. Espera conseguir alguna beca para estudiar técnico en enfermería, ahí, en su Maipo natal.

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