domingo, 8 de septiembre de 2013

Golpe contra las artes

En medio de las conmemoraciones de los 40 años del golpe de Estado en Chile, se están realizando varias exposiciones, obras de teatro, publicaciones de libros, entre otros, que relatan y analizan los acontecimientos que se vivieron durante los 17 años de dictadura.
Algunos de los que llevan a cabo estos proyectos vivieron ese oscuro período, e incluso hubo quienes estuvieron detenidos y fueron torturados en diversos campos de concentración, y otros perdieron la vida y sus familiares aún no saben dónde están. Acá un registro de algunos casos de artistas que vivieron las violaciones a los derechos humanos en carne propia.
Teatro de resistencia
El sonido de una reja con unos candados era el pavor, porque significaba que venían a buscar para la tortura. Además toda esa gente estaba desaparecida, son todas esas personas que después aparecieron como si se hubieran matado entre ellos y todas las mentiras que inventaron, entonces era gente en la indefensión más absoluta, porque habían sido raptadas de sus casas, lugares de trabajo o en la calle, y los militares sabían que las tenían ahí dispuestos a hacer, y de hecho hicieron lo que quisieron con ellas”. Este es uno de los testimonios que Gloria Lasso dio a conocer en el programa Mentiras Verdaderas de La Red el pasado martes 3 de septiembre.
La actriz estuvo detenida en la casa José Domingo Cañas y Cuatro Álamos luego que carabineros irrumpiera en su hogar tras ser delatada por Alejandra Merino, la flaca Alejandra, quien la acusó de haber escondido a personas de grupos políticos contrarios a la dictadura.
Ahí pasó días en los que caminó encima de cuerpos y fue violentada física y mentalmente. Antes de llegar a aquellos terribles momentos, Lasso, trabajó en el Departamento de Extensión de la Universidad Católica recorriendo las poblaciones con obras de teatro que ayudaban a mejorar la convivencia social. “Me acuerdo de una fábrica donde crearon un montaje y nosotros los asesoramos. También hicimos muchos talleres en el norte del país, era muy lindo, la gente nunca había visto teatro y era una época muy luminosa”, reconoce.
Algo similar ocurrió al reconocido actor Fernando Farías, quien después de estar detenido en la isla Quiriquina de Concepción casi un año, fue arrestado por carabineros en San Antonio y preso en Tejas Verdes durante 15 días.
Este militante del partido comunista cuenta que durante el período trabajaba en el teatro de la Universidad de Concepción, donde “hacíamos distintos montajes que permitían la descentralización de las artes en Chile. Pero cuando llegó Pinochet inmediatamente cerraron el establecimiento y algunos de mis compañeros fueron detenidos”, dice. Y agrega: “Parecía como si los militares le tuvieran miedo a la cultura. Todo lo que es educación es enemigo de ellos, no lo entienden. Lo único que consideraban eran a las armas, los golpes, matar, torturar, para eso servían y sirven”.
Uno de los casos más emblemáticos es el vivido por el actor y profesor de inglés Roberto Parada (1909- 1986), quien mientras se encontraba en plena función  de la obra “Primavera con una esquina rota” en el teatro Ictus, se enteró del crimen de su hijo, José Manuel, sociólogo que fue secuestrado y posteriormente asesinado en el denominado “Caso Degollados”, junto a Manuel Guerrero y Santiago Nattino. Javiera Parada recuerda así a su abuelo:
“Para mí Roberto Parada fue una gran inspiración, igual que María Maluendas, mi abuela, de hecho yo comencé a hacer teatro con ellos cuando tenía 7 años en la obra Seis personajes en busca de autor que mi abuela dirigía y protagonizaba mi abuelo. Ellos, ademas, nos cuidaban a mí y a mis hermanos porque mis padres trabajaban y tenían una manera de entretenernos haciendo obras de teatro, recitar y leer”, cuenta.
“La enteresa ética y moral que tuvo en su vida, el gesto de ir a la función y no pararla cuando se entera que su hijo es uno de los tres cuerpos que habían sido asesinados, es de una fortaleza sin límites. Creo que eso habla de su enorme enteresa y el enorme cariño y la fuerza transformadora que creía que tenía el teatro, las artes y el público; y también del gran amor y respeto que él tenía por su hijo y el pueblo de Chile,  por eso consideraba que el homenaje que tenía que hacer en ese momento era seguir haciendo la obra”, insiste la actriz.
Al contrario de lo hecho por Roberto Parada, Fernando Farías no quiso continuar en las tablas por un tiempo. “Me dediqué a ser comerciante y prometí no ser nunca más actor, pero me llamaron de Santiago para una obra que se llamaba “Lo crudo, lo cocido y lo podrido” que hablaba un poco de ciertas cosas que estaban pasando, y fue un éxito y me fui quedando, quedando, quedando, y como me gusta el arte, me quedé”, afirma sonriendo.
“El teatro fue nuestra resistencia, la resistencia para vivir”, arenga el actor, opinión compartida por la nieta de Roberto Parada, quien sostiene que “el arte fue el arma de la disidencia de lo que ellos querían imponer”.
Escribir para la memoria
Adolfo Cozzi era estudiante de pedagogía en castellano para el 27 de septiembre de 1973. Durante aquellos meses realizaba su práctica en el vespertino del centro de formación técnica DUOC, donde la mayoría de sus estudiantes eran carabineros.
Luego de una de sus clases, Cozzi partió al departamento de un amigo ubicado en calle San Antonio, donde en medio de una tertulia tocaron a la puerta: eran las fuerzas policiales. Entre el miedo y la incertidumbre de entender lo que ocurría, los jóvenes fueron llevados a la 1° Comisaría de Santiago donde fueron apresados y golpeados por poseer literatura marxista.
“En la biblioteca de esta casa habían muchos libros, entre ellos el Diario del Che y un ejemplar mimeografiado de la guerrilla urbana de los Tupamaros, entonces eso fue lo que nos perdió. El teniente a cargo de la patrulla nos dijo con esto ustedes están funados”, señala el escritor.
Luego de varias horas de horror y simulacros de fusilamientos, fueron llevados al Estadio Nacional. “Mi estadía fue hasta el 9 de noviembre del mismo año y de ahí me trasladaron a Chacabuco, en el norte, esta oficina salitrera que había sido convertida en un campo de concentración”, explica.
En sus 45 días de encierro, el actual periodista y guionista decidió no dejar en el olvido estos momentos por lo que el año 2000 publicó la primera edición de “Estadio Nacional”, donde detalla las violaciones a los derechos humanos que cometían en su contra y la de todos sus compañeros.
Según Aldolfo Cozzi, está era la única manera de mantener la memoria y disfrutar la libertad, pues reconoce que el día más feliz de su vida fue cuando lo dejaron ir. “Yo creo que fue el dia más feliz de mi vida, porque yo comprendí, cuando estaba en Chacabuco, que la libertad es un bien supremo. Yo me acuerdo que caminando en el campo de concentración apoyé la frente en la reja que estaba frente a una torre de vigilancia, y me dijo en voz alta, yo juro que nunca más me voy a deprimir ni me voy a sentir bajoneado, porque si salgo en libertad yo voy a disfrutar cada segundo de ella”.
 Artes Visuales
En las artes visuales, uno de los casos relevantes es el de Guillermo Núñez, Premio Nacional de Artes 2007, quien fue detenido en dos ocasiones por agentes de la dictadura. Ex director del MAC, en 1974 permaneció cinco meses con sus ojos vendados en los subterráneos de la Academia de Guerra Aérea (AGA), solo por ocultar en su casa al dirigente del MIR Víctor Toro.
Al año siguiente montó la exposición Printuras y exculturas en el Instituto Chileno Francés, en la que utilizaba jaulas, ralladores y parrillas que remitían a su experiencia como detenido. Al día siguiente de la inauguración, la muestra fue clausurada por la DINA y las obras solo se salvaron porque el agregado cultural expulsó a los agentes haciéndoles creer que se encontraban en suelo francés.
Antes de ser sacado del país, Núñez fue detenido y pasó por Tres y Cuatro Álamos, Puchuncaví y Villa Grimaldi, donde los militares ni siquiera sabían sobre qué interrogarlo: “Me llevaron dos veces a la Villa Grimaldi y para interrogarme me encerraban, como a muchos otros, en un cajón que debe haber tenido unos 70 ó 60 centímetros por lado y donde uno tenía que permanecer de pie. Uno tenía derecho a ir al baño nada más que una vez en la noche y la comida se la tiraban sin cucharas ni nada, así que había que comer como un perro. La idea era degradar a la gente, no solo torturarla. A mí me decían ‘¿por qué está aquí?’, yo les explicaba que había hecho una exposición y el tipo me decía que eso no era delito. ‘Bueno, yo no sé poh, usted lo dice’, les decía. Pero ahí tuve que permanecer cuatro o cinco meses más”, relata.
Los militares contra las exposiciones
Las artes visuales también sufrieron irreparables pérdidas de obras. Los  militares allanaron el antiguo Museo de Arte Contemporáneo (MAC) en la Quinta Normal y destruyeron una muestra contra el fascismo que se inauguraría ese mismo día, pero no tocaron otra valiosa muestra del Museo de la Solidaridad en el mismo lugar. Pese a que las obras habían sido donadas por artistas como Calder, Miró y Vasarely en apoyo al gobierno de la Unidad Popular, se mantuvieron intactas.
Así lo pudo comprobar el director del museo, Lautaro Labbé, quien logró ingresar sin que los militares se percataran y lo relató a Claudia Zaldívar, actual directora del Museo de la Solidaridad: “Los militares entraron e hicieron añicos la exposición No al fascismo, no a la guerra civil y la exposición del Museo de la Solidaridad no la tocaron. Las obras de la primera exposición eran mucho más directas y las veían mucho más panfletarias. Era mucho más directa en contra del fascismo, que era lo que los militares representaban. Las obras del Museo de la Solidaridad no se pueden leer como panfletarias, no tenían un discurso directo, entonces lo que se piensa -porque no se tiene certeza- es que no destruyeron las del museo porque no eran explícitamente en contra de la derecha”, explica.
Entre las obras que desaparecieron se encuentran también una de Roberto Matta (Hagámonos la guerrilla interior para parir un hombre nuevo, 1970) y una de Gracia Barrios (Multitud III, 1972), que se exponían en el ex edificio de la Unctad y que volverán a ser exhibidas este 11 de septiembre en el actual GAM.
Entre los trabajos que se destruyeron de No al fascismo, no a la guerra civil se encontraba uno de Francisco Brugnoli, actual director del MAC, quien junto a su ayudante José García había presentado un trabajo consistente en una bandera de Brasil con una lágrima que caía del rombo central.
Brugnoli no supo más de esa obra, pero logró recuperar algunas piezas que pensaba exponer en La Habana y que se encontraban en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde trabajaba. Cuando logró rescatarlas, pudo ver los rastros de la acción militar en el actual edificio que alberga el MAC en el Parque Forestal: “Eran unas piezas que tenían una parte de greda que debía ser moldeada en resina plástica. Esas piezas tenían bayonetazos, como que buscaron si había algo adentro. Unos soportes y bastidores estaban botados y adentro de la escuela había disparos en las murallas, huellas de balas. Había cosas rotas y desparramadas por el suelo. Yo pude entrar gracias a la complicidad del mayordomo, como un mes después”, explica.
Otra exposición que no alcanzó a ver la luz fue Por la vida siempre!, 18 carteles de gran tamaño que se inaugurarían el 11 de septiembre en la ex Universidad Técnica del Estado (UTE), con la presencia del presidente Salvador Allende.
La muestra reproducía afiches que habían sido editados para repartirse en las sedes universitarias, sindicatos y organizaciones: “Partían desde amarillo hasta verde, eran como una especie de arcoriris, y cada uno tenía un texto y una imagen que tenían que ver con el contexto en que se daba todo esto, que eran las Jornadas Antifascistas. Con estos carteles se llamaba a reaccionar frente a la posible amenaza de guerra civil y los carteles tenían una capacidad visual importante por su tamaño y el lugar en el que se iban a exhibir”, explica Mario Navarro, curador de una exposición que recuperó los carteles hace dos años, en el Museo de la Memoria.
“Los militares destruyeron todos los carteles. La universidad fue atacada con cañones y ese tipo de cosas. Hay destrozos por aplastamiento y balazos, cosas por el estilo. Entiendo que no se quemaron, pero estaban todos destruidos”, agrega. Afortunadamente, el director de una escuela de San Fernando que había recibido el set de afiches logró guardarlos y éstos fueron descubiertos hace cinco años. Este 11 de septiembre, la muestra volverá a exponerse en la actual Usach.
La música: sobrevivencia y tortura
Víctor Jara es la figura más emblemática entre los músicos que sufrieron la represión de la dictadura militar. Sin embargo, hay varios casos. Antes de ser conocido como músico y poeta, Mauricio Redolés estuvo en varios centros de detención y en la cárcel de Valparaíso, así como Sergio Vesely se inició como músico mientras estaba detenido en Puchuncaví.
Entre esos casos destaca también Ángel Parra, quien luego del golpe pasó por el Estadio Nacional y la prisión en Chacabuco, donde compuso La pasión según San Juan. Oratorio de Navidad junto a otros prisioneros. Incluso publicó en el exilio una grabación clandestina realizada en el mismo campo de concentración,Chacabuco, donde se puede oír cómo los presos cantan la “Canción del adiós” a sus compañeros que fueron liberados.
El musicólogo Juan Pablo González dice que “Ángel Parra era como la imagen de la Nueva Canción Chilena y era hijo de la Violeta. Era contestatario y un poco como Víctor Jara. Hay que reflexionar por qué a Ángel Parra no le pasa nada y a Víctor sí, yo no sé, pero es el caso más emblemático, porque además se pone a componer obras en Chacabuco con textos de la Biblia”.
Así como la música fue una forma de alivio para algunas víctimas, también fue utilizada por los agentes de la dictadura. La musicóloga Katia Chornik, académica de la Universidad de Manchester, ha investigado su presencia en centros de tortura y ha descubierto que para torturar se usaban piezas tan disímiles como la banda sonora de La naranja mecánica, el Concierto de Aranjuez, la canción “Un millón de amigos”, de Roberto Carlos, y “Gigi el amoroso”, de la cantante italiana Dalida.
“Había determinadas canciones que se tocaban bastante seguido. ‘Gigi el amoroso’ se tocaba en la Villa Grimaldi, según mis registros, y probablemente también en otros lados. Según el testimonio de una persona, cada vez que la iban a torturar le decían ‘ya viene Gigi el amoroso’. Obviamente, la tortura no era nada de amorosa”, indica.
Según Katia Chornik, “esas experiencias musicales han sido muy traumáticas para los prisioneros. Aunque pocos hablan de ellas, me he topado con muchos testimonios que hablan de que incluso muchos años después de haber salido en libertad, cuando escuchan una determinada canción que escuchaban muy a menudo, durante la tortura, tienen reacciones muy viscerales, porque muchas de las canciones se repetían constantemente. Algunos, por ejemplo, me han mencionado que la música les impedía pensar y reflexionar, los confundía”.
Escritores, actores, músicos y artistas sufrieron la acción los agentes de la dictadura. Algunos de ellos comenzaron a crear mientras permanecían detenidos, mientras otros desarrollarían un trabajo marcado por la experiencia de la represión. En cualquiera de los casos, ninguno pudo dejar de responder creativamente al horror.

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