miércoles, 7 de agosto de 2013

Rodrigo Melinao no era de la farándula

Si hubiesen encontrado asesinada de un tiro a Luli, la consternación habría recorrido Chile como un fantasma, y acongojadas autoridades habrían manifestado su pesar y las televisoras habrán transmitido en vivo y en directo las alternativas del funeral y presurosos policías habrían dado inicio a una profunda investigación para esclarecer los hechos.


Se habría puesto en entredicho la política policial del régimen, especialistas en seguridad pública habrían entregado sus propias ideas al respecto, ex oficiales policiales devenidos en comentaristas televisivos, entregarían sus hipótesis y una ola de indignación recorrería el país.

Avispados productores estarían entrevistando a cada una de los familiares de la finada y audaces reporteros ya conocerían en exclusiva los pormenores de la vida íntima de la occisa y entrevistarían a sus ex novios.

Inquietos autores estarían recopilando antecedentes para su próximo libro y productoras audiovisuales estarían en comité para evaluar la posibilidad y el financiamiento para una próxima  película.

Pero no. Sólo fue asesinado un indio rebelde y prófugo. Y tras la paletada, nadie dijo nada.

A Rodrigo Melinao, sin embargo, lo mató la máquina de la codicia que ya olió el olor de la sangre y no se va a parar.

A nuestro hermano Melinao lo mató el desprecio que por siglos se ha cultivado como la flor más preciada y se ha inoculado al mundo de los blancos, ganadores y bien hablados de los chilenos como la manera en que hay que vincularse con los mapuche.

A Rodrigo lo mató la ignorancia sembrada desde hace tanto y cuidada con tanto esmero por los poderosos y criminales que consideran la vida de un mapuche como una cosa prescindible.

El cuerpo acribillado de Melinao es una víctima de una prensa disponible para la barbarie, vendida, comprada, arrendada, y prostituida para la cual el caído es un comunero, al que no parece quedarle bien la palabra persona para identificarlo como cadáver.

Rodrigo es una víctima de una justicia que alguna vez deberá ser acusada de co autora, y cómplice de estos asesinatos. Los jueces y fiscales caza mapuche alguna vez deberán pagar por los sufrimientos que han permitido e impulsado entre la gente más pobre y despreciada del territorio. Mercenarios del derecho, se han puesto del lado del poderoso, trastocando los principios que aprendieron sus códigos.

A Rodrigo lo mató un tipo de política que no ve sino promedios en donde debía ver gente. Lo mató el tecnócrata para quien  da lo mismo a quién sirve, en la medida que sus estipendios lleguen a tiempo y sonrientes. Carroñeros, corroídos y rastreos que levantan el puño para la ocasión de los himnos revolucionarios y sólo son una hato de traidores despreciables.

Melinao fue víctima de quienes dicen haber asumido la obligación de la defensa de los pueblos en sus discursos, libros y banderas, pero que no han tenido tiempo de entender qué es lo que palpita en esa gente oscura que no se parece a la que describen los manuales de la revolución.

El Peñi Melinao fue asesinado por los Piñera, los Chadwick, los Matte, los Lucsik, los Sahie, los Cueto, los Paulmann, los Edwards, pero también por quienes hacen esfuerzos por parecerse a ellos por la vía de la ósmosis y la buena vecindad: los Bachelet, los Lagos, los Frei, los Aylwin, los Walker, los Girardi, los Pérez Yoma, los Zaldívar, los Edwards, y por una casta de servidores innominados que pululan al amparo de los antiguos y nuevos ricos.

Rodrigo también fue muerto por la complacencia de quienes insisten en los buenos modales, el respeto a las instituciones y a los plazos contenidos en la Constitución y las leyes. Sujetos bien alimentados y bien vestidos que hacen de la política una entretención para mantener la línea y las buenas relaciones.

De tarde en tarde, se abre la discusión acerca del odio y la venganza, pero es un intercambio que dura algunos segundos. Gentes de bien insisten en que esas son categorías propias de los renegados y del enemigo. Y que sólo los malvados odian y que sólo los buenos aman. Y que la venganza es propia de los malditos y que los buenos esperan justicia, nada más ni nada menos.

Pero parece que esas definiciones suceden en un mundo distinto al que vivió, sufrió, lucho y murió Melinao. Da la impresión que en la profundidad de las tierras oscuras y castigadas de los mapuche no reside el topos uranos, sino que es más bien un teatro de operaciones en donde la mejor idea es un revólver calibre 38 parabellum.

¿Qué debe pasar para terminar con la larga ocupación del territorio mapuche, hecho por sobre tratados vigentes y por sobre cualquier consideración definida en los organismos internacionales? ¿Es que debe ser considerado el mapuche como fuerza beligerante para que se respeten los derechos de los combatientes tal como dicen los tratados acerca de las guerras?

El mapuche es gente de paz. Quien lleva la violencia es el invasor que supo como entrar y no sabe cómo salir llevándose esas tierras que alimentan su codicia. Prefiere matar usando para el efecto profiláctico de liberar de gentes molestas su negocio, el despliegue y uso de policías, políticos, periodistas, jueces y fiscales, que para eso se les paga.

Ha sido asesinado un comunero, que es como decir una no persona, un ser invisible, sin volumen ni masa que no entra en los discursos de los inmorales candidatos y candidatas. Ha caído uno más de los miles que han sido en una historia que repugna pero que a muchos les viene muy bien.

¿Alguien sabe cómo se llaman los hijos de Rodrigo, qué edades tienen y cómo se llama su compañera, su madre, sus padres?

De la Luli se sabría hasta la talla de sus deseados colaless.

Por Ricardo Candia Cares, 07 de agosto de 2013

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