jueves, 8 de agosto de 2013

Privilegio versus discriminación

Hace unos meses los periodistas del programa “¿Qué harías tú?” (What would you do?) de la cadena norteamericana ABC hicieron el siguiente experimento. Tres personas tratan de robarse una bicicleta encadenada a un poste en un parque. Primero, un adolescente blanco. Luego, un adolescente negro. Y, finalmente, una rubia estupenda. ¿Alguien trata de detenerlos?
No es de sorprender la respuesta: depende. El adolescente blanco es interrogado por varios vecinos sobre qué está haciendo, él responde ambiguamente con monosílabos. Los vecinos dudan si detenerlo o no y, al final, no hacen nada. El adolescente negro es igualmente interrogado, contesta con los mismos monosílabos ambiguos y al rato hay una turba deteniéndolo y llamando a Carabineros. La rubia estupenda recibe ayuda de sus galantes vecinos.

Este experimento es un claro ejemplo de las dinámicas de discriminación modernas hacia donde apuntan los estudios actuales. La primera conclusión es la más obvia: existe discriminación. Segundo, que la discriminación funciona hoy de manera sutil y pasiva,no atacando sino reaccionando de manera diferente. Y tercero, que la otra cara de la discriminación es el privilegio. Es decir, no solamente hay quienes son continuamente mirados en menos, sino que hay quienes van por la vida “siendo mirados en más”. Incluso recibiendo ayuda para robar una bicicleta.
Estamos mucho más acostumbrados a hablar de discriminación(racismo, clasismo, machismo, heterocentrismo, etc), que de su contraparte, el privilegio. Hay quienes incluso asumen que la discriminación se mide contra un “normal”. Es decir, que toda la población de una sociedad es tratada de una manera, y existen algunos “desaventajados” que son discriminados. Pero lo cierto es que si aceptamos que algunos crecen con desventajas, no es posible obviar que otros crecen con ventaja. Sobre todo cuando esa supuesta normalidad es compartida por un ínfimo porcentaje de la población.
Privilegio es la ventaja competitiva que tiene una persona debido a su identidad. O si se quiere, no basado en sus méritos. El privilegio lo confiere la sociedad, basado en nociones de status. Existen distintas fuentes de privilegio; clase (alta) y raza (blanco) son sin dudas las más comunes. Pero también es un privilegio nacer “normal”, o sea no perteneciente a uno de los grupos discriminados. De hecho, normalidad y privilegio se suelen confundir (al menos para el privilegiado). Y la noción de discriminación es lo que más ayuda a ocultar el privilegio de este modo, no soy yo el privilegiado sino otros los discriminados.
Cuando se nace con privilegio, incluso si te consideras lo menos discriminador del mundo, hay cosas que no puedes evitar. Por ejemplo, que el policía te deje explicar la situación antes de sacarte el parte, que el portero no te obligue a anunciar tu nombre antes de subir al ascensor, que la gente en TV se vea como tú, el efecto que tiene tu apellido, el trato que te da la persona que atiende en la multitienda y un gran etc. (que incluye al parecer poder robar una bicicleta). Todos los días quien nace privilegiado capitaliza desde su tono de voz hasta lo que aprendió en el jardín infantil. Es difícil –si no imposible- escapar de aquello. Y ese es el mayor privilegio de los privilegiados, gran parte de sus privilegios son irrenunciables.
Estos privilegios son tomados como algo dado para quien creció con ellos. Se transforman al menos en un estándar, aún cuando sólo un pequeño porcentaje de la población pueda contar con ese trato. Lo mismo pasa con cosas más estructurales. Se dice que la PSU discrimina, pero cuando el 7% de los estudiantes que van a colegio particular pagado obtiene un 60% de los puntajes nacionales, ¿es eso discriminación o privilegio? La respuesta es a mi modo de ver: ambas.
Los privilegios son también mucho más invisibles que la discriminación porque tienden a ser pasivos y no activos. Es decir, no se trata de que los grupos privilegiados tengan leyes especiales que los benefician, ni reglas de convivencia que nos exijan ofrecerles un trato mejor. Hoy el privilegio se centra más bien en la posibilidad de flexibilizar las reglas que nos aplican a todos. Es decir, es la capacidad de salirse con la suya por sobre la ley, la costumbre o lo común. En Chile, los grandes ejemplos abundan: el perdonazo a Johnson´s, las “clases de ética” a los ejecutivos de las farmacias. Y en menor escala nuestra vida cotidiana nos muestra lo mismo, es cosa de ver quién logra llegar y entrar hasta el ascensor sin ser anunciado por el portero.
Una segunda manera de reproducir privilegios en el marco de un sistema democrático es disfrazándolos de mérito. Volviendo al ejemplo de la PSU, se tiene una prueba estándar para sistemas educativos no estándar, declarando como “mínimo” lo que sólo un 7% puede acceder en plenitud. La competencia intrínseca al sistema educativo occidental genera una sensación constante de “todo es fruto de mi esfuerzo”. Y es cierto, hoy en día el privilegio no te permite no esforzarte, pero te permite competir de manera subsidiada.  Tu esfuerzo cuesta menos (se tienen todos los recursos para estudiar tranquilo y mejor) y renta más (mismo esfuerzo obtiene mejores resultados). Pero el esfuerzo sin duda está ahí, lo que ayuda aún más al sentimiento de “dar por hecho” que nuestra vida es promedio, normal, y todo es tal como debe ser.
Por todas estas razones, quienes nacen con privilegio rara vez se ven a sí mismos como privilegiados. Muy comúnmente se les advierte contra el clasismo o racismo como algo de buenos modales, pero rara vez se les presenta como un sistema que continuamente les da ventaja. Pero lo cierto es que podríamos ser súper amorosos unos con otros y aun así viviríamos en un país clasista. Es muy  fácil  tratar bien a todo el mundo e igual seguir profitando de tus ventajas. Basta con defender las estructuras que te dan privilegios, o reproducirlas activamente en la medida que te conviene. Incluso un esclavista puede tratar excelentemente bien a sus esclavos, ¿lo hace eso una persona justa? No.
Renunciar a los privilegios es una cuestión muy difícil. En parte porque para muchos basta con aparecerse para recibir un trato especial. Pero sobre todo porque acabar con los privilegios requiere un cambio en las estructuras que otorgan esos privilegios, y esa es una tarea que supera a cualquier individuo en particular. Sin duda, un primer paso es no defender esas estructuras, ni poner obstáculos a los cambios orientados a desmantelarlas. Pero además podemos hacer lo posible por erosionarlas en la vida cotidiana, o al menos no reproducirlas.
En Chile, el ejemplo más básico es la inclusión del colegio en el CV. ¿Por qué podría importar el colegio del que saliste cuando tienes un título universitario? ¿Qué dice de un buen ingeniero o un buen psicólogo? Dice que perteneces a una cierta clase, que tus padres tienen cierto poder adquisitivo y que los padres de tus amigos también. Poner el colegio en el CV es una activa movilización del privilegio. Hacerlo sin intención de discriminar no lo hace menos clasista, en la medida que avala que se trate de una manera especial a algunos, tomando en cuenta un dato que nada tiene que ver con el esfuerzo o la capacidad personal.
No es fácil reconocerse a  sí mismo como un privilegiado, significa reconocer que en alguna medida eres un opresor. O al menos la parte beneficiada de un sistema opresor. Negar el privilegio no es sólo una cuestión de comodidad, sino también de protección del ego. Es mucho más cómodo pensar que representas lo normal, lo común. Siguiendo el ejemplo del video, es más cómodo pensar en el racismo como un sistema que discrimina al adolescente negro, que verlo como uno que otorga privilegios al blanco (más cómodo para los blancos, sin duda). Así mismo, es más cómodo entender el clasismo como un sistema que discrimina a los pobres que uno que otorga privilegios a los ricos. Y sin duda no poner el colegio en el CV está lejos de resolver el problema, pero al menos nos hace menos cómplice.

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