viernes, 9 de agosto de 2013

Mérito y Clase: 200 años del Instituto Nacional

El Instituto Nacional representa lo mejor de la educación pública desde la concepción democratizante de mediados del siglo XX chileno. En ese entonces, la educación pública de acceso universal era una voluntad política que se venía construyendo gracias a la acción progresista de las primeras asociaciones de profesores de inicios del siglo XX y que constituyeron la base de la breve reforma educacional de 1928 –aquella utopía de educación pública para el pueblo que encontraba en la experimentación un modelo para desafiar el quehacer pedagógico-. Pero las fuerzas conservadoras nacionales obstaculizaron la necesaria reformulación del sistema educacional chileno hasta la década de 1960, cuando no pudieron seguir defendiendo una visión latifundista de la educación, anclada en la idea de privilegio de clase.

El Instituto Nacional fue la institución que dio origen al sistema educacional chileno, es el alma mater de lo pensable como educación pública. Durante el siglo XIX se desempeñó como referente educacional principal, dando origen a la Universidad de Chile. En él estudiaba aristocracia masculina y criolla del país, de ahí que una larga lista de presidentes del país se haya formado en sus aulas. En el siglo XX la realidad comenzó a cambiar progresivamente. La universalización creciente de la educación primaria y luego de la secundaria significó que la clase media se tomara al Instituto Nacional, en un proceso natural de democratización del sistema educacional. Las antiguas aristocracias, ahora renovadas con los procesos de creciente industrialización e inmigración y siempre dominando los puestos estratégicos de la Iglesia y del Ejército, comenzaron su proceso de fuga hacia la educación privada.

La revolución educacional ansiada a comienzos dl siglo XX, sólo se concretó desde fines de los 60 y se estructuró en un plan en 1972. La educación no sería más un privilegio, sino un derecho de todo ciudadano/a del país, sin distinción de clase, etnia ni género, dando un impulso enorme a la educación técnica y a la educación terciaria, junto a una democratización de la gestión del sistema en todos sus niveles. Se llamó Escuela Nacional Unificada, y de ella quedaron documentos y memorias… había voluntad popular, pero la educación para las elites debería seguir siendo un privilegio, y el golpe militar selló su destino.
Entonces se confundieron los conceptos. No es lo mismo buscar meritocracia en una república regida por los principios de igualdad y derecho que un mercado obediente al poder de adquisición. El Instituto Nacional asistió a la debacle de la educación pública durante el gobierno militar, y a la fuga de la clase media hacia las nacientes escuelas privadas con subvención estatal. El derecho a la educación se convirtió en un voucher, y la libertad educacional en una tecnificación de la pedagogía.
Comenzaron los 90 y el Instituto Nacional pareció revitalizarse. Tal vez el hecho que Patricio Aylwin fuese un ex profesor y Ricardo Lagos un ex alumno hacían prever un renacimiento. Sin embargo, la educación creció “en la medida de lo posible”,  y a pesar que ello significó que casi 24 años después tengamos una educación casi universal en el nivel escolar y buenas cifras en educación superior, la Concertación-Alianza han incentivado un desproporcionado “emprendimiento” privado, y una retracción de la educación pública.
El Instituto se encuentra enredado en medio las políticas educacionales vigentes. La confusión conceptual ha llevado a que el mérito sea confundido con democracia e igualdad y que, por lo tanto, no se piense en que esta ideología asociada al mérito es cómplice de la segregación. Acceder al Instituto sigue siendo una guerra desatada entre las familias que buscan asegurar una mejor educación para sus hijos, sin que ello comprometa significativamente el micro-presupuesto. Ganar significa asumir el discurso de que la educación es un privilegio asociado al mérito del rendimiento individual, y perder también, ya que se asumen las reglas de la educación como privilegio, implicando que ahora haya que hacer mayores esfuerzos económicos, e intentar “comprar” el privilegio en una escuela privada. La confusión no termina allí, la definición de calidad parece morir en los puntajes del SIMCE y la PSU que se convierten en fantasmas omnipresentes en la dinámica institutana, el advenimiento de la educación bancaria para rendir las pruebas diría Paulo Freire, ese el disciplinamiento/entrenamiento al cual los niños de las clases pobres y medias deben someterse si “quieren ser alguien en la vida”.


Hoy el Instituto Nacional es parte de “lo que queda” de la educación pública. Ha reservado para sí tradiciones de una educación de otros tiempos como una enseñanza separada por sexo, la cátedra pedagógica y la defensa del mérito, como también un potente discurso que sigue las huellas de las primeras palabras de Camilo Henríquez acerca del papel republicano de la escuela en la construcción de la nación. Sin embargo, probablemente la mejor herencia viva del Instituto sea la pasión asociada a un sentido. Pasión por enseñar y aprender, y hoy la pasión por defender los principios democráticos y el papel de la educación pública representados en aquellos profesores /as y estudiantes que luchan en las tomas por la sobrevivencia del “sentido”. Es por estos últimos que hoy vale la pena festejar estos 200 años de vida, por los que luchan por una sociedad mejor, igualitaria y digna. 

Por Jorge Inzunza H., Powers Lake, 09 de agosto de 2013
7°C/ 8°G/ 1°E/ 2°D/ 3°A/ 4°A Instituto Nacional (1989-1994)

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