sábado, 31 de agosto de 2013

El paro agricola y los TLC

Los reclamos se rechazaron inicialmente argumentando que no tenían ninguna relación con el estado y manejo de la economía. Incluso se escucharon voces diciendo que el problema de la economía es que continúa cerrada y que la solución es aumentar más las importaciones y aprobar otros TLC. 
En contraste, los productores de alimentos han dado lecciones impecables sobre las causas de su tragedia. Todos ellos coinciden en señalar que los costos de producción son varias veces mayores que los precios que les pagan en Bogotá; a renglón seguido culpan al TLC por permitir que estos productos se adquieran regalados en el exterior. Lo que están diciendo los campesinos es lo mismo que se observa en el índice Big Mac publicado por The Economist. En la información más reciente se encuentra que el precio de la hamburguesa es similar a la de Estados Unidos. Si se tiene en cuenta que los salarios en Colombia son muy inferiores, resulta que los ingredientes agrícolas que se emplean en el Big Mac son mucho más baratos en Estados Unidos. 
Nada de esto es nuevo. La apertura económica, el tipo de cambio libre y la rienda suelta a la entrada de inversión extranjera ocasionaron un abaratamiento de las importaciones que indujo al país a especializarse en la producción de minería y servicios y adquirir la mayor parte de la demanda industrial y agrícola a bajos precios en el exterior. Así, lo normal es que las empresas industriales se quiebren o se conviertan en ensambladoras y que los productores agrícolas operen con costos superiores a los precios de Bogotá. 
Lo que ocurre ahora con el TLC es lo mismo que sucedió con el euro. En ambos casos se dio por hecho que las economías de diferentes características pueden operar en las mismas condiciones, y más, Colombia se dio el lujo de bajar en mayores cuantías los aranceles y aceptar los subsidios agrícolas de Estados Unidos. Falso. Los países de menor desarrollo solo pueden competir con grandes diferencias de salarios; de otra manera, sus precios resultan superiores a los internacionales. Cuanto más numerosos los acuerdos del libre comercio tanto mayores las posibilidades de adquirir los productos a menores precios en el exterior. 
La apertura se concibió como una forma de transformar las importaciones en exportaciones, pero en la realidad se convirtió en un expediente de sustitución de empleo por importaciones. En los veinte años del experimento el país opero con un déficit cuantioso de balanza de pagos y registró elevados niveles de desempleo e informalidad. No se cumplió el precepto de que el libre comercio conduce a la solución más eficiente. Lo que el país ha ganado por adquirir más baratos los productos en el exterior es menos de lo que ha perdido por la reducción de la participación de la industria y la agricultura, que tienen mayores productividades que los servicios y generan más empleo que la minería.
Luego de veinte años, los autores y promotores de la apertura no han reconocido esta realidad. Sus  propuestas giran en torno a bajar aranceles y extender los TLC. No quieren entender que una apertura comercial y cambiaria que coloca los precios de los bienes de mayor demanda por encima de los internacionales es una afrenta a la modernidad, el empleo y la armonización social. La solución no puede ser distinta a la de cambiar el modelo que causa el despropósito. Como mínimo, se requiere elevar los aranceles, adoptar una modalidad de cambio fijo ajustable, suspender la firma de nuevos TLC y someter los actuales a amplias y drásticas salvaguardias. 

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