viernes, 26 de julio de 2013

El Papa en las favelas

La historia del Papa que visita una favela para hacerse una foto junto a los más pobres de los pobres ya está contada en una extraordinaria película brasileña, Tropa de élite. En ella se narran las desventuras de un capitán del BOPE, el durísimo batallón de operaciones especiales de la policía brasileña, al que le encargan que establezca un perímetro de seguridad para que el Papa pueda darse el capricho de dormir tranquilo una noche cerca de una de las zonas más peligrosas de Rio. Hay tiroteos, hay persecuciones, hay linchamientos, hay corrupción, hay luchas entre clanes rivales, pero fundamentalmente el protagonista se debate entre el sentido del deber y la criminal estupidez que supone que el mayor líder religioso del mundo provoque una masacre sólo por querer emular a Cristo mientras predica entre el avión supersónico y la limusina blindada. ¿No podría el Papa -se pregunta el protagonista- hacer como cualquier presidente, como cualquier jefe de estado, y alojarse en un hotel de cinco estrellas en el centro de Río?
Francisco (que ha bautizado su pontificado en nombre de San Francisco de Asís, el apóstol de la pobreza y el amor a los animales) está cometiendo un pecado de soberbia por humildad, intentando ser un pobre de favela por una noche, un pobre de cinco estrellas. No es sencillo ser humilde cuando uno es Papa, no es sencillo hablar de pobreza y de sencillez cuando uno tiene detrás toda la curia romana, la banca vaticana y media cristiandad. Por cercano que pretenda sentirse, por simpáticos que resulten sus gestos, Francisco debería haber comprendido ya el precio de las medidas de seguridad de su séquito, un precio que quizá, al igual que en la película, incluya vidas humanas. Pero es que ser Papa significa, entre otras cosas, estar fuera de la realidad, fuera del mundo y fuera de toda lógica. Si quiere imitar una película acorde con sus principios, el Papa debería hacer un remake deLas sandalias del pescador, aquella cinta inolvidable donde el hombre recién ingresado al trono de Pedro anuncia que va a regalar las inmensas riquezas y los incalculables tesoros del Vaticano entre los pobres del mundo. Tuvo que ser Anthony Quinn, un actor sobrenatural, con un rostro capaz de metamorfosis raciales telúricas, quien interpretara tal quimera: un Papa justo. Lo demás es un brindis con tiara, puro marketing católico.
Francisco predicando la pobreza en una explanada de Rio, a millones de dólares el minuto, es como aquel chiste en que el Papa, cualquier Papa, viaja a Etiopía y manda detener la comitiva porque ve a un niño desnutrido y alquitranado de moscas en una cuneta. El Santo Padre desciende del papamóvil, indignado, y pregunta a uno de sus ayudantes qué sucede, cómo es posible que ese crío se esté muriendo de hambre. El ayudante le explica: “Es que no come, santidad”. Entonces el Papa se acerca, le da un tirón de orejas al chaval y le grita: “¡Hay que comer! ¡Hay que comérselo todo!” Contado en latín tiene más gracia.

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