jueves, 20 de junio de 2013

La voz de los inmigrantes en Italia

Bajita, elegantemente vestida pero muy seria siempre, la ministra de la Integración, Cecile Kyenge, 48 años, es originaria de la República Democrática del Congo y el primer integrante negro de un Consejo de Ministros de Italia. Su nombramiento como miembro del gobierno de Enrico Letta hace pocas semanas despertó polémicas, agresiones y amenazas de todo tipo –“¿Quién viola a la ministra Kyenge?”, llegó a publicar en Internet una consejera municipal de la racista Liga Norte–. Pero ha abierto una puerta de esperanza para los millones de inmigrantes que viven legalmente en Italia y los otros miles que llegan ilegalmente cada año, especialmente en verano y por mar, desde las costas africanas –sólo el fin de semana pasado, unos 900–.
Cecile Kyenge vive en Italia desde la década del ’80. Aquí estudió Medicina y se especializó en oftalmología, pero siempre estuvo muy ligada a los grupos de inmigrantes. Hija de un jefe de tribu de Kambove, siempre quiso estudiar Medicina, pero el gobierno de su país la obligó a inscribirse en Farmacia. Gracias a un obispo que se interesó en su caso, logró llegar a Italia con una beca para estudiar Medicina en una universidad católica de Roma. Desde 2004, como exponente del Partido Democrático (PD, centroizquierda, el partido de Letta) ha sido elegida para distintos cargos en el municipio de Modena (norte del país) donde tiene su residencia. Está casada con un italiano y tiene dos hijos. En las elecciones de febrero fue elegida diputada nacional en las filas del PD y poco después firmó una propuesta de ley para que se les diera la ciudadanía italiana a los niños nacidos en territorio de la península (llamado legalmemte Ius solis) que, a diferencia de Argentina, en Italia no existe: sólo son italianos los hijos de italianos, no importa dónde nazcan, y los nacidos en Italia pueden pedir la nacionalidad recién al cumplir 18 años.
Ser ministra de la Integración en un país donde los últimos años de crisis económica han provocado numerosos brotes de intolerancia hacia los extranjeros no es una tarea fácil. “Italia no es un país racista, pero tiene necesidad de conocer bien el fenómeno migratorio, el valor de lo diferente. Lo que le falta a Italia es tener una cultura de la inmigración, saber que el otro, el distinto, no es una dificultad sino una riqueza”, dijo ayer la ministra en su primer encuentro con la prensa extranjera en Roma. Aunque reconoció que todas las agresiones racistas de las que ha sido objeto no la han dejado indiferente, reiteró que se trata de episodios y no de una mentalidad generalizada. “No tengo miedo. Las amenazas no me detendrán. Los insultos, las agresiones están hechas contra mí porque ocupo un rol importante. Pero no soy sólo yo el objetivo sino todos los ciudadanos”, agregó.
En épocas de crisis económicas, como la que está viviendo Italia desde hace al menos cuatro años, el racismo y la discriminación se han exaltado y algunos creen que los inmigrantes llegan para sacarles el trabajo. Lo que es bastante difícil porque la mayoría de los inmigrantes hace los trabajos que los italianos no quieren hacer, como cosechar el tomate en el sur de Italia en condiciones paupérrimas, o cuidar a las decenas de miles de ancianos que viven por todo el pais. Pero ahora están cambiando algunas cosas. A causa de las dificultades, algunos inmigrantes han vuelto a su país, especialmente si eran de países latinoamericanos. Para los africanos las cosas son diferentes. Han preferido trasladarse a vivir a zonas mucho más pobres del sur de Italia y hacer trabajos mal pagos, más que retornar a países que de todas maneras no les ofrecen mucho futuro. Lo que muchos italianos no saben o no quieren reconocer –siendo ellos mismos un país cuyos emigrantes en el siglo XX poblaron América latina, Estados Unidos y hasta Australia– es que buena parte de los inmigrantes son trabajadores y contribuyentes del Estado y a veces hasta pequeños empresarios y todo esto tiene que ser tenido en cuenta cuando se piensa en una respuesta para la crisis económica.
“Los inmigrantes están en condiciones de dar su contribución a la solución de la crisis”, enfatizó la ministra. Y sobre el qué hacer para favorecer la integración, es decir el objetivo de su ministerio, Kyenge dijo que ha estado visitando numerosas ciudades y tomando contacto con la gente, con los centros culturales y con las asociaciones, se ocupen o no de los inmigrantes, porque “no puedo ser un buen ministro y ofrecer soluciones si no escucho primero a la gente”. “Para llegar a la integración hay que llegar a la interacción. Crear nuevos valores donde cada persona reconozca sus derechos y sus deberes pero también la existencia de las distintas culturas.” Su ministerio, explicó además, “puede cambiar culturalmente la mirada que la gente tiene hacia la inmigración”.
Aplicar la Constitución italiana sería de por sí un paso importante, “un gran instrumento contra la discriminación”, enfatizó, asegurando que en las próximas semanas presentará un proyecto y campañas para combatir el racismo, entre ellas una campaña informativa, porque es muy importante “promover el respeto de las personas incluso en el modo en que se dan las noticias, en el modo en el que se presenta la figura del prófugo o del inmigrante. Es necesario seguir una cierta ética y esto irá formando una nueva idea de ciudadanía”, concluyó.
Para discutir sobre inmigración y sobre el Ius solis, la ministra Kyenge viajará a la Unión Europea en los próximos días porque considera además que es un tema que debe ser considerado por todos los países europeos y no sólo por Italia.

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