jueves, 6 de junio de 2013

La excelencia educativa

Algunas palabras acaban siendo muy antipáticas. Hay que tener cuidado con ellas porque las carga el diablo. Entendamos aquí por diablo a todo ideólogo dispuesto a convertir la semántica en un ejercicio de hipocresía. Los procesos de deformación en el carácter convierten con frecuencia las virtudes en nuestros peores defectos. Una persona amable puede convertirse en un adulador. Un individuo prudente, si no se vigila con prudencia, puede transformarse en un miedoso. El mérito corre peligro de desembocar en la vanidad y el egoísmo. El poder lo sabe y actúa. El arte de gobernar se confunde por tradición elitista con la estrategia de convertir al amable en adulador, al prudente en miedoso y al ciudadano de mérito en un prisionero de su vanidad.
Las palabras tienen también carácter. Y transforman sus virtudes en defectos. Hace años empezó a resultarme antipática la palabra emprendedor. No es criticable, desde luego, quien emprende con decisión acciones difíciles. No conviene borrar de golpe la historia de la navegación, la literatura y la justicia social, tareas que exigen el valor de actuar ante la incertidumbre. Pero la ideología repetida de la palabraemprendedor supone hoy —en el vocabulario de nuestra realidad social— un desmantelamiento de los derechos y las ilusiones colectivas en favor de las hazañas personales. Se niegan los amparos del contrato social y se desplaza el éxito a la importancia heroica de un individuo. El prestigio del emprendedor es entonces inseparable de un paisaje degradado para la inmensa mayoría.
Ocurre lo mismo con la palabra excelencia. Su repetido uso en las discusiones sobre educación está cargado por el diablo. El Gobierno introduce a Dios en las aulas a través de las clases de religión y al diablo a través de la palabra excelencia. Dios y el diablo nos libren a nosotros de negar el valor de la calidad y el mérito personal. Pero con el uso sistemático de la palabra excelencia no se intenta valorar el mérito, sino confundir la calidad con la discriminación. Quien maltrata a los profesores, quien despide a los interinos, quien obstaculiza la atención especial a los alumnos con dificultades, quien recorta los gastos en educación pública, quien sacrifica las inversiones en investigación, sólo puede utilizar la palabra excelencia de una forma antipática y fraudulenta. Legitima el deterioro de la inmensa mayoría a favor de la visibilidad de unos privilegiados.
El profesor no está obligado a aprobar a todo el mundo, pero sí a mirar a toda la clase. Un panorama muy diverso de rostros y actitudes se sienta en los pupitres. Más o menos inteligentes, más o menos estudiosos, más o menos inquietos, mejor o peor vestidos, todos los alumnos reclaman su atención. A veces el esfuerzo más útil sirve para que un condenado al suspenso logre el aprobado. El paso del notable al sobresaliente está bien, pero no a costa de desatender la colmena de los números rojos. El color dorado de la élite llega después. El profesor sabe que siempre hay gente capaz de crecer y triunfar en las condiciones más difíciles. Sabe incluso que su salto alcanzará más altura cuando el suelo de la media se haya elevado, cuando los pies del atleta se apoyen en una tierra sólida. No se obsesiona con palabras como emprendedor o excelencia. Mira a toda la clase.
El esfuerzo de la educación española en las últimas tres décadas se ha dirigido a equilibrar las discriminaciones impuestas durante siglos, salvo en los años de la II República, por una enseñanza al servicio de las élites sociales. El ministro que utiliza hoy la palabra excelencia está deshaciendo los logros de ese esfuerzo. Un Gobierno oligárquico, que apuesta por los privilegios de familia y la inmovilidad social, necesita sacrificar la educación pública. ¡Qué idea tan antipática de la palabra excelencia!
Por eso me ha alegrado la noticia de que en la ceremonia de entrega de los Premios Fin de Carrera algunos alumnos excelentes se han negado a darle la mano al señor ministro para defender la educación pública. Nos han recordado a todos que una persona amable no es un adulador, que un prudente no es un miedoso y que el mérito personal no puede confundirse con el egoísmo. Estos alumnos han suspendido al ministro de Educación.

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