lunes, 27 de mayo de 2013

¿Por qué esa obsesión por los emprendedores?

“Hemos partido de la nada para alcanzar las más altas cimas de la miseria
Groucho Marx.
No se trata de negar que vivimos un cambio de época, se trata de poner en cuestión la naturaleza del propio cambio y la orientación que éste toma. Queda claro que el modelo de organización del trabajo y las relaciones laborales que veníamos conociendo, dejan de ser viables para cada vez más porciones de la población. Tampoco lo es el papel de la propia relación salarial, incapaz ya de asegurar un conjunto de certezas a lo largo del tiempo, bien porque escasea su oferta, bien porque cuando se tiene empleo no garantiza ninguna viabilidad de futuro. Pero las posibles soluciones a un problema objetivo no descansan sobre verdades objetivas, precisamente porque existen interpretaciones que responden a intereses enfrentados. Una de esas salidas es la que nos ofrece la figura del emprendedor, del empresario de sí mismo, que no es solo de carácter jurídico, va mucho más allá, representa toda una idea, una cosmovisión acerca de como debe construirse la percepción colectiva.
Toda esta avalancha mediática que nos habla de  “los emprendedores” a modo de mesías que llega a la tierra, afecta a todo el campo de la experiencia vital: el coaching, las terapias y libros de autoayuda, el pensamiento positivo etc…- suponen distintas facciones de un mismo ejército que batalla por ganar la hegemonía cultural apostando a un relato que reinterpreta el ser y sentir –ethos-, de la población. No se trata únicamente de fomentar la creación de empresas,  el paquete incluye transformar por completo nuestra interpretación de la realidad en torno a lo que es justo e injusto, aceptable o no aceptable, legítimo o no legítimo. Este discurso del cambio aparentemente transgresor en sus formas pero sumiso en sus contenidos, lo encontramos en el artículo del publicista Risto Mejide, “No busques trabajo”. Se nos presenta como un desafío, lo que en realidad no puede ser otra cosa, que la adaptación servil a un conjunto de reglas variables, indefinidas y cínicas que no son discutidas, sino acatadas. Para obtener el éxito tienes que seguir las pautas y si no lo consigues se debe a que no lo has hecho bien y por lo tanto, al igual que eres artífice de tu propio éxito, también lo eres del fracaso y de tu pobreza.
Precisamente, lo que se postula no es otra cosa que aceptar individualmente la realidad que se impone, negando siempre la dimensión social, es decir, la capacidad material de la sociedad para intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Todos somos productos, esto va de saber venderse y para venderse hay que competir sin descanso y ser capaz de gestionar las emociones y la comunicación. Como el empleo ya no es lo que era ni volverá a ser lo que en su día fue, puesto que el imperativo de la competitividad centrado en el consumo no lo permite, debemos “emanciparnos de las conquistas sociales”, que diría El Roto.
No deja de ser curioso que mientras se alienta un discurso que promueve el desarrollo personal, la autonomía, la libertad, el “triunfo de la voluntad”, la solución de superación personal por medio de la empresa como proyecto común y demás retórica de la gestión de los recursos humanos-RRHH-, nos empujen al mismo tiempo, a sucumbir ante un desarrollo natural de la sociedad, a no criticar ni discutir la esencia del “espíritu absoluto” hegeliano, aceptando así la precariedad extensiva e intensiva que nos exige la competitividad del Dios omnímodo llamado mercado. Esta es la intemperie de la que nos habla e ilustra El Roto como alternativa al túnel en el que estamos.
La otra bifurcación a un mismo problema objetivo – la decadencia del papel del empleo en la sociedad como redistribuidor de riqueza y garante de derechos – camina por el sendero opuesto, pero partiendo del mismo punto. Si el empleo escasea y los salarios son también escasos, pero no así la riqueza concentrada en pocas manos, la solución debería pasar por repensar criterios de ciudadanía para garantizar derechos independientemente del  hecho de tener o no tener empleo. El empleo es un medio, no un fin, si deja de servir como medio, lo lógico es buscar otros para evitar que quien pierda el empleo lo pierda todo. La primera alternativa a la sociedad del salario se basa en restringir derechos para someter el tiempo de la vida a las demandas de la empresa-mundo, sentando las bases para que nos pensemos como si fuéramos empresarios, lo que se traduce en precariedad, dependencia servil y competencia encarnizada. Pluriactividad, la flexibilidad hecha chantaje.
La segunda funciona al revés, orienta el tiempo de la vida de tal forma que consiga obtener autonomía con respecto al tiempo de la empresa, de la aceleración de la competencia y el principio de maximizar beneficios. Si para el primer modelo la punta de lanza es el emprendedor, para esta segunda debe deber la cooperativa. En una economía en red  que funciona mejor achatando jerarquías y donde el trabajo en equipo y la cooperación son fundamentales para promover la innovación y creatividad, ¿por qué promocionar la búsqueda individual en la creación de más empresas? Las cooperativas sostienen mejor las turbulencias y evitan la fractura social, destruyen menos empleo y generan un tejido productivo que mitiga el miedo, genera más bienestar y cumple con las características y el entorno de trabajo para ser más innovador. Multiactividad, la flexibilidad hecha fortaleza.
La economía es la gestión de los recursos escasos, pero algunos de los recursos más preciados para la economía del siglo XXI, tales como el conocimiento, el talento, la innovación, rompen con toda la lógica de la propiedad privada. El conocimiento, el talento, la innovación, aumentan cuanta más gente los comparte porque se pone en común la diferencia y el pensamiento divergente, cualidades necesarias para su desarrollo. Al igual que las moléculas encuentran nuevas configuraciones y exploran terrenos en redes líquidas, pero no sólidas ni gaseosas, las políticas públicas serían más eficaces y democráticas si las cooperativas fueran la avanzadilla de una cultura basada en lo común compartido, en cooperar y no en  privar unos a otros. Se trata de voluntad, pero política, se necesita ambición, pero grande y con finalidad colectiva, no pequeña y oportunista; hace falta un proyecto de país construido por y para todos y no uno en donde todos  competimos entre todos para que finalmente ganen unos pocos.

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