lunes, 27 de mayo de 2013

La Asamblea Constituyente y la cesantía de los políticos. Entrevista a Gabriel Salazar

“El estado de la política nacional es una página más del espectáculo que ha dado la clase política civil chilena desde el Siglo XIX”, dice Gabriel Salazar. El historiador de izquierda, resume la escena.
-Estas situaciones en que todos los políticos –en la perspectiva de una elección– en que se unen, se dividen, se aserruchan el piso, es un espectáculo que se viene repitiendo más o menos desde 1875 en adelante, y se produce entonces una especie de guerra de unos con otros que genera divisiones de partidos, pugnas internas que impiden que los partidos se muevan en una sola dirección y que es la tendencia que anima a toda la clase política en su conjunto de escalar posiciones dentro de la estructura política.
-¿Y esos son los síntomas de ahora?
-Esto se ha producido siempre en Chile, período tras período. A veces un poco más agudo, pero se ha repetido. Una característica es que todos los Presidentes en Chile se han quejado de que al final de sus mandatos los partidos que los han apoyado se han dividido o se han separado. Quedan solos, abandonados y se dan cuenta que en Chile no existe el Presidencialismo, sino realmente distintas variantes del viejo Parlamentarismo que tantas veces se criticó. Y ese Parlamentarismo es producto de que los partidos se mueven por incentivos electorales y al acercarse a la elección, comienza esta pugna y se olvidan del programa del Presidente y los proyectos. Los últimos gobiernos de la Concertación y Piñera han tenido menos trifulca en sus partidos que antes de Allende… pero el conjunto de la clase política da un espectáculo para la ciudadanía, y estamos viviendo una de las etapas más farandulezcas de toda la historia política parlamentaria de Chile. Pero esta es una enfermedad muy antigua.
-¿Con la misma transversalidad que vemos hoy?
-Eso también es histórico. Hay un espectro de 10 partidos y 7 hacen crisis.

-¿Y cómo ordena esta crisis en particular el contexto actual? Por ejemplo, si hablamos de la derecha. De una escena donde no estarán ni Novoa ni Larraín… 
-Todas estas movidas son reacciones individuales. Algunos quieren subir rápido las escaleras diciendo ‘yo voy a arreglar todo’, tipo Longueira. Otros se bajan, renuncian y se van para la casa. Todos los políticos están lanzados en esta carrera de ascenso al poder. Y muchos también se quiebran y se retiran. Es curioso que dos de las principales figuras de la derecha se hayan retirado. La Matthei también anunció su retiro. Ellos mismos se asquean de lo que convulsiona por dentro a la política civil.

“El estado de la política nacional es una página más del espectáculo que ha dado la clase política civil chilena desde el Siglo XIX”, dice Gabriel Salazar. El historiador de izquierda, resume la escena.
-Estas situaciones en que todos los políticos –en la perspectiva de una elección– en que se unen, se dividen, se aserruchan el piso, es un espectáculo que se viene repitiendo más o menos desde 1875 en adelante, y se produce entonces una especie de guerra de unos con otros que genera divisiones de partidos, pugnas internas que impiden que los partidos se muevan en una sola dirección y que es la tendencia que anima a toda la clase política en su conjunto de escalar posiciones dentro de la estructura política.
-¿Y esos son los síntomas de ahora?
-Esto se ha producido siempre en Chile, período tras período. A veces un poco más agudo, pero se ha repetido. Una característica es que todos los Presidentes en Chile se han quejado de que al final de sus mandatos los partidos que los han apoyado se han dividido o se han separado. Quedan solos, abandonados y se dan cuenta que en Chile no existe el Presidencialismo, sino realmente distintas variantes del viejo Parlamentarismo que tantas veces se criticó. Y ese Parlamentarismo es producto de que los partidos se mueven por incentivos electorales y al acercarse a la elección, comienza esta pugna y se olvidan del programa del Presidente y los proyectos. Los últimos gobiernos de la Concertación y Piñera han tenido menos trifulca en sus partidos que antes de Allende… pero el conjunto de la clase política da un espectáculo para la ciudadanía, y estamos viviendo una de las etapas más farandulezcas de toda la historia política parlamentaria de Chile. Pero esta es una enfermedad muy antigua.

-Y eso vinculado a la relevancia que ha adquirido el movimiento social, ¿nos sitúa en qué nuevo escenario?
-Este espectáculo es el que ha producido los movimientos del electorado desde la derecha hasta la izquierda, pues el electorado, dentro de todo, muta sus orientaciones. Por ejemplo, cuando el electorado eligió a Arturo Alessandri Palma para su segundo gobierno y éste actuó con la derecha y se puso represivo, autoritario, capitalista y todo, el electorado se volcó a la izquierda y apoyó al Frente Popular y el Partido Radical. Luego se aburrió de los radicales y de los políticos en 1952 y votó por Ibáñez. Pero fue tan escandaloso el gobierno de Ibáñez, desde el punto de la corrupción de los políticos, que buscó una salida por un hombre ético que no quería nada con los partidos, Jorge Alessandri. Después otra vez se buscó un hombre por la izquierda…

-Y ahora…
-Imagínate que la gente se haya aburrido de la Concertación y que haya ganado Piñera. Es un castigo a la clase política, a la liviandad y la relativa corrupción que hubo durante los gobiernos de la Concertación. La ciudadanía está hasta aquí –dice llevándose la mano derecha hasta la frente. La gente ya no tiene en el espectro político dónde elegir, porque además el espectro político se ha achicado: la Concertación es neoliberal, la Alianza por Chile es neoliberal. El Partido Comunista se puso a la cola de la Concertación y no es una alternativa real. Por eso que la ciudadanía está buscándose en sí misma. Y eso es lo más interesante del período que estamos viviendo. Y eso explica el desarrollo y auge de las asambleas ciudadanas territoriales. Aysén triunfó frente al gobierno, Freirina también. Hay un lote de asambleas por todas partes.

-¿Esa elite que ha gobernado el país transversalmente puede ser reemplazada por los líderes de regiones?
-El problema es que están surgiendo movimientos ciudadanos de dos tipos. Unos que están liderados por los viejos actores sociales, funcionales, por ejemplo, la Confech de los estudiantes, la ANEF, los trabajadores portuarios, los del cobre, los profesores un poquito y punto, porque la CUT no corre. No es un movimiento social. Y por otro lado tienes estas asambleas ciudadanas territoriales que son un nuevo actor social, por lo menos del último siglo y medio que plantean sus puntos de manera mucho más radical incluso que los actores funcionales o gremiales.

-Por ejemplo…
-Lo que está haciendo Freirina, por ejemplo, es un verdadero ejemplo de una alternativa revolucionaria, porque se unieron como comunidad local, le doblaron la mano a Agrosuper, derrotaron al cuerpo especial de Carabineros, obligaron a movilizar a las comunidades del Huasco contra la Barrick. El Valle del Huasco se plantó frente a la Termoléctrica… o sea, están triunfando a todo lo largo del valle, y plantean que ellos deberían gobernar el valle porque lo conocen y saben lo que les sirve y lo que no les sirve. Están planteándose la idea de reconstruir el Estado y el país a partir de autonomizar las comunidades locales, regionales… por eso es que llamaron a una junta nacional de asambleas ciudadanas territoriales. Incluso aprobaron no actuar acompañados o dirigidos o asociados a partidos políticos. Todo en base a asambleas autónomas. En la medida que se asocien estos movimientos vas a tener un movimiento ciudadano con una tremenda fuerza cultural de autonomía, de gestión territorial.
UN PAÍS SIN POLÍTICOS
Salazar cree que en este escenario es poco y nada el espacio que les queda a los partidos políticos. Y casi nulo también el rol que pueden jugar. “Muy poco, como no sea la refundación”, dice y apunta a los salvavidas: “Pero refundados en el sentido de que las bases lo controlen. O sea, que no aparezca esta posibilidad de que los líderes del movimiento se conviertan en  políticos profesionales y los políticos profesionales en clase política. Eso es lo que ha pasado en Chile. Y cuando surge la clase política, la soberanía desaparece porque los políticos se apropian de ella. Tal como está ocurriendo con esta gente. Entonces están asustados porque son conscientes de este peligro. Y todos están tomando el lenguaje de estos movimientos. Y están asustados, porque si este movimiento desemboca en una asamblea constituyente donde el pueblo construya la constitución, los políticos quedarán cesantes”.
-¿Y en este contexto, simbólicamente, cómo se ve la bajada de Camilo Escalona?
-Yo lo veo como un despecho personal. Porque su primera movida fue él designar poco menos que los candidatos y él colocarse en la mejor posición posible. Lo que indica una actitud de controlar desde un centro burocrático, casi estalinista, la marcha de un partido y asumiendo él la designación de candidatos, lo que le debería corresponder al pueblo.

-Entonces esta crisis es estructural o tiene más que ver con caudillismos. ¿Pone un punto de inflexión?
-No hay dudas que la tendencia que ha tomado el movimiento ciudadano y el movimiento popular, esta tendencia a la autogestión, al ejercicio local de la soberanía es un proceso que viene de muy atrás. No viene del 2011. Viene desde la época de la toma de terrenos, el poder popular. O sea ese poder es el que enfrenta después a Pinochet en 22 jornadas de protesta. Entonces, esta decisión es una cultura adquirida que viene de fines de los 60, pasó por los 70, los 80 y quedó como a la espera con los gobiernos de la Concertación. Pero quedó en la memoria, y la memoria no olvida y estuvo mientras la Concertación gobernó. Y si le dieron carta blanca es porque la Concertación estaba compuesta de partidos que antiguamente eran socialistas, aunque a la altura del 2005 estaba clarito que eran todos neoliberales. Eso implica el reventón de los pingüinos. Y el reventón de las comunidades, el reventón del 2011 y las asambleas territoriales. Es una cultura que tiene 50 años.

-¿Y la caída de los líderes de la elite, del partido del orden, es tal? ¿Qué lugar ocupan en ese proceso?
-Ellos se dan cuenta que esto es un tsunami, lo tienen clarito. No se trata de un líder, no tienen a quien acusar ni a quien reprimir. Es una marea que se les viene encima. Por eso es que todos están apurados revisando sus propios discursos. Tratando de agarrar las consignas. De hecho, lo que hizo este gobierno fue tratar de hacer un gobierno micro populista, absolutamente y ciento por ciento neoliberal. Lo revela el anuncio del bono para el tercer hijo. Eso es populismo, es una dádiva, una limosna, pero este gobierno tuvo que hacer eso porque la marejada va en esa dirección.

-Pero si ese discurso no es real la ciudadanía lo va a notar. ¿Qué pasará en un eventual gobierno de Bachelet?
-Ella era la única candidata que tenía la posibilidad de asumir seriamente esta marejada ciudadana que ya tiene 50 años de desarrollo, pero hasta donde yo me he dado cuenta, ella está más bien tratando de congraciarse con esta tendencia sin soltar la amarra con los partidos de la Concertación y sin soltar la amarra con la Constitución vigente porque ella planteó que lo de la educación lo iba a presentar como proyecto de ley al Congreso Nacional. O sea, al final son estos mismos campeones los que tienen que decidir al respecto. Entonces la clase política intuye para dónde va esta marejada y está tratando de montarse en la ola, pero la gente no les cree. Lo que hicieron con Moreira lo encuentro último. Lo mandan al sur y lo sacan de un suácate para meter a un señor Kast, que probablemente es el delfín que están preparando para las próximas elecciones. ¿Por qué lo van a exhibir en Las Condes si no es por eso? Bueno, evidentemente Kast es un gallo equilibrado, buenmozo, tiene don de gente para relacionarse, entonces no es un Longueira, no es un Golborne.

-¿Qué va a surgir entre la pugna de la ciudadanía y los partidos?
-El gallito lo va a ganar la ciudadanía, obviamente. Los políticos no pueden hacer nada contra un turbión que está tomando estas características. Los únicos que podrían pararlo son los militares. Tendría que haber un nuevo golpe, pero un golpe muy distinto al anterior, el que fue fácil para ellos porque atacaron las organizaciones de izquierda, las cúpulas, los sindicatos, los partidos políticos… y los desarmaron, quedaron reducidos a nada. Ahora es muy distinto porque aquí no hay partidos, no hay cúpulas. Es la masa ciudadana que se rige por una cultura distinta. Entonces ni una masacre callejera para la cosa. Yo creo que los militares no están en condiciones de dar un segundo golpe, pero al mismo tiempo el movimiento social va a tener que preocupase de los militares porque son los únicos que pueden pararlos.

-¿Le augura éxito a Marcel Claude?
-Claude está pisando fuerte. Está pisando mucho más fuerte que Arrate y los anteriores. No creo que vaya a ganar, pero va a sacar una votación contundente, y si se le suma a los otros, hasta la de MEO, vas a tener una votación alternativa que si la Bachelet no es capaz de parar va a ser muy potente. Pero yo creo que ella igual gana.

-¿Y usted vota?
-Sí.

-¿Le puedo preguntar por quién va a votar?
-Esta vez creo que no voy a votar. O voy a anular. O voy a poner puros garabatos. ¡Por primera vez en mi vida!

-¿Y antes, por quién votó?
-En general voté por la Concertación y una vez por Manfred Max-Neef. Pero ya me di cuenta que la salida política no son los candidatos alternativos. No se trata de talar un nuevo Allende. Aquí es la ciudadanía entera la que tiene que ser su propio candidato, ejercer soberanía. Yo soy muy amigo de Marcel Claude, pero él por sí solo no va a resolver el problema. A esta altura me convencí, porque antes ¡Voté hasta por Frei! ¡apretándome la guata por la chupalla, porque no había otro! Pero esta vez me dan lo mismo estos señores, que saquen los votos que sea. La apuesta no está por ahí.


Por Alejandra Carmona, 27 de mayo de 2013, El Mostrador

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tus comentarios en Versus...