viernes, 31 de mayo de 2013

Chile bajo el Síndrome de Estocolmo

El robo de Norrmalmstorg, Estocolmo, 1973

Eran las 10 de la mañana del 23 de agosto de 1973. Jan Erik Olsson de 32 años entró al Sveriges Kreditbanken ubicado en la plaza del centro de la ciudad de Norrmalmstorg (Suecia) armado con una pistola ametralladora y una gran radio que tocaba a todo volumen. Entonces gritó The party has just begun!, mientras lanzaba un par de disparos al aire. Pasados unos minutos la situación cambió drásticamente cuando dos policías alertados por los disparos entraron a enfrentar a Olsson. En el enfrentamiento Olsson repelió la tentativa logrando herir a uno de los policías y apresar al otro. Tres mujeres, dependientes del banco, y el policía se transformaron en rehenes. Olsson realzó entonces su lista de exigencias, pidió que trajeran desde la cárcel a su amigo Clark Olofsson, además de pedir tres millones de coronas suecas, dos revólveres, chalecos antibalas y un vehículo. Pasaron un par de días. Al tercer día se vivió uno de los momentos más tensos. Olsson, previendo el inminente ataque de la policía con gases lacrimógenos, colocó a los rehenes con sogas en el cuello, amenazando así con estrangularlos. El movimiento de Olsson logró disuadir a la Policía por un par de días.  Olsson se divertía tocando música rock, mientras esperaba que se cumplieran sus demandas. Las negociaciones operaban a través de llamadas telefónicas en las cuales Olsson hacía hablar a sus rehenes con el Primer Ministro y con las autoridades de la Policía. Finalmente el 28 de agosto la Policía decidió actuar, atacando con gases lacrimógenos y causando así la rendición de Olsson y Olofsson en unos 30 minutos. Kristin Ehnemark, una de las rehenes, declaraba más tarde que se había sentido mucho más segura con los captores, temiendo la acción violenta de la policía. Los rehenes coincidían que Olsson no era responsable de la situación, sino más bien que había sido impulsada por una sociedad enferma. Olsson cumplió una condena de 10 años, recibiendo cientos de cartas de admiradoras. Tiempo después una de ellas se transformó en su esposa.

El fraude de la dictadura, Santiago, 1980

Era la mañana del 11 de septiembre de 1980. La dictadura cívico-militar dirigida por Augusto Pinochet culminaba un proceso de cuatro años de trabajo de una comisión redactora de una nueva constitución para Chile donde participaron figuras como Enrique Ortúzar, Jaime Guzmán, Jorge Ovalle, Sergio Diez, Gustavo Lorca, Enrique Evans, Alejandro Silva, Luz Bulnes, Raúl Bertelsen, Juan de Dios Carmona y Alicia Romo. En un gesto aparentemente demócrata la dictadura llama a plebiscitar el trabajo de la comisión. El “Sí” monopolizó la prensa, la radio y la televisión, mientras el “No” fue empujado a realizar manifestaciones callejeras bajo el ojo de la DINA. Sin un padrón electoral y con unos 3000 militares votando varias veces durante el día en Santiago, la estrella dibujada en el voto que acompañaba al “Sí” triunfó con un 67,4% en uno de los mayores fraudes electorales de nuestra historia. La Junta Militar que reemplazó a la voluntad popular en 1980 se arrojó la defensa de una libertad sobrenatural, que avanzados los 80 comenzó a delinearse en su radicalidad devastando los derechos sociales adquiridos durante el siglo XX.

El Síndrome de Estocolmo, Santiago, 2013

Dentro del grupo negociador de la policía que había cercado a Olsson estaba Nils Bejerto, criminólogo y psiquiatra, quien bautizó el comportamiento de Ehnemark con el nombre de Síndrome de Estocolmo, una reacción psicológica paradójica de la víctima de un secuestro, o de una persona retenida contra su voluntad. Las destempladas declaraciones de varios políticos realizadas recientemente acerca de la posibilidad de iniciar un proceso de Asamblea Constituyente en Chile parecen enmarcarse dentro de la descripción de Bejerto. Los secuestrados – la clase política oficial chilena- son alentados a desarrollar características psicológicas agradables para los secuestradores –la dictadura cívico-militar- como son la dependencia, la falta de iniciativa, la inhabilidad para actuar, el decidir o el pensar. Así nuestros detractores de la Asamblea Constituyente han centrado sorprendentemente sus análisis en las bondades de la Constitución de 1980, destacando su espíritu “libertario” –sobre la amenaza del cáncer marxista-, la irrelevancia de su origen fraudulento, el olvido de la brutalidad asociada a su imposición, la acción correctora de las reformas realizadas post 1990, el desprecio al “populismo” de los procesos similares llevados a cabo en América Latina, el desdén a los procesos de países como Islandia tenidos como excepciones descontextualizadas, etc. Como bien señalan las descripciones del Síndrome de Estocolmo realizadas por el FBI (2007) el captor parece seguir teniendo el control de las necesidades básicas del cautivo, el rehén es aislado y toma la única perspectiva disponible que es la del secuestrador. La fidelidad o apego a la Constitución del 80 no es otra cosa que la movilización de afectos, conveniencias e intereses de quienes paradojalmente siguen bajo el poder de los secuestradores de la democracia chilena.

Es hora de ejercer el poder constituyente del pueblo.


Por Jorge Inzunza H., Campinas, 31 de mayo de 2013

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