jueves, 11 de abril de 2013

Por qué los políticos no entienden lo que quieren decir los estudiantes


Educación gratuita. No hay cambios en siquiera una letra de esta demanda que nació al calor de las movilizaciones estudiantiles de 2011. Por eso todos los candidatos presidenciales la tienen entre sus propuestas, aunque la mayoría con matices.
“Creo que es regresivo que quienes pueden pagar no paguen. Creo en la gratuidad como concepto, porque creo que la enorme mayoría de los chilenos no puede pagar”, dijo Michelle Bachelet en unas de sus primeras intervenciones a su llegada a Chile, cerrando la puerta a la gratuidad universal; un tema que incluso hizo que el ex presidente de la FECh, Gabriel Boric, declarara un nuevo escenario este semana: “Creo que acá se marca un claro quiebre con el movimiento estudiantil”, dijo el dirigente.
“Eso es porque la transición se construyó en una esfera política muy blindada del control externo y eso generó una cultura política ensimismada, autista. Ahora que ha reventado un malestar se producen estas escenas de diálogo torpe, donde se usa la misma palabra para decir dos cosas muy distintas”, opina Carlos Ruiz, profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile y presidente de Fundación Nodo XXI.
Es lo mismo que cree Andrés Fielbaum, presidente de la FECh, quien sostiene que la política tradicional ha gobernado en los últimos 23 años dentro de concepciones básicas donde el Estado ha tenido un rol subsidiario. Donde lo privado ha sido eficiente y el lucro, su principal motor. “Cuando uno dice que hay aspectos de la vida que no están sujetos al dinero, como la educación, ellos lo entienden como fin al lucro con fondos públicos. No entienden que la educación es un derecho y los derechos son irrenunciables”, dice.

UN NUEVO ESCENARIO

Para los jóvenes que lideran las demandas y salen hoy a la calle a marchar, el “pacto” entre la derecha y la Concertación se funda en elevarse a condición sagrada, por tanto incuestionable, en base a la desarticulación social y subsidio estatal. “Por eso queda ‘fuera’ de los debates aceptables. Se pasa a ser ‘poco serio’ o ‘fumador de opio’, en palabras de Camilo Escalona. Entonces, cuando un movimiento social se propone cambiar las cosas, esta gente no lo entiende”, suma argumentos Francisco Figueroa, ex vicepresidente de la FECh.
Después de los anuncios de Bachelet en educación y reforma tributaria para financiarla, el oficialismo salió a pegar: “A propósito de la propuesta de la candidata socialista, el Presidente Sebastián Piñera sí hizo una reforma tributaria en educación, en la dirección correcta”, dijo el presidente de la UDI, Patricio Melero, poniéndose en un lugar que hoy tampoco entiende el nuevo escenario: derechas e izquierdas, como tradicionalmente ha sido entendido el concepto.
El historiador Gabriel Salazar cree que la clase política chilena, es decir la “profesionalización de representantes”, ha reproducido una práctica endógena de política civil.
“Tenemos estirpes de políticos: los Lagos, Errázuriz, Zaldívar, Alessandri… Esta clase política ha desarrollado una cultura endogámica que se ha expresado en un lenguaje típico, ligado a la ley, demagógico, de irritación frente a actitudes de la ciudadanía cuando no respetan su condiciones de políticos”, dice Salazar y da ejemplos: “Lo hemos visto cuando Escalona o Zaldívar y otros políticos han reaccionado con dignidad herida cuando se les ha exigido que adopten ciertas conductas, como el intento de reforma tributaria el año pasado. Los políticos se indignaron porque la ciudadanía les exigía… entonces ellos dijeron que sabían lo que hacían… Eso implica que hay un círculo de personas, un estamento, que tiene una cultura endógena”, destaca Salazar.
Ernesto Treviño, director del Centro de Políticas Comparadas en Educación de la U. Diego Portales, suma argumentos al debate: “Dado el diferencial de honestidad en el diagnóstico, a veces se escuchan argumentaciones de los políticos que son inverosímiles y no convencen a la mayoría de la población. Para mi gusto este desprecio por la inteligencia de la población es lo que ha llevado a la clase política a la debacle de la legitimidad. Ellos siguen repitiendo que se requieren partidos para gobernar, pero lo que no dicen es que los partidos deben generar confianza en que están actuando en pos de las necesidades del 95 % de la población, y no del 5 % que es super-rico”.
La educación es un derecho se leerá en las pancartas que crucen hoy la Alameda y que lleguen hasta la estación Mapocho, pero los derechos tampoco han sido entendidos de esa forma, según Carlos Ruiz, y eso, para él, tiene una explicación: uno de los grandes silencios de la transición es el tema de la anulación de derechos sociales universales que se produjo durante la dictadura. “Es un Estado que no se hace responsable de derechos sociales y sólo los atiende en tanto los focalice. O sea, ‘en educación atenderé a tales, en términos de vejez a estos otros’… Esa desaparición de derechos la esquiva la política en términos de discusión. Pero ahora se dice ‘no quiero bono, quiero derechos’ y eso significa romper uno de los marcos más duro que existen con el modelo de desarrollo”.
Ruiz enfatiza que ese consenso en el que vive la clase política no ha sido discutido con la ciudadanía y el sistema económico construyó un Estado ante el cual la misma ciudadanía no tiene ni un derecho.

LECTURAS NUEVAS

Es en ese marco que los antiguos referentes políticos que marcaron los discursos, las demandas y los debates, ahora suman otros nombres. “Si no superamos ese tipo de formación el resultado seguirá siendo seres humanos dóciles, manejados, automatizados, sin visión futura, capaces sólo de manipular a los demás, producir, vender y contentarse con la pseudo democracia (…) utilizando las instituciones no para ponerlas al servicio real de las necesidades apremiantes y relevantes de la sociedad, sino para aprovecharse de ella”, escribía hace un tiempo en una columna de opinión Camila Vallejo, citando parte del libro “Cambiar la educación para cambiar el mundo” de Claudio Naranjo, un siquiatra chileno más conocido masivamente en el exterior que en su propio país. No vive en Chile desde 1965.
“El movimiento de protesta estudiantil me ha parecido bien inspirado y valiente, y muy válida la crítica al negocio de la educación que se ha venido haciendo a expensas de los estudiantes y de la cultura nacional”, señala Naranjo vía e-mail a El Mostrador. Pero le parece que apenas se ha tocado el hecho de que ya es hora de que se cambie de paradigma en la educación, “y que en vez de usar la educación para la conformidad con una sociedad enferma se comience a crear una educación para trascender aquello que llamo ‘la mente patriarcal’, que sostiene nuestra sociedad aberrante”.
El lenguaje en medio de este debate también ha jugado un rol fundamental. Y aunque todos hablen español, parece ser un español diferente: el de la calle y el de la clase gobernante. Raúl Zarzuri, sociólogo y director del Centro de Estudios Socioculturales, cree que la clase política está entrampada en sí misma y en sus discursos. “Hay una política allá arriba y hay otra que corre por abajo. Una de las instituciones sacrosantas y otra que se hace en la calle. El cambio de paradigma se manifiesta en que la política no se hace más en las instituciones; y esto no es sólo físico, también es virtual. La vieja política maneja un lenguaje análogo cuando deberían manejar un lenguaje digital”.
Es esa cultura endogámica la que en este escenario, que se crispará aún más en un período eleccionario, tiene que comenzar a ser verdaderamente leída en su fondo, aunque quienes están atentos al fenómeno aseguran que los cambios no vendrán desde dentro: “Eso que va a tener que ser transformado desde fuera. Hay que construir nuevos intereses. Si la política no es refundada, no habrá cambio en los derechos”, añade Carlos Ruiz.
Gabriel Salazar, en cambio, confía más en el tiempo: “Es un proceso de transición ciudadana profunda y de largo plazo porque tiene la suficiente potencia. Los políticos no están en condiciones de pararlo. Este proceso culminará naturalmente porque los políticos no están en condiciones de galopar este movimiento. ¿Y qué harán? Tratar de acercar su discurso a la ciudadanía. Pero eso es de la boca para afuera, porque ninguno renunciará a su condición de clase política”.
Por Alejandra Carmona, El Mostrador, 11 de abril de 2013

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