martes, 12 de marzo de 2013

Chávez: mito, historia e hipocresía de la elite chilena


La muerte del presidente venezolano Hugo Chávez Frías ha agitado las discusiones sobre su presencia entre la izquierda y las clases populares del continente. Es un debate que desde 1998 no se ha detenido y en el que probablemente este sólo sea un episodio más. Desde Chile, todo tipo de prismas se han utilizado para analizar su finalizado gobierno, y sin mayores dudas podemos decir que quienes han buscado mermar su imagen, han encontrado en la mistificación popular de su figura y su irrespeto activo ante la gobernanza ideal consagrada por el consenso de Washington los principales blancos de condena. Este escrito pretende polemizar con ambas posiciones, destacando la presencia de la mitología como un elemento central en la lucha política y algunas luces sobre cómo procesar en la historia de la izquierda los años de gobierno de Chávez.
A los gobernantes y líderes de izquierda son a los únicos a quienes se pide que cumplan a cabalidad los preceptos del muy moderno republicanismo. Para el resto, la vara queda siempre más baja. Siempre está la comprensión de los que parecieran saber mucho como es el mundo, de los lazarillos de la ciencia social o económica, los que cuando se comete un indefendible en nombre del capital y un buen clima para los negocios, invocan sin tapujos el comodín de la realpolitik. Pareciera ser que ese el caso de Hugo Chávez y lo que se le exigió en vida, y lo que no se le perdona ahora después de muerto. En Chile, no faltó ni el antichavismo de la derecha oportunista ni el del progresismo muy preocupado de no despeinarse ante el modelo.
A estas alturas, resulta majadero tener que responder por el gobierno de Chávez: es cosa de buscar en internet, sin moverse de su asiento, las cifras de catorce años de Revolución Bolivariana, que hasta la prensa más recalcitrantemente derechista destaca. También ahí es posible encontrar losdesafíos —aquellos puntos débiles o que no alcanzaron a vivir transformaciones completas—, e incluso también los bemoles de un gobierno de humanos dirigidos por un hereje, diría Carlos Peña, que en plenos años noventa del siglo pasado, cuando se suponía que la historia se había acabado, decidieron seguir jugando a lo perdido. ¿Fue por ello el gobierno de Chávez el mejor gobierno posible? No, no lo fue. ¿Fue el gobierno de Chávez un gobierno de izquierda, transformador y exitoso? Sí, lo fue, sobre todo porque en Latinoamérica, cuando se es un gobierno así —de izquierda y transformador—, con lograr terminar el mandato y derrotar al golpismo oligárquico ya se consiguió mucho. Si a ello le sumamos las cifras antes citadas, una nueva constitución, el servir de contención regional a la voracidad norteamericana y una estable y permanente lealtad cerrada y politizada de las clases populares, la respuesta no debiera dejar dudas.
I. Mistificaciones
Pero majadero y todo, sigue siendo necesario responder. Tal vez no en Venezuela ni en cualquier otro lugar del mundo, pero sí en Chile. En una columna del día sábado 9 de marzo del presente, Joaquín Castillo vuelve a la carga en la misión conservadora por negar la experiencia de la Revolución Bolivariana. En un breve escrito, resalta la categoría de Mito que se construye hoy en torno a la figura de Hugo Chávez, demandando un balance realista. Lo compara al Ché y a Fidel, contraponiendo la figura endiosada del argentino al demacrado presente del cubano. Para ello no escatima en citar a Barthes, un posmodernista proveniente del marxismo, y atacar el mito chavista, aquel que “esconde la realidad”, porque al pueblo venezolano, pero en especial a los lectores chilenos, les acecha “el peligro de quedarse con su revolución y no ver en ella el atropello a las libertades y la concentración del poder”. Para sostener esta última afirmación, cita al director de la División de las Américas de  Human Rights Watch (HRW). Curioso escándalo por las libertades y el poder en Venezuela, viniendo de un chileno y un Centro de Estudios que ha guardado vergonzoso silencio ante otras informaciones provenientes de HRW sobre la violencia del Estado contra las comunidades Mapuche, o respecto de los abusos policiales contra estudiantes y un sinfín de temas más escandalosos que una expropiación. Como bien se dice por ahí, la caridad empieza por casa.
El punto es que dudamos de su caridad. En realidad, es difícil creer que a alguno de los conservadores que gastan ríos de tinta en atacar la Revolución Bolivariana les importen los pobres de Venezuela. Espero que ellos me perdonen por suponer que, más que la mitología, lo que quieren atacar es el contenido mismo del mito. El pensamiento conservador busca expulsar de la política -a la que entiende como administración racional de lo social para facilitar el libre devenir de la “naturaleza” del mercado- todos los elementos pasionales que exceden los cauces formales (como el mito o las imágenes), pero apenas se ve arrinconado, es el primero en usarlos. Entonces, así, se le dice a la Izquierda que no debe tener mitos, mientras los conservadores construyen estatuas para Jaime Guzmán. Se le dice al pueblo que no crea en salvadores únicos, porque el Santo Papa, el caballero que reina y vive en un psicodrama medieval por derecho divino, dice que eso es paganismo. De la misma forma, también se le dice al mundo que nadie que no sea blanco y con doctorado en Estados Unidos puede ser un buen presidente. Entonces ¿Quiénes alertan a la izquierda y al campo popular que no puede sentir atracción por un mito? ¿Son acaso los mismos que niegan el matrimonio homosexual en nombre de Adán y Eva? ¿Los que niegan los derechos sociales garantizados porque eso significaría arrebatarnos la “libertad de elegir”? ¿Los que insisten en borrar la palabra dictadura de los libros escolares para decirnos que Pinochet fue el libertador de la patria contra la muy mítica guerra civil? ¿Acaso no es mitología llamarle democracia al orden fraguado en 1980 y consagrado en 1988? ¿Acaso nos dirán que el mito es peligro y engaño los mismos que cada 19 de septiembre inflan el pecho al ver el desfile del ejército “vencedor y jamás vencido”? No hay mucho materialismo en la vereda que acusa la mistificación en el chavismo, más bien parecen ser ojos llenos de vigas.
II. Excesos y sobriedad
A la luz de las críticas desde la derecha local al gobierno de Chávez, quizás el mito más insoportable de todos es el de Chile y su sobriedad política. El chauvinismo de resaltar esa “bicentenaria tradición democrática”, como un galardón que nos distingue de un barrio con “tendencias populistas”, esconde en el fondo tanto una mistificación de lo que ocurre fuera de las fronteras como dentro de ellas. Los sudamericanos que han electo gobiernos denominados populistas no son ni más ni menos tontos que los chilenos que eligieron a Bachelet o a Piñera. Los argentinos que aclamaban a Perón no estaban menos enajenados que los que cantaron el “Cielito Lindo” para aclamar en 1919 a Alessandri, llamado sobria y republicanamente como “El León”. Es fácil tildar de “culto a la personalidad” el enorme apoyo popular a Chávez o a Correa, pero negarlo cuando se habla de Bachelet. Es fácil decir que hay mitología en el funeral del ex presidente venezolano, pero no en el del General de Carabineros José Alejandro Bernales. A decir del analista internacional Raúl Sohr “es llamativo que un éxito, tan esencial como el de lograr una distribución más ecuánime del ingreso, sea descartada en círculos financieros aplicando el calificativo de populista. Más que una categoría de análisis el populismo es un epíteto que, a menudo, es aplicado a los que buscan una redistribución de la riqueza por vías que no son las del mercado”. ¿El antónimo de populista sería, entonces, elitista? Nuestra pretendida sobriedad pareciera ser más bien un temor al exceso en política, a exceder las fronteras de lo permitido por las elites. Como ha sostenido Gabriel Salazar, la mítica sobriedad que se supone nos caracteriza en el continente no es “natural”, sino que resulta de las decenas de masacres que el Estado ha perpetrado bicentenariamente contra ciudadanos desarmados por intentar ampliar los límites de lo posible. Más que sobriedad, lo que nos caracteriza dentro del continente es el miedo. Y ese miedo, en la historia reciente de Chile, está en la base de la fragilidad de actores sociales no estatales, particularmente en aquellos que rehúyen de la sobriedad estabilizadora.
Pero además, ya no sólo es necesario aclararle a la derecha tanto la realidad como el mito de Chávez, sino también al progresismo local. Lagos y los suyos fueron golpistas en abril de 2002, teniendo Chile el triste record de ser el primer país del mundo en otorgarle legitimidad al gobierno que derrocó a Chávez y que no alcanzó a durar tres días en ejercicio. Ahora, reconvertidos en chavistas de última hora, llaman al resto de la izquierda a realizar balances llenos de esa sobriedad mítica, la misma que desde 1973 creen una virtud necesaria para no molestar a los poderosos. Hay suficientes motivos para dudar de que la intención sea salvar la memoria del gobierno bolivariano, sino, por el contrario, se busca diluirla en un mito de buenas cifras e intenciones que se vieron ahogadas en el mar “populista”.
En el fondo, es el mito progresista que se hace con la materia que construye el mito conservador. Un castillo de arena construido sobre un aire ya falseado. Particularmente hipócrita ha sido esa proyección arrogante de la socialdemocracia chilena para el continente, aquella de ser la versión descafeinada y madura de una también mitificada izquierda delirante, mientras por más de dos décadas ha promovido los intereses de Estados Unidos y el gran capital transnacional antes que los de su propio pueblo. Si la socialdemocracia, especialmente la chilena, se presenta a sí misma como una orientación madura dentro de una izquierda a la que dibuja como irresponsable y aventurera, entonces está lejos de poder decir cómo procesar la historicidad del momento chavista en el continente.
III. Historia y memoria
Y no es que la izquierda deba contraponer su propia mistificación a la que haga la derecha o el progresismo, sino que debe ofrecer una lectura histórica completa y compleja, tanto de los logros como de los denominados excesos, en una amalgama distinta a los ejes analíticos conservadores. No puede someterse, como no lo hizo Chávez (ni tampoco Correa, Morales o los mismos Kirchner), a las coordenadas de la buena y mala política que ofrece Washington, la comunidad europea o los analistas de la derecha del continente, donde Chile les parece el mejor ejemplo.
Porque si Portales, el padre del Estado de Chile, llamaba a violar la Constitución “cuantas veces fuese necesario”, y si para construir este “reino de las libertades” que es el Chile neoliberal se debió masacrar y torturar a decenas de miles, entonces la izquierda no es la primera que debería ofrecer credenciales históricas de buenos modales, menos ante la clase política chilena.
Tampoco hay que esperar algo así como “el juicio de la historia”. Eso no existe y es otro mito. Poco pueden hacer los historiadores, incluso los más esforzados y honestos, contra las mistificaciones que encajan a Chávez en las polarizaciones construidas por el discurso conservador: democracia neoliberal o populismo derrochador, libertad de mercado o estatismo irresponsable, mitología popular o religiosidad elitaria, exceso o sobriedad. Las cifras y datos duros sobre la Revolución Bolivariana están a uno o dos “clicks” de distancia y así y todo se insiste en las mentiras. La memoria es un campo de batalla donde se combate con las verdades materiales y con una epistemología propia para hilvanarlas. Por ello se deben rechazar esas polaridades y ofrecer otras alternativas críticas: democracia popular u oligarquía, socialismo o barbarie o, como se dice desde hace algunas décadas por el continente, patria o muerte. Sólo una reivindicación del exceso transformador que hubo en Chávez —y también en Allende—, contra el mito de la sobriedad nacional que nos ofrece el pensamiento conservador, podrá darnos una lectura de la historia que le sirva a un proyecto amplio y profundo de izquierda para Chile.



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