miércoles, 20 de febrero de 2013

Santiago marea


Lo primero que choca al llegar es la cordillera. «Una sombra que me sigue a todas partes», escribió el ex-Teleradio, Álex Anwandter. En efecto, Santiago es la geografía de un valle clavado a las montañas. En avión, en bus o de a pie —en verano y sobre todo en invierno— la vista siempre se va al este, a las alturas.
Lo segundo que impresiona es el polvo amarillo junto a la sequedad del paisaje. Algo que llamó la atención de la millonaria norteamericana Margaret Rockefeller Strong, quién hace más de treinta años dijo que «Santiago se parece a El Cairo».
Hace un tiempo, la cronista argentina Leila Guerriero le dijo al autor de Santiago Capital, Óscar Contardo, que desde el cielo la ciudad le recordaba a Afganistán. Basta con sacudir un árbol de la Alameda para dictaminar, entre la mierda de palomas y las ramas sueltas, que se trata del polvo que lo difumina todo, del esmog tan de moda dos décadas atrás.
Acá la naturaleza parece muerta, está quieta, no es ruidosa. El calor es capaz de freír un huevo en pleno verano y el frío te hace dormir en posición fetal en invierno. Cuando llueve, ocurre de una sola tanda, para largo y ya está, mientras el cielo se cubre de un enorme ovni con coraza de algodón.
En Santiago no caen rayos. Los relámpagos parecen golpes a un latón, aunque a veces graniza y en la precordillera nieva. A diferencia de los climas tropicales, en Santiago los mocos se endurecen más rápido, y por lo tanto son más fáciles de sacar.
En la capital se puede tomar agua de la llave y se puede andar en micro sin temor a ser secuestrado o encañonado. No hay que cerrar los ojos ni rezar para que no explote tu autobús. Si eres alto, te caben las rodillas dentro del espacio del asiento, como no ocurre en algunas provincias, pero pasan muy pocas micros de noche, como sí ocurre en algunas provincias.
Todo lo que te dijeron sobre el metro es verdad y, mientras más cerca del horario punta, es peor.
En el horizonte de Santiago se ven muchas grúas y los tacos de las avenidas parecen pedir a gritos otro orden. En verano, por las tardes, da una inmensa felicidad caminar por los parques del centro. En invierno, por las mañanas, da tristeza meterse al metro.
En Alicia en el País de las Maravillas el tiempo se detiene porque está ofendido. En Santiago, sobre todo en su centro, parece avanzar en cámara rápida. Eso le pasa a las ciudades cuando empiezan a subir sus rentas, cuando a la gente le molesta el ruido, cuando empieza a haber más regulación, cuando ya no puedes hacer nada. Quien habla ahora es Jorge González, sindicado como amargado, genio y hasta el padre del rock chileno. «Primero llegan los artistas, que crean la ciudad, y luego llegan los putos yuppies con su plata y su mal gusto y lo cagan todo. Es la cultura que tiene aplastado al mundo», reflexiona el autor de “Noche en la ciudad”, desde un documental filmado en Berlín.

Santiago es un patchwork. Santiago es una locura controlada, donde nunca queda la cagada, y si queda no es del todo. La capital como un montón de injertos que van conformando pequeños barrios influenciados —en close-up— por tendencias sobre todo europeas: de la «unidad vecinal» de Villa Portales, inspirada en los blocks de la clase obrera británica, al Paseo Ahumada como la copia de Las Ramblas en Barcelona o los bistró parisinos en las veredas de Lastarria. Paisajes medio forzados en un espacio que busca ser otra cosa: como el Festival de Los Domínicos trató de emular a Woodstock en los setentas, o cuando el Parque O’Higgins hizo de El Zócalo mexicano o la china Tian’anmen para la visita de un cura en los ochentas.
«Sus habitantes no han tenido tiempo de crearse una personalidad distintiva y han preferido ir a buscar inspiración en los templos griegos del siglo de Pericles y en los castillos medievales de la época de las cruzadas», cita Contardo, desde una crónica sobre la capital chilena publicada en 1890 por el norteamericano Theodore Child.
Hay un gesto de modernización cuando las ciudades están teniendo más vida puertas afuera. Ese Santiago «moderno» usa bicicleta y su ensoñación trendy tiene como estandartes a los libros de la editorial Anagrama, al brit pop y al circuito de locales estilo Blondie. Es lo que Contardo llama “la McOnda”, el dominio de la importación por sobre la factura propia.
Alguna vez hubo un Santiago distinto, pero la nostalgia es una trampa.

El año pasado el ensayista Roberto Merino publicó Todo Santiago, una recopilación de sus crónicas más célebres. Entre las más nuevas, incluyó su visión sobre una foto de Plaza Italia, año 1967, tomada justo después de un día de lluvia. Allí Merino anotó: «en verdad se veía tan bonito todo, la ciudad parecía a la medida de la vida promedio, sin ansiedades ni estridencias. Sin embargo, recuerdo haber pasado ese año por el mismo lugar sin sentir ninguna de estas sensaciones positivas. Era la realidad no más: las micros eran viejas, les sonaban las latas, por lo general iban atestadas y olían pésimo, el Mapocho estaba más sucio entonces que hoy».
Hoy, lentamente se hunde el Santiago del Lemebel de los ochentas, vívido en las páginas de Tengo miedo torero, o la novela gráfica Ella entró por la ventana del baño, muy parecidos a una escena de Terminator con la periferia de Santiago como escenografía. O el de Alfredo Gómez Morel en El río, situado en los cincuentas, con olor a papel roneo, sucio en el amplio sentido de la palabra y completamente amarillento. Ese Santiago en particular, cruza del hampa y la bohemia, está casi extinto.
Otra cara es la de Lihn. «Nunca salí del horroroso Chile», escribió alguna vez el poeta que una y otra vez intentó irse del país y siempre regresó a Santiago, en donde falleció en 1988. Se trata de la ciudad que Sergio Paz mostró como una sarta de lugares y personajes infrecuentes, en Santiago bizarro, con la ambición de un océano de medio centímetro de profundidad en expansión. Un área que poco limita con el Santiago de Alberto Fuguet, lleno de observaciones y no-lugares, tanto en sus novelas y crónicas como en sus películas, más o menos invertidas al Maipú del Zambra de Formas de volver a casa o a La Dehesa paranoica que retrata Francisco Mouat en el cuento “¡No dispares!”.
Santiago también adquiere forma en el enorme anecdotario del fallecido periodista Guillermo Hidalgo, cristalizado mínimamente en Crónicas para perdedores. «¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana?» escribió Bolaño. «La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada».

Hay un intento por darle voz a los espacios de esta ciudad en un sitio web como Mapa literario, que reúne citas de la literatura chilena que dialogan con algún punto de la ciudad. O en programas del cable como Trazo mi ciudad, donde distintos escritores se mueven por la capital en una conversación con la ciudad misma; y hasta en City tour, donde Santiago es visto desde la óptica urbanística.
La banda sonora de Santiago es un lamento. Emerge como un grandes éxitos del Canto nuevo, con canciones como “Yo pisaré las calles nuevamente”, de Pablo Milanés, “Santiago de Chile”, de Silvio Rodríguez, “A mi ciudad”, de Santiago del Nuevo Extremo y “Para inventar una canción urbana”, de Eduardo Peralta. También hay un guiño pesimista en “La muerte de Santiago”, del Jorge González más experimental, en la época de El futuro se fue. Pero quizá en “Santiago”, de Los Tetas, o en un disco completo como Gran Santiago, de Teleradio Donoso, esté mejor descrita la ciudad de estos días. Lo mismo que con los videoclips de “Sueños”, de Tiro de Gracia, “Acá”, de Calambre, “Hay luz”, de Hordatoj, “Acción”, de Ramíres! o “Me gusta la noche”, de Adrianigual.
Santiago es una pose. Santiago está de cumpleaños. Santiago está idealizado —pero es lo único que tenemos. Quizá cumple 472 años, quizás la fundó Pedro de Valdivia, quizás allá debajo están las ruinas de una ciudad inca. Quizás la Placa de Nazca, que en febrero de 2010 nos movió 27,7 centímetros hacia el oeste, la borre algún día por completo con nosotros adentro.

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