miércoles, 16 de enero de 2013

La franja del No y la despolitización de la sociedad chilena

La película No de Pablo Larraín (2012), que ahora compite al Oscar, generó hace algunos meses una interesante polémica, además de reacciones sugerentemente airadas. A la hora de explicarlas, se suele decir que la ira proviene de que la película, al centrarse en la operación publicitaria que constituyó la campaña por la opción No en el plebiscito de 1988 y, muy particularmente, en la célebre “franja televisiva”, ignora las luchas populares que habrían sido determinantes para la caída de la dictadura, y que después, suele continuar el argumento, la Concertación habría traicionado, haciendo uso de su capital simbólico —la sangre derramada— para consolidar el modelo neoliberal. E incluso si se acepta, como sucede en algunos casos, que la negociación con la dictadura y con los poderes de los cuales ella fue exponente, fue imprescindible no sólo para terminar con la dictadura sino también para el proceso de “transición a la democracia”, la película constituiría, igualmente, una ofensa a las víctimas, que no por haber muerto en vano (es decir, jugándose por una alternativa que fracasó), dejarían de ser los verdaderos héroes, a los cuales toda reconstrucción histórica de la época habría de homenajear y guardar respeto.
Esta visión, que intento reproducir con fidelidad, es sólo parcialmente exacta, en lo que a la película misma se refiere. Porque la historia que ella cuenta no deja lugar a ninguna duda respecto a que la campaña por el “No” se da en un contexto de luchas sociales, de amedrentamiento y represión, que incluso alcanzan al protagonista, el joven publicista retornado del exilio personificado por el actor mexicano Gael García Bernal. Ahora bien: más allá de la ira, lo cierto es que si bien este contexto no se omite, el centro de la historia no está allí, sino en la operación publicitaria, que profesionales del rubro, de mentalidad progresista, que han hecho sus armas no en la calle sino en las cómodas oficinas de las productoras publicitarias, llevan a cabo, incluso contra el sentido común de una parte al menos de la clase política antidictatorial de la época.

¿Qué caracterizó a esta operación, de modo que su puesta en el centro de una película histórica cause tanta ira? Respuesta: la despolitización. En vez de exhibir a los mártires y de lanzar al espacio televisivo la gesta heroica del pueblo chileno, renacido después de una horrorosa derrota, la “franja del No” puso el acento en la promesa estetizada de la alegría: “La alegría ya viene”. Promesa materializada en la exhibición de rostros bellos y sonrientes, colores del arcoíris, música que, como la película lo pone de manifiesto, era más cercana al pop que al himno, danza y cuerpos flexibles: es decir, todo el arsenal de seducción patrimonio del marketing, de la publicidad. Un rasgo del protagonista es relevante aquí: se mueve por la ciudad en una patineta, un skateboard; posmodernamente surfea sobre una ciudad que ha devenido líquida.
Pero la despolitización no fue una invención de la franja del No, tampoco de No, la película. Viene de más atrás. Más precisamente, esa despolitización de la sociedad chilena, necesaria para instalar a Chile en un mundo en el cual el liberalismo se transforma crecientemente en el único juego posible, está estrechamente asociada a la manera como la izquierda derrotada se vio forzada por los acontecimientos —pero hay toda una signatura epocal en este forzamiento— a poner su lucha contra la dictadura bajo el manto universalista de los derechos humanos. De esta manera, el conflicto político chileno, en toda su historicidad, su concreción, quedó borrado: se transformó en una instancia de un humanismo global y abstracto; sin saberlo, la izquierda contribuía así decisivamente a instalar en Chile el sustrato cultural de la hegemonía liberal.

La idea de la despolitización proviene de Carl Schmitt: de su caracterización de nuestro tiempo —el tiempo del liberalismo que se instala ya en calidad de horizonte irrebasable— como la “era de las despolitizaciones y las neutralizaciones” (es el título de un ensayo de Schmitt de 1929). En esta era se consuma la tendencia, ya presente en la idea hobbesiana del estado, de la privatización de toda fe sustantiva: esta privatización, que se inicia con la religión, reducida a mera “creencia”, va invadiendo ámbitos crecientes de la vida, hasta alcanzar, bajo la hegemonía liberal contemporánea, a la misma política, que queda reducida, en principio, a la mera administración (digo en principio, porque, tras esa administración, el espectro de la soberanía, del poder y la fuerza, sigue penando).
Los derechos humanos, como también lo supo ver Schmitt (El nomos de la tierra), transforman una categoría descriptiva (“lo humano”) en una categoría moral, normativa. De esa manera, se gatillan dos fenómenos: por una parte, la asimilación de la política a la moral borra los conflictos políticos en su histórica concreción; por la otra, legitima guerras en las cuales el adversario es presentado como un enemigo de la humanidad, que puede ser por tanto tratado como un “no-humano”. ¿Suena conocido?

Debiera. Por una parte, la neutralización de la concreta lucha política del pueblo chileno, transformada en un caso de “violación de los derechos humanos” prepara el terreno (atención: ¡al igual que la dictadura!) para la integración de Chile a la globalización liberal. Y, por otra parte, el caso que, emblemáticamente, hizo posible la consolidación de la ambigua herencia de la dictadura —una sociedad, la chilena, cuyo eje ya no es el estado, sino el mercado: la sociedad liberal— fue, paradójicamente, la detención de Pinochet en Londres: The Clinic. A partir de allí, en efecto, se gatillan en Chile fenómenos determinantes: el destrabamiento de los juicios a los crímenes cometidos por agentes del Estado; la desaparición de Pinochet del escenario político; el desacoplamiento creciente de la derecha chilena de la herencia de la dictadura, o sea, el momento en el cual la derecha termina de advertir que tal herencia no necesita ya ser reivindicada pues, más allá de los discursos, ha pasado a ser integrada al funcionamiento mismo de la sociedad chilena, a sus prácticas cotidianas.

Ahora bien, este episodio determinante fue resultado de la operación de la justicia globalizada: de la institucionalidad incipiente mediante la cual el Imperio global de nuestro tiempo busca su legitimación. Pues para legitimarse un Imperio debe, antes que nada, transmutar su fuerza en derecho. Y el caso de un Pinochet que ya había cumplido su vida útil era óptimo en esa perspectiva.

El Chile de hoy ya no siente el peso de la vigilancia del Estado, en su expresión más concentrada, es decir, de las Fuerzas Armadas. De hecho, el temor a una regresión a la dictadura, que estuvo muy presente durante los primeros años de la transición —de hecho, hasta la detención de Pinochet— y que fue determinante para la “política de los acuerdos” y el “posibilismo” de la Concertación, hoy resulta incomprensible. De este modo, los nuevos movimientos sociales tienden a considerar esas opciones políticas como el resultado de mera cobardía, entreguismo, acomodo, etc. Por cierto, acomodados siempre hay. Pero la cuestión, que no es otra que la del espectro de la fuerza, no se puede reducir a esos términos. Al respecto, sólo un par de observaciones.

Uno de los logros de los gobiernos de la Concertación fue remover a las Fuerzas Armadas del escenario político. Remover, invisibilizar. Y en esto la globalización neoliberal jugó un rol central: las instituciones militares chilenas necesitaban normalizarse. Incluso, su oficialidad, tan expuesta como cualquiera de nosotros a los encantos del mundo global, quería participar de él. Así, la Comandancia en Jefe del Ejército del General Cheyre, entre los años 2002 y 2006, transformó el carácter de las Escuelas Matrices (la Escuela Militar): ahora ya no ingresan a ella preadolescentes, sino egresados de la enseñanza media. Y obtienen un grado académico (Licenciado en Ciencias Militares), impartido no solamente por militares sino que por un par de prestigiosas universidades chilenas. Este grado académico les permite, como a cualquier otro universitario, aspirar a salir a continuar estudios en el exterior: es decir, adquirir saberes tecnocientíficos (sin excluir a las ciencias sociales) y, last but not least, salir al ancho mundo, al cual Chile está ligado por decenas de tratados de libre comercio, y en el cual el fascismo ya no se lleva.

A este fenómeno a nivel de la oficialidad habría que agregar el hecho que, de facto, la conscripción obligatoria ha dejado en Chile de operar. Hoy las FF.AA. chilenas son un ejército profesional: el “ejército de ciudadanos”, vinculado a la conscripción obligatoria como exhibición del poder omnímodo de los Estados nacionales, ha dejado de existir entre nosotros. La publicidad que las FF.AA. hacen para promover el servicio militar es elocuente: video-clips que muestran el ejercicio de las armas como una forma de turismo-aventura; que enfatizan, no la defensa de la patria contra enemigos externos o internos, sino la obtención de conocimientos y habilidades técnicas. Pero no hay que engañarse: salir del escenario político es, precisamente, la condición para permanecer tras bambalinas. O sea, aunque esto daría al menos para otra columna, retomar la “doctrina Schneider”, esa doctrina por medio de la cual la Unidad Popular intentó proteger una revolución que esa misma doctrina hacía a priori imposible.

“Entonces, es la madre”. Con este ejemplo, el de un paciente que dice: “Ud. pregunta quién puede ser esta persona del sueño. No es mi madre”, Freud introduce su artículo “La denegación” de 1925. Y Freud aconseja al analista concluir: “Entonces, es la madre”. Las reacciones airadas ante la película No se explican, precisamente de esta manera. “No, nosotros nada tenemos que ver con este Chile neo-liberal” significa: “Tenemos todo que ver (pero debemos reprimirlo)”. Algunos de los airados justifican su ira mediante un argumento ad hominem: no es posible que el hijo de un partidario de la dictadura, de un militante de la UDI, del senador Hernán Larraín, que un “facho”, finalmente, se meta con una historia que no le pertenece. Pero de la biografía del cineasta Pablo Larraín (una biografía que, como la cualquiera, no se deja reducir a la historia familiar; en todo caso, la re-elabora de modo complejo) no se sigue de modo directo y lineal un juicio sobre su obra (si fuera así, habría que quemar buena parte de las bibliotecas, de los museos, de las cinetecas).

Por cierto, la genealogía no puede no dejar una huella sobre la obra. ¿Pero de qué genealogía estamos hablando? ¿Y cuál sería entonces la huella?

Por Eduardo Sabrovsky, El Mostrador, 16 de enero de 2013

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