miércoles, 16 de enero de 2013

Golborne y los resentidos

Se ha molestado Golborne. Lejos de celebrarlo, mucha gente se ha dedicado a cuestionar el éxito académico de su hijo.

Su respuesta –como político con aspiraciones mayores- ha sido decepcionante. El ex-gerente de Jumbo ha respondido como padre enojado y en tono moralizante: le da pena nuestro país por la “mala leche” de no reconocer el éxito ajeno.

O sea tomó el peor de los caminos, el del padre ofendido. Obviamente puede, como padre, molestarse por esos comentarios. Nadie le negará el derecho a defender lo logros de sus hijos –aunque, cabe precisarlo, la defensa de un padre suele exhibir baja racionalidad-.

Pero como político, no puede molestarse en absoluto. Más bien esperamos todo lo contrario. Que en vez de apelar a un argumento de catecismo –si fuéramos todos mejores nadie tendría envidia-,  se abriera al debate político de fondo: como repartimos las oportunidades dentro de nuestro sistema educativo y de nuestra sociedad.
La pregunta, eso lo entiende cualquiera, no es si nuestra tristeza o alegría mide nuestra moralidad –alegres=generosos v/s críticos=egoístas- como torpemente lo planteó el mismo Golborne a propósito de los éxitos de su hijo.

Ni menos la defensa pueril –no en labios de Golborne eso sí- de que simplemente plantear este tema es fruto del resentimiento. Este argumento es tan popular como ridículo: el tema no son los méritos de una persona en particular,  sino las estructuras sociales que facilitan la vida tanto a unos, como se la hacen tan difícil a otros.

Esto no es resentimiento ni envidia  – la molestia por el merecido éxito ajeno-, sino un problema distinto: la justa indignación. Discutir las condiciones en que una sociedad facilita los éxitos de unos y las derrotas de otros, no es envidia ni nada que se le parezca. Eso ya se sabe hace tanto tiempo, como lo decía Aristóteles el envidioso, el malévolo, que se regocija con el mal, se considera feliz al ver la desgracia de los demás, sea o no esta merecida. El hombre, que se indigna en nombre de la justicia, no se parece en nada ni a uno ni a otro, y ocupa el medio entre estos dos extremos” ( La gran moral, libro primero, capítulo XXV).

En ese sentido, la pregunta  relevante es  ¿son los resultado de la PSU una mediación razonable del mérito y el esfuerzo en una sociedad plagada de desigualdades e  injusticias que básicamente van orillando nuestros destino desde la cuna?

De hecho, muchos, por no decir la mayoría de los que competía con el hijo de Golborne tenían la carrera perdida. Y lo peor, desde la partida.

Que posibilidades tenían miles de jóvenes chilenos, salidos de colegios con número, con infraestructuras paupérrimas, con profesores mal pagados,  de competir con los hijos de una pequeña elite que ve como triunfos los que es en buena medida privilegio.

Recuerde Ministro Golborne eso de “a otros le contaron secretos que a ti no”.

En ese sentido, en el sistema escolar chileno, no hay triunfos. Hay derrotados de antemano, a quienes, como ya lo decían Los Prisioneros hace dos décadas, les hacemos “jugar a estudiar” con el sol sobre sus cabezas, para que “los laureles y futuro”  terminen para otros.

Se imagina por un momento que Golborne hubiera dicho algo como esto: “Como padre estoy contento por el éxito de mi hijo, pero como político estoy preocupado: muchos ni siquiera pudieron competir”.
Suena inverosímil y hasta divertido. Pero que diferente seria nuestro país con políticos con esa mínima sensibilidad.

Pero no soñemos,  Golborne es un político de derecha de tomo y lomo. Solo ve las formas y nunca los fondos. Para él Chile es una sociedad donde las reglas son justas, donde un poco de esfuerzo, como el de su hijo, siempre recibe recompensa.

Él ve igualdad donde muchos vemos discriminación. Él ve mérito donde otros vemos privilegios. Para él, pocas dudas caben, el baile de los que sobran no era más que una linda canción para bailar.

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