domingo, 20 de enero de 2013

Entendiendo a Pablo Larraín (Director de "No", la película)

Antes de decir que sí, de fijar una hora y abrir el espacio de trabajo que mantiene en su casa en Ñuñoa, Pablo Larraín quiso ser claro: no hablaba de su intimidad ni de los detalles familiares de su infancia. “Hay ciertas cosas que prefiero guardar en el espacio más de misterio y que no necesariamente sean parte de un debate público ni familiar”, advirtió. Pero Pablo Larraín, 36 años, director de cuatro películas, casado con la actriz Antonia Zegers, dos hijos, sí estaba dispuesto a conversar sobre las cosas que lo definen. De los procesos personales que enfrentó para que él, el segundo de los seis hijos del senador Hernán Larraín y la ex ministra Magdalena Matte, ambos militantes de la UDI, pudiera llegar a filmar No: una cinta que lo tiene nominado al Oscar como mejor película extranjera y que este jueves volvió a estrenarse en Chile.

“Algo que siempre ha estado en pugna en mí es esta idea que hay en Chile de cosmetizar el pasado, de idealizarlo, de meterlo dentro de una cristalería y que eso esté orgánicamente estructurado en una memoria. Y yo siento que la memoria, en general, es mucho más desordenada y caótica, y que los recuerdos se van organizando a partir de cómo uno quiere que sea el presente. O cómo uno quiere que se recuerde eso. Tal vez ahí está lo que produce fricción entre mi trabajo y algunas personas.

La historia que contamos en No fue la de cómo un país negoció con Pinochet, a través de su lógica y utilizando sus propias herramientas, para sacarlo del poder. Por eso es que me parece más interesante la pega del publicista que la del político. Tomamos ese lado porque pensamos que era ideológicamente más puntudo. Parte de la izquierda política ha estado en contra de la película y de que hayamos tomado el lugar de los publicistas. Y eso pasa porque ellos los ignoraron después de llegar al poder. Nosotros nos fijamos en estos héroes que hicieron esta épica del país que se moviliza, porque también fue construida por personas que vendían tallarines y Coca-Cola.

Cuando hoy la vieja izquierda se irrita porque nosotros tomamos esa mirada, tiene mucho más que ver con cómo ellos imaginan el pasado y cómo lo quieren recordar, que con cómo efectivamente fueron las cosas. Si le preguntas a (José Manuel) Salcedo o a (Enrique) García qué opinan de la película, van a decir que les gusta y que no necesariamente representa exactamente cómo fueron las cosas. Hay cosas que se acercan más a la realidad que otras, pero esto no es un tratado de época y nadie lo entiende así, salvo la gente que necesita legitimar una verdad histórica.

Y cuando esa legitimación se pone en duda, entonces salen a defenderla como perros bravos y se equivocan, porque me atacan a mí o a la película, y no a la lógica con que fue hecha. Atacan al autor y me descalifican por razones de clase o de origen ideológico”.

“Yo estaba en un colegio muy cuico, muy de derecha, el Colegio Apoquindo. La tensión ahí pasaba por las cosas que tenían unos y las cosas que tenían otros. En el Apoquindo yo era un niño con muy mal comportamiento. Con hojas y hojas de anotaciones negativas. Con muy malas notas. Con una permanente amenaza de que me echaran. Y era un niño con un desasosiego muy fuerte, bastante amargo. Por lo que veía ahí, porque nunca me acomodó. Era un colegio muy violento. El bullying no se denominaba bullying en ese minuto, porque no era una palabra conocida, pero era feroz. Nos pegábamos muchísimo. Era una especie de internado de niños con chofer.

Estando en octavo básico, mi mamá se iluminó y comprendió que no era un buen lugar para mí y mi hermano Juane (Juan de Dios). Nos sacó de ese colegio y nos llevó a otro (Colegio Francisco de Asís), mucho más diverso.

Una profesora, Cecilia Mackay, en un minuto empezó a proyectar películas en 16 mm, en el comedor del colegio. Las únicas películas que se podían arrendar en ese minuto en Chile, en 16 mm, eran las del Goethe Institut. Entonces estaba todo el cine alemán. Al año me hice socio del Goethe y empecé a arrendar películas. Ese es el proyector (lo apunta en el suelo de su oficina) y esa es una película del Goethe que nunca devolví. Con ese proyector me metía a mi pieza y proyectaba las películas. Empecé a hacer un mundo propio dentro de mi casa y de mi entorno, basado en las películas. Y como las únicas películas que había en ese minuto y que yo podía proyectar en mi proyector eran del cine alemán, me formé viendo a Fritz Lang, a Herzog, las primeras películas de Wenders, a Murnau.

Fue un golpe súper fuerte el del colegio. Yo, al igual que toda mi familia, estaba listo para ser abogado. Yendo al preuniversitario para que pudiera entrar a una escuela de Leyes lo más decente posible. Y en un minuto de cuarto medio les dije a mis viejos que no, que yo quería hacer otras cosas. Que me gustaban las películas. No hubo rollo. Si estaba yo cómodo en ese lugar, me iban a apoyar.

Si no me hubiesen cambiado de colegio, difícilmente habría podido meterme en esto. Salir del Apoquindo fue muy liberador. Me encontré con otro lugar, donde había gente de todos los orígenes. Donde fue posible empezar a distanciarme de mi familia y a ver las cosas como me parecían.

Eso iba de la mano con dejar la adolescencia y empezar a hacerte hombre y entender cómo es Chile y qué es lo que había pasado. Muchas de las cosas que habían sucedido yo las desconocía. O me las habían contado de otra manera. Y la primera sensación fue de vergüenza: cuando tú te das cuenta de qué es lo que realmente piensas y dónde te ubicas ideológicamente, te da una vergüenza muy potente... Cuando te autocalificas, no eres muy autocomplaciente. Yo por lo menos no lo soy. Entonces me dio vergüenza haber tenido una infancia acomodada y una infancia ciega. Me revitalizó mucho la idea de poder entender, compartir una visión ideológica y poder acercarme a lo que pasó en Chile y al dolor de mucha gente, sin necesariamente poder experimentar ese dolor. Lo más importante fue conocer a personas que habían estado directa o indirectamente vinculadas al dolor de la dictadura. Eso quizás fue lo más fuerte: darle una primera dimensión humana. Comprender ese resentimiento”.

“En la adolescencia descubrí que era capaz de tomar fotos y bastante bien. Al principio era frustrante, porque mostraba mis fotos a amigos y en la casa, y no provocaban nada a nadie. Después empecé a conocer a otra gente que tenía intereses fotográficos, mostrábamos nuestras fotos y ahí adquiría sentido. Hasta que entré a la universidad (a Comunicación Audiovisual en Uniacc) y apareció el video. Tuve de profesor a Cristián Sánchez, que se preocupaba de que los alumnos instalaran sus propios deseos en sus trabajos. Que hubiera algo privado en ellos. Me pareció potente. Años más tarde, cuando estuve en el seminario de dirección de Alfredo Castro, eso se hizo más patente aún. Porque hacíamos ejercicios de teatro, donde lo único que él nos pedía era instalar nuestros deseos en la escena.
Antes había hecho teatro, en el colegio. Pero esa transfiguración de subirse al escenario y representar a alguien más necesita demasiados elementos que no tengo. Por eso descarté ese camino. Me siento demasiado cobarde como para estar delante de una cámara. Siempre me consideré más raro que lindo. Nunca me consideré alguien que tuviese la energía para estar delante de un público. Me provocaba inseguridad. Quizás la seguridad la obtuve al estar detrás de una cámara y crear un mundo en el cual yo no aparezco.

Mis primeros años de formación intelectual estuvieron más vinculados a llenar vacíos que tenía, que a lograr una identidad. Tenían que ver con conocer y leer a Shakespeare, algo que no había hecho en el colegio. Mi universidad tampoco era muy buena. Nunca tuve una estructura académica muy sólida. Soy mucho más autodidacta que otra persona que tuvo una formación académica clara y definida. Estudié en un instituto donde nadie se especializaba en nada, donde enseñaban de todo un poco. Ese pastiche de ideas me obligó a intentar darle una estructura. Mientras estudiaba Comunicación Audiovisual empecé a estudiar Periodismo. Terminé las dos carreras, pero me recibí sólo de Comunicación Audiovisual.

Apenas pude, a los 21 ó 22 años, empecé a tomar fotos para revistas y hacer videos de matrimonios. Eso me dio algunos recursos e inmediatamente dejé mi casa. Me fui a Santiago Poniente, donde viví seis o siete años. Primero en el barrio Brasil y luego en el barrio Lastarria, intentando desaparecer. Aunque más que desaparecer, intentando entender un poco mejor la ciudad. Tuve necesidad de, en vez de moverme desde Los Dominicos, que es donde vivíamos, a la Uniacc, en Salvador, prefería moverme desde el barrio Brasil. Era entender la ciudad desde otro lado. Aproximarme al Santiago que más me interesa”.

“Irme de la casa de mis padres no significó ningún costo para mí. Pude utilizar bien esa personalidad más retraída, de poder estar solo mucho tiempo y empezar a formarme como adulto. Sobre todo, con un padre que se hace senador (Hernán Larraín, UDI) y que representa un montón de cosas desde un punto de vista ideológico, es que yo necesité ubicar un espacio liberador y propio. Fui buscando ese rincón en mi departamento.

Mi papá se hace senador en 1994, el mismo año en que salí del colegio. Y yo me fui de la casa en 1998. Cuando mi papá ya llevaba un par de años de senador, se me hizo muy pesada la convivencia con su figura. Me mandé a cambiar. No por él. Personalmente, yo tenía una relación increíble con él y es una persona que me ha educado con mucha libertad. Siempre me he preguntado qué pasaría con alguien que viene del mundo de la izquierda dura y tuviese un hijo de derecha. ¿Cómo lo administraría? ¿Sería capaz de entregarle esa libertad? En mi casa nunca he tenido un problema por mis ideas. Siento que mi padre tiene cierta fascinación porque en su familia haya voces diversas y que él haya sido el responsable de educar a esa familia de esa manera, en la que cada uno piensa como quiere. Eso me parece difícil. Si uno de mis hijos, dando vuelta la tortilla, termina siendo una persona de derecha, me sería muy difícil poder convivir con eso.

El hecho de que yo filme películas sobre dictadura, como una forma de reinterpretar las historias sobre dictadura que yo escuchaba de mi padre, es un hecho mucho menos consciente. No es algo que yo haya estructurado para poder explicar mi comportamiento o poder estar más tranquilo. Para mí el cine no ha sido un Hamlet. No lo he pensado como un lugar para poder expiar y resolver temas pendientes con mi padre y su historia. Ha sido muchísimo más espontáneo. No digo que no haya sido así, pero Hamlet habla con el fantasma de su padre. Y el fantasma de mi padre es un fantasma de carne y hueso. Que está ahí, presente”.

“Me he hecho muchas preguntas al hacer estas tres películas (Tony Manero, Post Mortem y No) y las respuestas que tengo son muy pocas. O ninguna. Me pregunto ¿qué pasó?, ¿cómo logramos hacernos tanto daño?, ¿cómo estructuramos una sociedad sostenida en un resentimiento tan profundo entre ideologías y clases?... Mi trabajo no está instalado a partir de certezas. Tiene que ver más con intentar hallar pequeñas cosas que se articulen y den una idea desde la ficción, porque yo no hago documentales ni tampoco trozos que tengan un rol historiográfico. La formación a retazos que tuve, cuando finalmente logré organizarla y darle un sentido, la pude estructurar a partir más del desosiego y la perplejidad que de la certeza. Desde la idea de hacer preguntas y no esperar respuestas. Cuando hay una respuesta, entonces ya no me interesa. Porque contestar algo es llenar los espacios que uno espera que no estén llenos.

Mucha gente me dice ‘¿por qué no haces una película sobre el mundo que más te corresponde, que es el mundo más cuico, más aristócrata, más clase alta?’. A mí ese mundo me parece enormemente aburrido, poco interesante, con una capacidad de abstracción limitada. Quizás algún día lo haga, lo redescubra y le vea un interés. Pero me metí a hacer un cine más político, porque a partir de ahí surgen preguntas más interesantes. Prefiero meterme dentro de la cabeza de una persona como el protagonista de Tony Manero o de Post Mortem o de No, que en la de una persona de quien pude haber estado más cerca. Por ahora, me ha interesado explorar lugares que para mí son más desconocidos que conocidos”.

En No hay un diálogo en que el personaje de la Antonia (Zegers) le dice al personaje de Gael (García): ‘Huevón, votar en este plebiscito es decirle que sí a la Constitución de Pinochet’. Le dice que es aceptar su figura. Y eso tiene una idea un poco premonitoria, en el sentido de que la gente que se opuso al plebiscito, que no fue poca, se dio cuenta de que estaban negociando, que eso podía tener consecuencias negativas en el futuro.

Eso es importante para mí en la película: cómo negociamos con un modelo del cual hemos abusado hoy día. La idea de que haya instituciones como las isapres, el sistema médico y la educación, que están diseñados por un sistema de lucro, versus un país que luchó por equilibrar las cosas. Ese pacto, con esa lógica social, se hizo en el plebiscito. O el modelo que tenía Pinochet del orden social, que hoy tiene al país con ocho o 10 dueños. Uno de ellos es el Presidente de Chile.

El mismo Piñera ve No y dice que la película estaba demasiado basada en el marketing, así es que no le gustó mucho. Es para tomarse la cabeza con las manos y decir ‘este señor no entendió nada’. Está basada en el marketing porque desde ese lugar nos pareció interesante ver la alegoría. El era una persona rica el 88. Hoy es billonario. ¿Qué no entendió?”.
 
“La primera película que hice fue Fuga (2006), que tenía demasiadas ideas, muchas pretensiones, demasiados cabos sueltos, conexiones mal hechas. Después de estrenarla, me enfrenté a un sector de la sociedad que había estado muchos años luchando para que se les respetaran sus ideas y les permitieran pensar distinto. Y cuando aparece alguien desde otro lado, quizás muy parecido a ellos, mi origen de clase impedía la bienvenida. Entonces estos tipos comienzan a comportarse igual a lo que odian, a tratar a otras personas de la misma manera a la que ellos fueron tratados.

Con el tiempo hay una parte de esa izquierda que no me ha autorizado a hablar de ciertas cosas y, por lo tanto, soy yo ahora el que me siento también con el derecho a ser resentido y arbitrario. Lo que he evitado hacer, y creo haberlo logrado, es que ese dolor y esa rabia se impregne en mis películas. Son buenos motores, pero no una sustancia para sostener una obra porque pierde audacia, inteligencia y se transforma en una pataleta.

Al principio, cuando me dieron duro por la idea de ser una persona que viene de una familia de derecha, lo pasé muy mal porque no se me permitió, por un buen sector de la cultura, hacer películas. Como si la cultura fuera propiedad de alguien. Después, con el tiempo, he llegado no sólo a convivir bien con eso, sino también a disfrutarlo. Como cuando a un crítico se le filtra la idea de la clase y de que cierta aproximación estética a ciertos fenómenos históricos pueden ser abordados sólo desde cierta clase. Entonces, todo lo que esa persona dice se diluye en nada. Y uno empieza a entender bien de qué estamos hablando.

Yo lo entiendo. Si fuera una persona que hubiese sufrido durante la dictadura y aparece un niñito Larraín Matte a hacer estas películas, probablemente, habría reaccionado igual. Lo comprendo. Pero transformar eso en una evaluación artística, no lo permito.

Como siempre viví protegido, como nunca tuve miedo en dictadura ni estuve cerca de ninguna forma de violencia, como viví cómodo y seguro, y luego, cuando me tocó tener una identidad, me formulé mis propias ideas, tuve que enfrentar ese trato que se me ha dado a ratos. Porque no deja cómoda a la derecha, el lugar del cual provengo, ya que mis películas no dejan bien a ese sector. Y la izquierda reacciona mal también. Entonces me quedo sin lugar. Parte de ningún grupo.

Con el tiempo he aprendido a vivir con las críticas que cuestionan mi origen. No me complica y no se trata de tener cuero de chancho. Al contrario, tengo cuero de mosca. Las cosas me siguen afectando, pero soy capaz de internalizarlas y convivir con ellas. En vez de instalarme en un espacio llorón, como de niño golpeado, me he acomodado. Me acostumbré más a la cachetada que a la palmadita en el hombro. A la patada que al abrazo. Me he acostumbrado a disfrutarlo también. A no llorar ni victimizarme, sino a entenderlo.

Me interesa más el silencio en ese sentido. Por eso soy malo para las entrevistas. Prefiero defenderme con las películas, que es lo que hago. Quizás lo que más le irrita a cierta gente es que sean exitosas. Debe haber personas a quienes les parece inaceptable e injusto que tenga una nominación al Oscar, lo que me parece todavía más interesante.

En algún minuto me sentí el niño golpeado y después me sentí con el deber y el derecho de repartir combos. No es que ahora haya pasado de ser el niño golpeado al niño que golpea. La diferencia es que hoy sé defenderme. Ahora aprendí a pegar”.

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