lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo tuve un hermano

Claudio Paredes era mi amigo, mi hermano, mi compañero de andanzas en su Villa Portales, Claudio Paredes era un chico risueño, juguetón, fresco y enamorado. Claudio fue la imagen que apareció en mi cabeza a las 14.15 horas de ayer 10 de diciembre, una fecha que nos tenía como protagonistas los días de dictadura, cuando reivindicamos el derecho a la vida. Día en que se conmemora la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ayer Claudio Paredes no estuvo conmigo, sólo me acogió su recuerdo.

La muerte del Dictador no dejo de vivirla como un acontecimiento contradictorio, me ahorraré las palabras de buena crianza, que enuncian que ningún ciudadano que se aprecie de buena persona no debe desear la muerte de otro, aunque ese otro sea responsable de las más atroces barbaridades que un dictador puede cometer; que un delincuente puede realizar. Las evitare, pues el sentido común (que por definición es argumentativamente frágil y reaccionario) me indica que no se puede no tener sentimiento y razón ante aquel sujeto y su llamada obra, en concordancia comprendo y valido a quienes deseaban que muriera el Dictador.

Su muerte es una vivencia contradictoria, ya que siempre he entendido que entrega tranquilidad; alivio cuando se esta sufriendo; “polvo fuimos, polvo seremos” y aquello la transforma en una tristeza para quienes te quieren y siguen viviendo, pero el muerto deja de existir, pasa a “mejor vida”. Por razones, que más tienen que ver con su existencia y no con la mía, yo quería que aquel difunto siguiera sintiendo. Sentía que parte de la belleza de la vida es que, a veces, se encarga de hacer justicia, que el azar, otras veces, es un aliado de la justicia y su detención en Londres fue un buen acercamiento a aquel valor. Justicia que algunas de sus antiguas victimas se encargaron de remediar. A ocho años de aquella aproximación a la justicia nos queda que la manida “Razón de Estado”, volvió, a autoridades de esa época, comprensivos con el dolor de su antiguo verdugo e indolentes con las victimas del dictador.

Es contradictorio, debo confesar que no le deseaba la muerte. Con todas las carencias que tiene nuestra democracia, después de 17 años sus leyes (empujadas por mujeres y hombres imprescindibles para la moral chilena, como lo son las mujeres de la AFDD, los abogados vinculados a la defensa de los derechos humanos y otros) lo estaban arrinconando a él y a su familia, (que en emoción y convicción lo acompañaron en sus fechorías o a lo menos ampararon y gozaron de los beneficios de éstas). Creo que por la buena salud del sistema que se construye se necesitaba a un Pinochet que estuviese quebrado, no sólo en lo político también en lo humano, lo valórico, que el Código Penal se le haya aplicado sin beneficios. Necesitábamos que el “El Estado de Derecho”, que tanto le gustaba invocar al anterior Presidente, actuara y el Dictador respondiera con cárcel las acciones de muerte que había cometido en vida. Pero este “Estado de Derecho” invita a conformarse con la desaparición física del Dictador en un hospital/hotel de lujo. Ni siquiera fue en el exilio como le tocó a su par Paraguayo, Stroesnner, o en la cárcel como le sucedió a Milosevic, el carnicero de los Balcanes. El Dictador chileno, para vergüenza nuestra, murió como uno de sus inspiradores, Francisco Franco. Ambos mueren en la tranquilidad de una cama sin que la justicia del hombre haya sido justa, ¿se le debe dejar tanta responsabilidad a la justicia divina?

Y para manchar aún más este acontecimiento, la “Razón de Estado”, nuevamente permite que, sin poner como centro a las víctimas directas o indirectas del Dictador, se tomen decisiones que dañan el espíritu honesto y sincero de la enorme mayoría de nuestra sociedad. Llegan a un acuerdo en donde un procesado truhán tendrá semi honores de Estado, uno más de los “Jurel tipo Salmón”, que nos han acostumbrado a asimilar en torno al difunto delincuente. De paso se nos vuelve a tratar como pasivos imbeciles incapaces de leer entre líneas, se reinstala a un Ejercito pinochetistas, lejano a la pirotecnia del “Nunca Más”, se vuelve a presentar este “Estado de Derecho” que sirve y protege a los poderosos, se debilita el carente sistema democrático y se acentúan las distancias entre los mal evaluados políticos y la ciudadanía que les ha permitido ejercer su poder.

Claudio Paredes murió asesinado al inició de 1988, el último año de gobierno del Dictador, tenía 17 años y los asesinos esparcieron su cuerpo por los áridos paisajes de la Villa que lo vio crecer. Claudio es el hermano que tuve y que mereció un mejor reconocimiento de una sociedad que no ha sido capaz de reconciliarse, pues no ha puesto al centro el valor de la verdad y la justicia. Chile le debe justicia a Claudio Paredes y un trozo de ella se ha desvanecido ante el fanático y odioso llanto de sus seguidores; el festejo de quienes valoran que el diablo vuelva al infierno y la insatisfacción de quienes debimos hacer un poco más para que el Dictador fuese encarcelado.

Por Dino Pancani, Periodista, 13 de diciembre de 2006, en Generación 80

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