martes, 4 de diciembre de 2012

Sí, el modelo se derrumba

Hace un año expuse una conferencia en Enade donde sostuve la crisis de legitimidad del modelo económico y señalé cómo esta condición, mal canalizada políticamente, había arrastrado a la institucionalidad y al sistema político, acabando con las estructuras transicionales y abriendo un escenario de reconfiguración. Hace seis meses vieron la luz dos libros orientados a profundizar en este análisis: “El Derrumbe del Modelo” y “No al Lucro”, que intentan explicar los fundamentos sociales, históricos y el rol catalizador de los movimientos sociales en este proceso. Desde entonces la derecha ha sido sistemática en el ataque a estas argumentaciones, incluyendo siempre que pudieron a intelectuales relativamente lejanos a sus posiciones (Navia, Peña, por ejemplo) para darle un sentido objetivo a sus rabiosas reticencias.

El tiempo ha pasado y con él se han consolidado rasgos: vivimos una era de impugnación política, abstención electoral, agenda pública incontrolable para las autoridades, irrelevancia del Congreso Nacional, entre otros rasgos. No obstante la evidencia, la derecha continúa día a día la labor de negar la realidad. Durante la última semana, coincidiendo con una Enade orientada a dar cuenta de las capacidades de reforma y rearticulación del modelo económico, institucional y político; se han multiplicado las argumentaciones en contra de mi diagnóstico. Creo que es un buen momento, luego de muchos meses donde no me he referido al punto, para concentrar la mirada en aquellas argumentaciones en contra que resultan más frecuentes y probablemente más interesantes.

Numeraré entonces los tres argumentos más frecuentes contra el diagnóstico del derrumbe del modelo.

Primer argumento en contra del derrumbe del modelo: los ciudadanos no odian el modelo, sólo quieren estar más integrados.

La mejor enunciación de este argumento se encuentra en una editorial de El Mercurio que sintetiza brillantemente esta visión. Cito:

“¿Es Chile un país de gente indignada, rabiosa y profundamente frustrada, con graves problemas políticos e institucionales, como afirman algunos, o es un país lleno de aspiraciones de emerger, de mejorar sus condiciones de vida y la educación de sus hijos, en activa búsqueda de nuevas oportunidades de desarrollo personal y familiar?” Esta es la pregunta que se realiza El Mercurio en su sección editorial “La Semana Política” del domingo 2 de diciembre de 2012.

Esta argumentación tiene una segunda versión, que incluso permea ciertos sectores de izquierda que tienen la costumbre de molestarse cada vez que se abre un escenario histórico donde efectivamente puedan ganar. Lo que se señala es que la gente sigue comprando lo mismo e incluso más que antes, que sólo quieren ir al mall más veces por semana.

Ambas impugnaciones no se percatan que reafirman el argumento que creen contradecir. Con un poco de sentido sociológico, será fácil notar que en la historia de las sociedades, la población que habita en un orden social no hace juicios deseando un modelo u otro. Esa es una discusión intelectual. A nivel masivo, la mayor parte de las personas desean una mayor integración en los beneficios y una mayor mitigación o exclusión de los perjuicios. Los modelos exitosos logran altos niveles de integración en los beneficios o tienen la conquista ideológica correspondiente: que la población sienta que su realidad es integrada (la Iglesia medieval integraba en la fe y no necesitaba ninguna realidad) o que en el futuro próximo llegará la integración en los beneficios (el modelo chileno durante los años noventa y los primeros años del siglo XXI).

El modo de integración en Chile ha sido ideológico (el “mito” de Moulián). El desarrollo estaba por venir y todos íbamos a disfrutar los beneficios. Pero ese repertorio ideológico se desplomó. La Encuesta Bicentenario de la Universidad Católica muestra los siguientes datos:

¿Cuál es la probabilidad de? Año 2009 Año 2011 Año 2012
Que un joven inteligente, pero sin recursos, pueda ingresar a la universidad: 52% 45% 36%
Que cualquier persona pueda iniciar su negocio y establecerse independientemente: 51% 43% 31%
Que alguien que tiene una empresa pequeña pueda convertirla en una empresa grande y exitosa: 49% 40% 32%
Que una persona de clase media pueda llegar a tener una muy buena posición económica: 49% 34% 29%
Que un pobre salga de la pobreza: 27% 17% 17%

La fantasía de un modelo que integra en los beneficios se ha desvanecido. El afán integrativo es un requerimiento muy fuerte en las sociedades y todos luchamos por integrarnos. Como no existe hoy otro modelo en funcionamiento, lo que acontece es que la crisis de integración en los beneficios se traduce en compulsión integrativa. Y los chilenos compramos. Y más todavía que antes. El consumo crece por cifras muy sobre la producción. Igual que en un divorcio, antes de que sea definitivo, abundan los esfuerzos reconstructivos, los viajes, las cenas. A menos que haya un tercero (otro modelo en oferta en lo social, otra pareja posible en el caso personal). Y esto aún no ha ocurrido.

Entonces, efectivamente los ciudadanos simplemente quieren estar más integrados. El asunto es que este modelo no permite integración y que, de hecho, cuando hay procesos participativos y mayor inclusión, inmediatamente el modelo político y económico tiembla. Nuestro modelo de sociedad está basado en la asimetría, no se le puede inyectar igualdad e integración sin cambiarlo.

Segundo argumento en contra del derrumbe del modelo: no existe crisis institucional

Este argumento es ostensiblemente el más débil, pero es muy frecuente. Se basa en la mera negación y en recurrir al viejo imaginario chileno sobre las instituciones fuertes y la comparación, más mítica que científica, con una América Latina des institucionalizada. Este año ni el Congreso Nacional ni La Moneda manejan la agenda pública, ha habido conflicto del gobierno con los tribunales de justicia, fiscalía, la Cepal. Se cayó la credibilidad del Servicio Electoral, del Servicio de Impuestos Internos con el perdonazo a Johnson’s y de la Comisión de Acreditación. La Iglesia reconoció un país con crisis institucional y culpó de ello a la pérdida espiritual que significa la búsqueda del mero lucro. A nadie convencen las aprobaciones sanitarias de las autoridades y la desconfianza ante cada nueva obra de “desarrollo” es constante. No sólo hay desconfianza en las instituciones, sino incluso en los instrumentos que las miden, como ha quedado en evidencia con los problemas de Adimark.

La estrategia más utilizada para sostener que no hay crisis institucional es matar al mensajero. El diputado Burgos preguntó en un canal de televisión cómo era posible que invitaran a alguien que ponía en entredicho las instituciones, en alusión al diagnóstico que hice en ese instante. Misma cosa dijo Marcela Cubillos en Enade, señalando que cómo era posible que en 2011 hubiesen abierto ese escenario a visiones que señalan que las instituciones se derrumban.

Tercer argumento en contra del derrumbe del modelo: El país crece y es el mejor de América Latina para nacer, ¿cómo puede estar el modelo en crisis?

Este es el argumento que a primera vista parece más sólido, pero que una reflexión sencilla muestra que es la prueba más evidente del proceso de derrumbe del modelo que estamos viviendo. Imagine usted que a Sampaoli (vale con cualquier técnico exitoso) lo hubiesen recibido, al día siguiente de ganar la Copa Sudamericana o luego del tricampeonato, con naranjazos por las calles, protestas, solicitudes de que renuncie, en fin. Es decir, supongamos que sus resultados son excelentes y que a usted lo odian. Pues bien, eso es justamente lo que está pasando en Chile. Los resultados que son relevantes para los que gestionan el modelo, son espectaculares: crecimiento alto, bajo desempleo, consumo en aumento, alta inversión, en fin. Pero resulta que los chilenos dejaron de creer en los indicadores, los consideran crecientemente engañosos o al menos impertinentes. Los chilenos ven esa realidad, la de las autoridades, pero la consideran fantasmagórica, dudosa, impugnable, probablemente sucia y manipulada.

Volvamos al ejemplo futbolístico. Imaginemos entonces que los hinchas de la U odiaban a Sampaoli mientras ganaba y ganaba. Imaginemos lo que ocurriría cuando perdiera. El mejor ejemplo del derrumbe del modelo es que en un ciclo exitosísimo, hay evidencia de alto malestar social, de impugnación al modelo y a sus representantes. ¿Qué pasaría si los datos empeoran? Efectivamente, se proyecta que los años próximos no serán tan prósperos. Si es odiado con el consumo creciendo al 7%, ¿qué pasará si ya no es posible consumir a ese ritmo?

No es fácil lograr tener una crisis de legitimidad en medio de buenos resultados. El sistema político chileno y el mundo empresarial lo lograron. Los éxitos de sus resultados son el mejor ejemplo de lo profunda que es la crisis de legitimidad que les inunda. Creen que taparán el sol con un dedo señalando que hay que reconstruir el relato, creyendo (o deseando) que el error es comunicacional. Pero el problema es social. Los movimientos sociales parecían permitir que, a través de un proceso, se juntasen nuevamente lo social y lo político. Pero el sistema de partidos se ha alejado radicalmente de la ciudadanía y ha producido un quiebre total, más severo que antes de las movilizaciones. Las leyes que rigen el espacio de los partidos ya no son las mismas que rigen el espacio de lo social. Los aplausos en un sitio, pueden ser las pifias en el otro. El problema no está en el relato, sino en el espíritu del modelo, que es algo mucho más profundo. Milan Kundera señala que cuando en un imperio desaparece la idea sobre la cual ha sido construido, el imperio perecerá.  Y es efectivo. Todo orden político y social requiere una idea central. En el modelo económico chileno la idea central fue el emprendimiento individual, la apuesta a la acción privada y el carácter constructivo de la búsqueda del lucro. El modelo político ha sido la arquitectura que sostenía esta filosofía. Hoy estamos presenciando cada día el carácter agónico de este espíritu. Eso es lo que he llamado el derrumbe del modelo, que sigue su curso inalterable.

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