lunes, 10 de diciembre de 2012

La muerte del dictador


No murió. Augusto Pinochet representa la sumisión del ejército chileno a los intereses de las minorías de grandes capitalistas nacionales y los intereses estratégicos de la política externa estadounidense. Pero el símbolo de su figura trasciende la simple traición al régimen democrático de Chile, hoy el dictador sigue vivo porque es la máscara teatralizada de prácticas anti-sociales y de actores que hegemonizan la economía y la política del país. 

El dictador vive en cada uno de los consensos establecidos en los 90, donde se anuló la posibilidad de siquiera imaginar un proceso de asamblea constituyente. Hubo que conformarse con las reformas de 2005, mas el espíritu anti-republicano continúa allí, incólume. 

El dictador vive en la feliz acumulación de riqueza de unos pocos en detrimento de la fragilización de los derechos conquistados durante el siglo XX.

El dictador vive en las voces de impotencia de los ministros que afirman que el Estado no puede regular el mercado, y que las quejas sociales deben ser conducidas al SERNAC.

El dictador vive en las escuelas cuando sospechosamente los profesores/as no alcanzan a “pasar la materia” de Chile después de los años 70, asunto que parece convertirse más bien en una especialización de post-grado.
El dictador vive cuando Carabineros de Chile asume características militares para someter al pueblo mapuche en el sur, o cuando azota cualquier movilización en las calles. 

El dictador vive en la humillación y tortura de las diferencias sexuales. 

El dictador vive en la gestión de un alcalde que homenajea a los torturadores del régimen militar o en el tratamiento privilegiado de los delincuentes de Punta Peuco. 

El dictador vive en la simple reducción de la democracia al voto universal y voluntario, catalogando de anarquista cualquier intento de organización social – sin saber de paso qué es el anarquismo-.

El dictador vive en los medios de (in)comunicación que editan la realidad al antojo de los mismos medios que ayudaron al golpe y falsificaron la realidad de las violaciones de los derechos humanos. 

El dictador vive en nosotros cuando creemos que la dictadura ya se terminó.

Algún historiador - de esos que son capaces de crear libros blancos, perfectamente acomodado en su escritorio de universidad o instituto privado- debe estar reconstruyendo las verdades históricas, los procesos de reconciliación, la exitosa transición y la justicia en la medida de lo posible, analizando en un capítulo especial el legado del milagro económico de la dictadura. Mientras nosotros, desde la calle, a seis años de su muerte física, tal vez debiésemos gritar un: ¡Pinochet vive carajo!

Por Jorge Inzunza H., 10 de diciembre de 2012, Campinas

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