jueves, 25 de octubre de 2012

Los eufemismos que perpetúan el abuso

Tómese un momento y lea el texto de la fotografía que acompaña esta columna. Es el titular de LUN del 22 de octubre para la noticia de un femicidio. Nótese un hecho particular: de acuerdo con esta afirmación, Rossana López Tenderini “murió por culpa de un mensaje de WhatsApp”. No murió por culpa de su victimario, quien la golpeó hasta dejarla inconsciente y ni siquiera la asistió después de eso: murió por culpa de la tecnología.

Usted pensará que exagero. Pensemos entonces en la cobertura que, en la misma fecha y a la misma noticia, dio el portal Emol: Falleció la mujer atacada por celos en Ñuñoa. En este caso, la responsabilidad de la muerte de Rossana recae en una emoción: los celos.

En cualquiera de los casos, el autor material del brutal crimen no es Germán Vidal, su agresor y marido. En ambos casos, se despersonaliza la terrible muerte de Rossana, femicidio número 29 en lo que va del año.

¿Sigue pensando que exagero? Hoy mismo, sin ir más lejos, LUN vuelve a la ofensiva, con una noticia, nuevamente de un femicidio, ocurrido en España. ¿El título? “El trágico amor de un cuarentón por una niña de 13 años”. ¿La realidad? Un pedófilo de 40 años asesinó a una niña en un pueblo español. ¿Estamos realmente hablando de un “trágico amor” o estamos hablando de una historia de abuso sostenido, terminado en crimen? ¿Es responsable dar cuenta de esta manera de un crimen de tales características contra una menor de edad?

Esta formulación en la narración de informaciones tan delicadas y de tanta magnitud no hace sino reforzar una idea profundamente errada y, además, aberrante: la de que hay motivos por los que un hombre puede  llegar a golpear a una mujer hasta matarla. Se expresa el hecho –un crimen – junto con su justificación o, al menos, se enfatiza en un aspecto colateral ante un acto brutal e injustificado. 

Permitir que un crimen sea expresado en estos términos es una ofensa social contra la víctima. Es exactamente análogo a titular “la violó por culpa de una minifalda” o “fue violada por exceso de deseo”. Es, digámoslo claramente, como echarle la culpa a loh peshoh, ya que estamos.

Hace no tantos años, el femicidio en Chile era considerado un “crimen pasional” y no merecía otra mención que la de las páginas policiales. Diarios como La Cuarta, en aquella época, abundaban en detalles escabrosos (entonces llamados “sabrosos”) sobre el crimen, el agresor y las circunstancias “sazonadas” de morbo en las cuales un tipo, aparentemente normal, se había convertido en asesino. La redacción de esas noticias y de esos titulares era, cuando no jocosa, al menos comprensiva, con bastante frecuencia.

Años de lucha igualitaria y de instalación de la temática de derechos de las mujeres, años de campañas –bien y mal hechas – en contra de la violencia de género, años de esfuerzos de acogida a víctimas, de intentos de protección y procedimientos adecuados de denuncias, han logrado instalar el término “femicida” para quien hace poco era sólo un “marido enceguecido por los celos”, por ejemplo. Hoy comienza a comprenderse que, como dice esa consigna que han hecho circular organizaciones feministas, un femicida no es un enfermo: es un hijo sano del patriarcado.

Para que esta idea sea comprendida por la sociedad completa, para instalar prácticas y discursos igualitarios y no abusivos, es esencial el rol de los medios de comunicación, pero ellos parecen no haberlo comprendido o no tomarle el peso (sorprende, por ejemplo, que mientras la noticia de EMOL sea “Fallece mujer atacada por celos”, en El Mercurio el titular sea “Fallece mujer que fue brutalmente golpeada por esposo en Ñuñoa”, que es lo que realmente sucedió).

Mientras quienes informan no tomen conciencia de la importancia de los discursos que privilegia y cuáles son los relatos con los que dan cuenta de la realidad, seguiremos reproduciendo esquemas permisivos que radican en la infidelidad, los celos o la tecnología “delatora”, razones contundentes para explicar la muerte de una persona.

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