viernes, 10 de agosto de 2012

La toma del Liceo Barros Borgoño


Y Luego de pasar este tiempo escuchando y viendo como los estudiantes defienden sus aspiraciones con el sudor de la protesta callejera, suena el teléfono y una voz  juvenil me cuenta que estudia en el Liceo Barros Borgoño, y como usted estudio ahí mismo, quería pedirle que viniera a apoyarnos en la toma del cole. Apoyo con el hoyo, le contesto entre risas. Como sea, me dice el delfín con su acento vegetal. Vamos entonces, le digo recordando ese único año en aquel liceo de hombres donde mis compañeros no me daban tregua, mariconeandome hasta el cansancio. Ahora, mientra pasaba la ciudad nublada por el vaho invernal en el vidrio de la micro, pude verme en aquel ayer, caminando de uniforme escolar por la misma calle San Diego rumbo a clases. Entonces era un chico solitario, fragilizado por la melancolía marucha de aislarme en el alfeizar del segundo piso de la sala para dibujar el paisaje de techos de calle San Diego. Era un chico afectado que miraba desde aquel lugar, como mis compañeros trepaban las rejas para marchar por Vietnam en Alameda. En esas marchas yo casi siempre iba al final, casi camuflado, apoyando con el susto marica las demandas del pueblo escolar. En realidad,  solo estuve un año y no lo pase tan bien en ese liceo de hombres. Como niño raro, nunca lo pase mejor en la enseñanza media. Pero  rescato de ese liceo,  las clases progresistas que me enseñaron política, filosofía, literatura, poesía y otras lecturas mas allá del horroroso Quijote en papel biblia que después me lo fume entero. Pero ahora, de regreso, volvía como rock Star al viejo liceo llamado la Universidad Matadero por su cercanía con el mercado del mismo nombre.
Al llegar, dos niños me hicieron firmar la entrada, y después camine por los pasillos de ladrillo rojo, y alguna emoción gorriona me desordeno la memoria en el viento del ayer. Algunos estudiantes jugaban cartas o miraban las noticias en absoluta calma. Bienvenido, yo lo llame, me saludo un chico acercándose amable y juguetón ¿Quiere ver el colegio?. Y recorrí junto a el las grandes salas, ahora recintos silenciosos de ecos húmedos. Me asome a la ventana donde transcurrió un año de mi jilguera pubertad… mas allá, me detuve frente a la muralla donde hicimos un mural pop con mi curso, los pasillos de baldosas, brillaban estáticos por el descanso colegial de la toma. Luego, entramos al bello gimnasio de madera noble donde el colegio en pleno despidió al rector como en la película Adiós Mister Chips. Esta todo casi igual, le murmure a mi acompañante. Abajo están los camarines y las duchas dijo el chico con inocencia. Y un dulce perfume de sudores jóvenes me hizo sonrojar. Después de un rato en que compartí con los profes, avisaron que los alumnos en toma me estaban esperando en el gimnasio. Y pensé que a esa hora de la tarde, muy pocos se darían la lata de ir a escucharme. Me equivoque, porque el lugar estaba lleno de estudiantes inquietos esperando. Bueno, vengo a colaborar con ustedes dije con nerviosa serenidad. Yo aquí estudie un año, y lo único que recuerdo es el olor de los camarines. Ufff, que olor… aspire con grata obscenidad. Pero, aunque algún profe puso cara de preocupado, ellos rieron, ellos aplaudieron, ellos celebraron  con atención la lectura de mis crónicas. Casi al final, leí la  historia de Ronald Wood, mi alumno asesinado por la dictadura. No volaba una mosca en el amplio gimnasio. Yo miraba sus caritas emocionadas por el relato. Veía sus ojitos brillantes, siguiendo con atención el texto. Al terminar estallaron en un aplauso cerrado gritando sus consignas: ele -cei -cei -ele -ceo -ceo, liceo Barros Borgoño. Mata -mata -matadero. Y como en tropel se vinieron encima para darme la mano, pedirme que les autografiara cuadernos, mochilas, una guitarra, una paleta de pin pon. En fin, escribí en sus brazos, en sus espaldas apaleadas por los pacos. Me mostraban sus ombligos cuando les firmaba sus poleras y camisas. Me mostraban sus prematuros pendejillos al escribir en la pretina de sus calzoncillos. Así, tan entregados, tan iluminados por esa hermosa inocencia que los hace batallar sin transar por sus demandas. Cómo no estar con ellos, cómo no gritar junto a ellos por un cambio radical en esta educación clasista. Esta educación carcelaria que los tiene todo el día matando el tiempo, de sol a sol, entregando los mejores años de su irrepetible juventud. Aquel no era el Barros Borgoño que yo recordaba, pensé al irme caminando por calle San Diego mientras la noche azulaba la vereda con reflejos de lluvia. Ya no odiaba más ese lugar, y un cariño inmenso me hizo levantar la vista y mirar aquella ventana del segundo piso, donde un adolescente de risa triste dibujando el mundo me decía adiós.
Por Pedro Lemebel, 10 de agosto de 2012

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