lunes, 27 de agosto de 2012

Beyer batalla contra las hormigas

El ministro Beyer, debiera leer seriamente uno de los libros más esclarecedores sobre lo que pasó el 2011 en el mundo de los secundarios: La Mala Educa$ión, de la periodista Elizabeth Simonsen.
Harald Beyer es uno de los más reputados estudiosos de la educación. Su larga trayectoria y su honradez intelectual no tienen relación con la serie de pirotecnias verbales que ha realizado para explicar lo que constituye una torpeza de su cartera: no ha querido recibir a los estudiantes secundarios ni tiene agenda alguna para los acuciantes problemas de la educación media en Chile.

Pero no es el único que ve en el despertar del movimiento secundario un asunto coyuntural más propio de unos chicos sobreinformados que no recibieron en casa unas ejemplares nalgadas cuando hacían preguntas de más.

El columnista Ascanio Cavallo bautizó como “carrusel de las tomas” a lo ocurrido la semana pasada, y lo atribuyó a un “radicalismo infantilista y retórica anarquizante”. Esta simplificación maniquea no corresponde a lo que está pasando y también debiera el destacado analista y socio de una de las agencias de comunicaciones más importantes leer el libro. Mal que mal, no fue escrito por uno de los llamados “profetas del fin del modelo”, sino por la editora de Educación del mismo medio donde escribe Cavallo.

No solamente debieran mirar la taxonomía que hace Simonsen de los movimientos y de sus respectivas organizaciones, en especial para aprender el particular modelo organizacional de la ACES, donde prima el principio de lo colectivo en la movilización, sino para tener más elementos para entender las causas profundas que llevan al descontento de los secundarios.

Buena parte de sus demandas se basan en el claro espíritu segregador que tiene la educación básica y media en Chile. Este es un asunto largamente debatido y no resuelto. Uno de los más renombrados expertos en educación lo señaló claramente: “Los establecimientos municipales, de acuerdo a varias investigaciones de los últimos años que utilizan información de estudiantes individuales, tienen peores desempeños que sus contrapartes particulares subvencionados, aun después de controlar —por la composición socioeconómica de sus estudiantes— eventuales diferencias de gasto por alumno y elección de los padres”. Si reconoció al autor de este diagnóstico no se asombre: es el mismísimo Harald Beyer, en una columna de 2008 publicada en El Mercurio.

No se entiende entonces que, en una entrevista en La Red y ante una pregunta de Alejandro Guillier sobre sus políticas para la enseñanza media, el actual ministro responda con la táctica de los fenicios haciendo referencia al proyecto sobre financiamiento de la educación superior, cuando la crisis hoy en día es en la educación secundaria. El peso intelectual del ministro no se condice con los juegos de palabras típicos del gobierno de Piñera para evitar que se escapen puntos en las encuestas y evadir las discusiones de fondo con el recurso de las cuñas armadas para salir del paso en televisión.

Es cierto que hay avances en la agenda de la educación superior y que la propuesta del ministro va en el sentido correcto respecto al financiamiento de esta. Y aunque es insuficiente, constituye un gran avance respecto al CAE y se hace cargo de una de las demandas más sentidas de la Confech. Pero no son hoy los dirigentes universitarios los que se han tomado la agenda, al menos, por ahora.

El actual movimiento secundario está más allá de una generación de jóvenes con una postura crítica, pues forma parte de un largo movimiento que reconoce una crisis no resuelta. Por eso, si estos se desgastan, vendrán otros con más fuerza y más radicales aun.

Esto es reconocido por el propio Cavallo en una columna de 2011, cuando el movimiento universitario daba el puntapié inicial a este largo ciclo de movilizaciones, y curiosamente lo que ocurría era algo similar al actual “carrusel de tomas”.

Pero la educación municipal tiene una larga lista de problemas no resueltos históricamente, que tampoco hoy son abordados por el ministro Beyer.

Como reconoció el mismo Beyer, una de las demandas más fuertes de los estudiantes —el fin de la municipalización— no tiene un avance importante. El propio gobierno, con su polémica ley Hinzpeter, ayuda a radicalizar aun más el asunto y volver más complejas las soluciones sobre el problema estudiantil, ad portas del inicio del ciclo electoral.

Los municipios tienen cada vez más problemas para poder manejar sus establecimientos debido a la ligazón que tienen la subvención escolar, un Estatuto Docente que ya no responde a las necesidades de flexibilidad en aras de la calidad, y la fuerte arremetida del sector particular subvencionado. Culpar a los estudiantes y las tomas —como cuando se insinúa que esta crisis se agravará—, es simplemente eludir el problema. Y si no fuera Harald Beyer el ministro, se podría hasta suponer que, en efecto, hay interés en terminar con la educación pública.

También hay mucho desdén hacia lo que plantean los dirigentes estudiantiles. No recibirlos es un acto de soberbia, que sólo radicalizará más a esta generación y las venideras. El gobierno se ha ido de frente contra las tomas de colegio. El propio Presidente Piñera —avalado por encuestas internas que muestran rechazo de estas— las comparó con la quema de buses y el lanzamiento de bombas molotov. El Ministerio del Interior y los alcaldes de Santiago y Providencia han actuado con rapidez para evitar que la peste se extienda, aunque los desalojos son cosa de cada día y las retomas también.

Batallar contra los estudiantes secundarios es como pelear contra las hormigas. Su fuerza radica en que no tienen un núcleo central ni una directiva unitaria, y así cada una de sus organizaciones tiene instintivamente una razón para actuar. Y esta es el profundo convencimiento que la educación básica y media tiene una crisis profunda y que sólo ellos, mediante la protesta y la movilización, podrán lograr que los hacedores de políticas públicas los escuchen.

Pese a lo que creen los estrategas del gobierno, el tiempo no está en contra de los estudiantes. Estamos a un poco más de 60 días de las elecciones municipales, y si el movimiento toma más fuerza, la apuesta por el desgaste y las imágenes de Fuerzas Especiales arrastrando jóvenes a los móviles policiales puede tener impacto en los resultados de los candidatos oficialistas, y hacerlos perder puntos en las encuestas, por más que Adimark transmita un optimismo falso. En esto llevan las de ganar las hormigas.

Otro de los puntos que olvidan es el verdadero rol que jugó el movimiento estudiantil secundario en el año 2011, que fue la antesala de todo lo que pasó después y que cambió completamente la discusión sobre lo público en Chile. No debiera el ministro olvidar esto, así como tampoco el destino de sus antecesores.

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