lunes, 23 de julio de 2012

Casen: la pobreza, el modelo y el fracaso de la elite

Luego de un importante retraso, finalmente se conocieron los primeros resultados de la Encuesta Casen 2011, justo después que se aprobara el salario mínimo de $193 mil vía veto presidencial.
Los chilenos que se encuentran bajo la línea de la pobreza ($72.098 en zonas urbanas) disminuyeron de 15,1% a 14,4% entre 2009 y 2011, lo cual corresponde a 2,43 millones de compatriotas. Las personas que se encuentran en situación de indigencia o extrema pobreza (viven con menos de una canasta alimentaria de $36.049) bajaron de 3,7% a 2,8% de la población, pasando de 620 mil a 472 mil personas.

Por tanto, la pobreza estadística sin incluir extrema pobreza, pasó de 11,4% a 11,6%, lo que corresponde a un leve aumento o un estancamiento debido a su significancia estadística.

Como era esperable, el Gobierno celebró las cifras y la Concertación las relativizó, lo que queda muy bien retratado en la columna de Clarisa Hardy, Directora de la Fundación Dialoga y ex ministra de Planificación.
Sin embargo, ambas coaliciones no se refieren a los aspectos centrales que se pueden extraer de los resultados de la Casen 2011 en una perspectiva de mediano plazo, los cuales dan cuenta de un sistema (experimento) administrado y profundizado por los gobiernos anteriores y resguardado por la actual administración, que simplemente no da el ancho y a lo sumo, en los últimos años, sólo ha permitido que quienes están en la extrema pobreza asciendan un peldaño y pasen a ser pobres estadísticamente, chorreando vulnerabilidad, precariedad y endeudamiento para quienes se ubican sobre el umbral de los $72.098 y por debajo del 10% más rico de la población.

Los desafíos con urgencia inmediata (y por ello es tan importante actualizar la línea de la pobreza), es que los chilenos y chilenas puedan acceder a empleos de calidad, elaboremos una nueva estrategia de desarrollo con profundos cambios en la matriz productiva, se dote de mayor poder a los trabajadores para que los frutos del crecimiento no sólo se concentre en unos pocos y se liberen las instituciones (sistema tributario y educativo por dar un par de ejemplos) de la captura de la elite chilena, la misma que se agrupó en bloque para que no subiera el salario mínimo y que sigue condenando a personas que trabajan 45 horas a la semana a ser pobres.

En particular, resulta necesario revisar los siguientes hechos estilizados:

1) Entre 2009 (un año de crisis económica mundial) y 2011 (un año de plena expansión económica), la economía chilena creció 11,3%, sin embargo la pobreza sólo se redujo un 4,6%. Dado que las bases de comparación son disímiles, era esperable que la pobreza bajara mucho más en este contexto de crecimiento económico.

2) Mientras el aumento de la inflación alimentaria en el período, gatilló que la canasta básica aumentara casi el doble que el IPC general (12,4% vs 6,5%) y el terremoto afectó profundamente a 4 regiones del país, por otro lado, en el año 2010 y 2011 se creció 6% como promedio anual y se crearon cerca de 700 mil empleos. Además se actualizaron todos los subsidios monetarios (incluso con aumentos reales sobre el IPC) y se creó la Asignación Social (primera etapa en el proceso de implementación del Ingreso Ético Familiar).

3) La combinación de todos estos efectos permitía proyectar que la extrema pobreza se redujera considerablemente y la pobreza (sin incluir indigencia) también disminuyera. Sin embargo, sólo tenemos una caída de la primera y un leve aumento de la segunda. La buena situación de la economía chilena nos permite concluir que los avances están por debajo de lo que correspondía.

Una explicación podría ser el efecto empleo, ya que si bien en la administración Piñera se han creado 688 mil empleos, el 85% corresponde a familiar no remunerado, personal de servicio doméstico, trabajo por cuenta propia (de baja calificación y pocas horas) y empleo asalariado tercerizado (subcontratación y suministro), que aunque disponga de contratos, corresponde a empleos más inestables, precarios y de bajos salarios.

Esta situación se agrava para las mujeres, ya que de los 373 mil nuevos empleos femeninos, 98,6% se encuentra en el grupo de empleos descritos anteriormente.

4) No obstante, la situación más preocupante, resulta al observar el comportamiento de los indicadores durante los últimos 5 años y al comparar dos momentos del tiempo donde la economía chilena está creciendo: el año 2006 y 2011. En este período, mientras el Producto Interno Bruto crece 21%, la pobreza estadística en vez de bajar ostensiblemente, sube 5,1%, pasando de 13,7% a 14,4%. Dando cuenta que el sistema (experimento) chileno administrado por dos gobiernos de coaliciones distintas no está pasando el test del bienestar y el desarrollo para todos. Sí, leyó bien, el PIB sube 21 % y la pobreza en vez de bajar, sube 5,1 por ciento.

5) Pasando a una segunda etapa de análisis, (ya que no es justo que los voceros del gobierno saliente, relativicen los datos, cuestionando la metodología utilizada que también bajo sus gobiernos se aplicó), resulta fundamental generar un debate nacional en relación a lo que significa ser pobre en el Chile de hoy.

La línea de la pobreza debe ser actualizada con urgencia. La actual fue construida bajo la lógica de los patrones de consumo de la Encuesta de Presupuestos Familiares de 1987, a pesar de tener mediciones más recientes en 1997 y 2007. Después de 25 años, Chile ha cambiado, se ha generado mucha riqueza (muy mal distribuida por cierto) y el costo de la vida es más elevado, sobre todo en un país donde muchas familias deben pagar por la educación y la salud.

La Fundación para la Superación de la Pobreza lo viene proponiendo hace más de 10 años y el propio ministro de Hacienda, Felipe Larraín, el 2008 nos invitaba a actualizar los parámetros para medir la pobreza estadística, lo que de acuerdo a su metodología debería subir en torno a los $93 mil, valor que quizás, aún es insuficiente.

Actualizando la medición, es probable, que más del 30% de los chilenos se encuentren bajo la línea de la pobreza, lo que parece grave para un país que, según el Fondo Monetario Internacional, el año 2012 alcanzará un PIB per cápita ajustado por paridad de poder de compra de US$ 17.812, metiéndose de lleno a la liga de las naciones de ingresos medios altos.

En resumen, el experimento chileno no está dando el ancho y sólo está permitiendo que las personas en extrema pobreza pasen a ser pobres. No basta con la entrega de bonos y subsidios (que sólo deben corresponder a medidas paliativas y transitorias) que tanto los gobiernos anteriores como la actual administración han hecho sus políticas favoritas. La pobreza no sólo se reduce a precariedad material, sino que a la dificultad real para que una persona lleve a cabo la vida que desea (en línea con el “enfoque de las capacidades” del premio Nobel de Economía Amartya Sen). No es suficiente que las personas puedan comprar o acceder a más bienes y servicios, sino que también puedan desplegar sus capacidades y tener tiempo y condiciones ambientales y de salud básicas para ser ciudadanos, compartir con la familia y disfrutar de la vida y la naturaleza.

Los desafíos con urgencia inmediata (y por ello es tan importante actualizar la línea de la pobreza), es que los chilenos y chilenas puedan acceder a empleos de calidad, elaboremos una nueva estrategia de desarrollo con profundos cambios en la matriz productiva, se dote de mayor poder a los trabajadores para que los frutos del crecimiento no sólo se concentre en unos pocos y se liberen las instituciones (sistema tributario y educativo por dar un par de ejemplos) de la captura de la elite chilena, la misma que se agrupó en bloque para que no subiera el salario mínimo y que sigue condenando a personas que trabajan 45 horas a la semana a ser pobres.

Misma elite que prefiere colocar los esfuerzos en la caridad (extrema pobreza) y no en la justicia (bienestar y autonomía para todos). Elite que ha dominado el país en los últimos 40 años, sin contrapeso y resguardada por un duopolio político que ha sido funcional a estos objetivos y que hoy día juegan a la teoría del empate en vez de pensar en un proyecto país.

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