lunes, 4 de junio de 2012

Cacerolas quebecois

Las cacerolas han regresado a la escena de la protesta, esta vez en Quebec, la provincia francófona de Canadá. El motivo: el rechazo masivo del movimiento estudiantil al aumento de aranceles universitarios.

En febrero, el primer ministro de la provincia, Jean Charest, del Partido Liberal (el equivalente al Partido Demócrata de los Estados Unidos) anunció un plan de aumento de los aranceles universitarios de un 75 por ciento en los próximos 5 años. El anuncio generó un amplio rechazo en los movimientos estudiantiles que respondieron con masivas movilizaciones y cacerolazos, de hasta 200.000 personas en Montreal, la principal ciudad de la región.

El sistema educativo canadiense, tal como el de Estados Unidos y el Reino Unido, es predominantemente público pero con aranceles. El costo de los mismos se ha disparado en la última década, como parte de los planes económicos de sucesivos gobiernos de corte neoliberal. Para cubrirlos, los gobiernos, y los bancos, gestionan créditos con bajos intereses a pagar una vez terminada la carrera. El problema es que lo altos costos de las carreras, sumados a los intereses que se acumulan por esos créditos, llevan a terminar la carrera universitaria con deudas masivas. Más del 60 por ciento de los estudiantes canadienses termina su carrera universitaria y comienza su carrera laboral, con una deuda superior a los 27.000 dólares canadienses de promedio (unos 26,000 dólares estadounidenses), que se torna impagable para la mayoría. El aumento arancelario va de la mano de recortes en los presupuestos educativos, lo que lleva a las universidades a buscar donaciones millonarias de famosos filántropos. Esta carrera por donaciones lentamente privatiza los campus universitarios y lleva a priorizar carreras de acuerdo a los objetivos del donante y no de la universidad.

La situación de movilización en la que se encuentra el movimiento estudiantil en Quebec se profundizó aún más con la reacción, reaccionaria dicho sea de paso, del gobierno de ese estado. Considerando la incapacidad de controlar al movimiento estudiantil, la Asamblea (congreso) de Quebec aprobó el último 18 de mayo la Ley 78, que propone recortar la capacidad de movilización de los estudiantes. Esta norma exige que una reunión de 50 o más personas tiene que ser avisada y justificada como mínimo ocho horas antes a la policía, que además tiene el poder de determinar el recorrido de la misma; en los hechos, al prohibir la protesta espontánea. Para colmo, ninguna puede ser realizada después de las 8 de la noche. A su vez, impone la prohibición de que cualquier manifestación que altere el normal funcionamiento de los establecimientos educativos, por lo que el personal administrativo y docente no pueden participar de las protestas de los estudiantes. En caso de no cumplir con estos requisitos, los manifestantes corren el riesgo de cárcel y multas económicas, de hasta 5.000 dólares por participante y 125.000 por organización si se prueba que esta organiza la protesta.

Por otra parte, organizaciones de derechos humanos también expresaron su condena a la ley 78, argumentando que va contra los principios de la Carta de Derechos Humanos canadiense, y de la Declaración de Derechos Humanos de la ONU, de la cual Canadá es firmante.

La aplicación de esta ley ha producido cientos de arrestos desde su sanción, hace menos de dos semanas. La Ley 78 ha hecho lo opuesto a lo pensado, ya que reforzó las masivas movilizaciones estudiantiles, y además le sumo al movimiento sindical a las protestas. La Confederación Nacional de Sindicatos (CSN, máximo representante sindical en Quebéc) expresó su rechazo a la norma, ya que ataca a la libertad de expresión y de organización.

No sólo eso. El movimiento estudiantil, y la respuesta del gobierno, parecen haber movido el avispero en todo Canadá, siendo punta de lanza de críticas a los demás ejecutivos provinciales y al nacional. Los años de gobiernos neoliberales han pasado con una baja politización y respuesta por parte de la población. Como en el resto del mundo, son las movilizaciones juveniles las que logran hacer reaccionar al resto de la población. Bienvenidas sean las cacerolas, entonces.

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