miércoles, 6 de junio de 2012

Adiós Ray Bradbury


Ha parado de llover, mientras el cielo sigue plateado.  Las plantas del patio interior de la biblioteca no se inmutan, si bien invisibles gotas de agua aún resbalan en el suelo. No fue una bomba de neutrones lanzada en algún desierto, ni la casa poseída por misteriosos habitantes de ferias circenses, ni el viaje mortal hacia algún planeta desconocido, ni tampoco el estrépito de un árbol cayendo en la tierra de dinosaurios. Nada de eso. Ha sido la simple muerte, una muerte de viejo, de viejo de lentes gruesos. Ahora el cielo arranca otra vez, y es posible navegar en los aires. Ray Bradbury se ha llevado esta mañana un pedazo de una identidad de varias generaciones, un pequeño desgarro fantástico… 

Estaba en octavo básico y leí con ansiedad “Las doradas manzanas del sol”, una selección de cuentos maravillosos. Luego, inmediatamente, “Crónicas marcianas” y descubrí que se puede sentir nostalgia por el futuro. Bradbury inspiró mi primer cuento adolescente, se llamaba “La bomba”, allí una patrulla apocalíptica deambulaba las ruinas de una ciudad buscando o rescatando sobrevivientes u objetos perdidos, mientras la amenaza de nuevas bombas se cernían desde alguna posición lejana. Unos pocos años después en la Academia de Letras del Instituto Nacional, presidida por Alejandro Zambra, recuerdo a Ariel Peralta visitando aquel hogar de amantes adolescentes de las palabras. Habló de literatura y del poco mérito que tenía alguien que escribía “artificiosamente” un cuento sobre un hombre que dibuja en la arena (una referencia a Picasso, en uno de los cuentos de Bradbury), “¡eso no era literatura!” decía Peralta. Yo me quedé en silencio, sepultándome en mi silla, no sabiendo cómo podría articular siquiera una mísera defensa. Nada. Tal vez estas líneas escritas sean una tentativa de erigir una réplica 19 años después. 

En los puestos de libros usados de calle San Diego recuerdo haber continuado mi periplo lector… ahí me topé con “Remedio para melancólicos”, un libro que alguna compañera de universidad perdió, cuestión que al leer “Farenheit 451” entendí como un acto de apego y desapego de los libros. Los libros deben circular, moverse… cambiar de manos, es la única manera de sobrevivir.

Recorrí Illinois a través del puño de Ray. Sin tener padre, tal vez lo he sentido como un padre-guía desde lejos, de aquellos que se construyen por misteriosos vericuetos vitales. Él me aconsejó a intentar andar lento… de ahí que lea caminando por las calles –El peatón-; a valorar los libros y las conversaciones sobre libros, y pensar ideológicamente en el acto de leer –Farenheit 451-; a creer en que se puede pensar con imágenes e intentar transmitirlas –“El hombre ilustrado”.

Desde hace un buen tiempo que creo que la ciencia ficción de Bradbury no era aquella de máquinas extraordinarias ni mundos insólitos, todo lo que estaba “allá” en su obra no era otra cosa que la extensión de lo que estaba “acá”. Lo relevante de la construcción de escenarios eran las relaciones humanas, para mí era una ciencia ficción de la psicología humana… lo cual hizo de su obra una prosa profundamente poética. Él provocó que entrara en la casa de otros amigos: Borges, Cortázar, Donoso, Bolaño, Lovecraft…
Tal vez este padre me llevó a pensar en estudiar psicología, ¿por qué no?, si hasta que egresé en 5° año seguí pensando fuertemente en convertirme en escritor, cuestión en la cual hubiese insistido más aún, si no fuese porque asumí la urgencia de la causa educacional y política. 

Saberlo muerto me hace escuchar el chirrido del computador solitario. Vacío. Algo se queda inmóvil en mí. Espero. Espero como aquellos caballeros medievales relatando su inminente lucha fatídica contra el dragón, aquel que pronto aparecerá en el medio de la noche, abriéndose paso bufando cenizas, vapor, velocidad. Y los caballeros se lanzarán contra el dragón. En el otro lado de la noche, un par de fogoneros de un tren sienten el choque contra algo en la oscuridad.

Por Jorge Inzunza H., Campinas, 06 de junio de 2012

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