lunes, 16 de abril de 2012

La Escuela Pública en The Walking Dead

En la primera escena Rick Grimes -el policía sobreviviente de la epidemia de zombis- despierta en una sala de una escuela abandonada. Respira con dificultad. Aún no sabe lo que ha sucedido en la ciudad. Se toma la cabeza con su mano derecha y descubre una cicatriz seca. Está solo. La luz pálida de la mañana le permite adivinar una serie de papeles repartidos, los formularios de un SIMCE de lenguaje –el último-.  Rick no se explica qué hace aquí, cierra los ojos y le parece ver titulares de periódicos indicando el cierre de las escuelas públicas… luego siente un estremecimiento… “el thriller de la educación” frente a La Moneda, los estudiantes-zombis, y el comienzo de todo.

No es casual que en la epopeya de Fox un par de policías sea lo único que queda del orden estatal –sería de seguro la serie favorita de Milton Friedman-. Los hospitales públicos desaparecen, y sólo algunos proveedores privados ejercen el oficio, mientras la educación queda a cargo de los padres –probablemente respetando la lógica de la “Libertad de enseñanza”-. La policía es el único referente de un Estado en desaparición.

Los alcaldes han señalado hoy que la matrícula en la educación pública ha bajado desde un 57,7% en 1990 a un 39,3% este año, y se espera que llegue a un 35% a fines de este año. Esta mirada de largo plazo nos ayuda a entender que este no es un fenómeno nuevo, y que encuentra sus raíces en las políticas de mercado introducidas en la década de 1980, y que fueron acompañadas por un severo desfinanciamiento del sector público que fragilizó la educación estatal hasta nuestros días –hoy la educación pública no recibe más de un 1,5% del PIB, contra un 5,5% de la educación privada-.

Deberíamos usar la figura del “secuestro permanente” no sólo para los casos de las violaciones de los derechos humanos, sino también para el mismo Estado. Chile aún no recupera para el pueblo la determinación democrática de sus políticas, las cuales siguen estando dirigidas por una elite que no cree, ni que tampoco recurre a los servicios públicos.  La privatización sigue desangrando las finanzas públicas, en una vana espera de mejoras en una calidad que sigue respondiendo a criterios de clase social.

Tendremos que detener el peregrinaje de las familias hacia la educación privada. Ello ocurrirá cuando seamos capaces de promover políticas de educación pública –no de escuelas de excelencia para unos pocos- que potencien al 35% que nos queda y que sea capaz de reconquistar a quienes han huido engañados por los cantos de sirena de un sistema privado que no es mejor que el público.

La situación es grave y debe ser enfrentada creyendo en lo público, en las comunidades escolares, y en la generación de nuevas capacidades de gestión del Ministerio de Educación (Pública).

No esperemos que nuestro estudiantado despierte mañana en aulas públicas desiertas. 

Jorge Inzunza H., Santiago, 16 de abril de 2012

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