miércoles, 21 de marzo de 2012

2012: Arte y activismo para el cambio social

Así como muchos recordaremos el año pasado por el Thrillerazo, el Gagazo, las besatones o el “Instant Cacerolazo“, desearíamos que 2012 fuese pródigo en acciones a la vez creativas, divertidas, colectivas y comprometidas. En efecto, ellas le dieron cohesión y fuerza al movimiento estudiantil, logrando además ganar nuestra simpatía mayoritaria como chilenos. Pero no se juega dos veces con la misma sorpresa y las condiciones del juego han cambiado, pues la protesta ha estallado, la represión ha aumentado y ahora es otro el objetivo de los jóvenes dirigentes: la articulación de un conjunto más amplio de reivindicaciones sociales, sin las cuales, de todas maneras, no podría llegar a tenerse una educación gratuita y de calidad. Así, en principio, estaríamos todos invitados a sumarnos a un proceso inédito de diálogo y acción a escala nacional.

Como se trata de no repetir los desacreditados esquemas políticos vigentes, lo anterior plantea numerosas interrogantes en cuanto a los mecanismos a emplear, aspecto en el cual, nuevamente, el arte puede hacer una gran contribución. En efecto, a pesar de sobresalir por su carácter multitudinario, las manifestaciones estudiantiles de 2011 bien pueden enmarcarse dentro del vasto campo de posibilidades que, a lo menos desde la década del 1970, nos ofrece el llamado “artivismo”. Contracción de arte y activismo, este término remite a prácticas estéticas de acción directa, concreta y sostenida dentro de un campo de lucha social. Como parte de una nueva estrategia de contra-poder, los artivismos han protagonizado las últimas movilizaciones sociales a nivel global, pero, ante su variedad de métodos, alcances y perspectivas, y a pesar de su espontaneidad, puede ser bueno preguntarse cuáles podrían ser más afines al mencionado objetivo de la articulación social.

Precisando un poco lo anterior, puedo decir que, base de la pertenencia y la afectación comunitaria, la ciudadanía se encuentra a mi parecer gravemente dañada en nuestro país. No sólo porque no encuentra los cauces institucionales para plasmar su voluntad de cambio, sino también por el debilitamiento de los lazos entre sus miembros, en especial en las grandes ciudades y entre localidades. De no ser así, ¿por qué la protesta estalla en organizaciones nacionales de vasta trayectoria o bien en sitios, como Aysén, donde todos son como “una gran familia en comunión” (Ivonne Couñecar)? Fortalecer un tejido colectivo que nos proteja de la arbitrariedad de los poderes fácticos exigirá que despleguemos nuestros esfuerzos en muchas direcciones. Pero dentro de ellas parece ser crucial la de un diálogo afectivo que, sobre la base de valoraciones y respetos mutuos, nos permita generar perspectivas o al menos actitudes confluyentes en la diversidad.

Debido a lo anterior, la simple representación de imágenes o ideas en el espacio público es insuficiente, por muy plural que sea. A ello se orientan la mayor parte de los artivismos y en nuestro país, por ejemplo, conocemos los murales de las brigadas Ramona Parra, Inti Peredo o Elmo Catalán, así como sus prolongaciones más furtivas en los graffitis, los esténciles y las pegatinas. Los artivismos estudiantiles del 2011 también jugaron en esta arena, haciendo un uso intensivo y espontáneo ya no tan solo de la calle, sino también de las redes virtuales, y abrevando referentes especialmente en la cultura pop y mediática. Por una infinidad de medios –fotografía, pintada, canto, consigna, baile, video, pancarta, volante, animación, carro alegórico, flashmob, muñeco, etc.-, los estudiantes se representaron a sí mismos como zombis o muertos, caricaturizaron a las autoridades como pirañas, chanchos, judas, avidadólares u otras alimañas y, además, desafiaron las representaciones oficiales acerca de ellos mismos en tanto seres apáticos, monstruos mutantes o terroristas.

Pero, como sugería, por crucial que sea para generar identificaciones, la representación es sólo una de las dimensiones del arte, importando también lo sensorial, la ejecución y la circulación de las obras. Por ejemplo, el Thrillerazo probablemente no hubiera sido tal si, en lugar de integrar la música y el baile, los estudiantes se hubiesen limitado a disfrazarse de zombis -como de hecho otros lo hicieron antes. Al parodiar el archiconocido tema de Michael Jackson, ellos activaron una esfera sensorial adicional, particularmente envolvente y/o golpeadora, que es la del sonido, mientras que a través del baile pusieron en práctica una coordinación individual, por los movimientos y desplazamientos corporales, y colectiva, por la coreografía. Además, en cuanto a la circulación, tuvo lugar una compleja interacción entre la performance o ejecución frente a La Moneda, su planificación y ensayo en recintos universitarios, su coordinación por las redes virtuales (y los celulares) y su retransmisión por medio de videos en YouTube y Facebook, con un logrado impacto televisivo.

Al articular todas estas dimensiones, los artivismos estudiantiles de 2011 fueron muy efectivos para posicionar su reivindicación de una reforma educacional, propulsando la movilización social iniciada por el movimiento por una Patagonia sin Represas. Y, de la misma manera, ya se están conformando imaginarios sobre Aysén, el aborto y el cuerpo femenino. Pero la articulación social requerirá que los artivismos no sólo expresen la diversidad de conflictos y aspiraciones sociales, sino que además incorporen y elaboren esta diversidad por medio de una participación ampliada a nivel de la ejecución. El año pasado, a pesar de asistir asiduamente a las marchas o hacer pancartas y registros, los no estudiantes fuimos sobre todo espectadores de un gran show. No se nos pidió mayormente la opinión, sino que recibimos peticiones de parte del estamento más afectado por la situación. El remezón fue necesario, pero en 2012 puede avanzarse hacia una mayor colaboración y muchos son los artivismos que han explorado esta vía.

Es el caso, por ejemplo, de “The Great Wall of L.A.”, un mural de 800 m realizado en Los Ángeles, California, entre los años 1976 y 1983 y coordinado por la artista chicana Judith Baca. En él participaron 187 jóvenes estudiantes de diferentes comunidades de migrantes, quienes, por medio de su hacer, su memoria y su imaginación, reconstruyeron la identidad visual de la localidad, contribuyendo asimismo a su mayor integración. Lo notable aquí es que esta artista no pretendió instalar un mensaje predefinido ni relacionado específicamente con sus intereses personales, excepto en términos muy amplios. Más bien, articuló visiones muy diversas acerca de la historia local, propiciando encuentros intersubjetivos sobre el trasfondo fragmentado de la multiculturalidad yanqui.

Si bien el artivismo comparte la función expresiva del arte, es motivado por una poética política que lo hace crear obras a partir de lo social y buscando su transformación. Por ejemplo, en las Guerrilla Girls, un colectivo neoyorquino nacido el año 1984, lo decisivo no era tanto la imagen “fea” de mujeres-gorila, sino la capacidad de ésta para evocar y subvertir imaginarios hegemónicos en los diferentes y estratégicos espacios públicos donde instalaban sus volantes y afiches. Asimismo, el “Primer Campeonato de Botecitos de Coliumo”, proyecto que el peruano Christians Luna desarrolló el año pasado en nuestro país, resulta ser bastante complejo en su sencillez. En efecto, en este caso, después de una investigación en terreno, se trató para el artista de contribuir a la reconstrucción comunitaria de una localidad muy afectada por el terremoto de 2010. Detectando un eje identitario en la pesca y basándose en la inventiva latinoamericana de lo precario, convocó a una carrera de botecitos fabricados con materiales reciclados, invitando en especial a los niños a participar.

Tanto las Guerrilla Girls como Judith Baca o Christians Luna pueden ser calificados de artivistas, pero mientras las primeras interpelan a la colectividad, en forma similar a lo que hicieron los estudiantes chilenos el año 2011, los segundos sostienen o activan un diálogo con/en ella, lo que se relaciona con diferentes posicionamientos en la trama del poder. Es por ello que puede hablarse de un artivismo comunitario en distintos niveles y que, al implicar a otros en el proceso creativo, requiere un importante grado de apertura ante lo imprevisible. En Argentina, el año 2001, se conformó, a partir de los escraches o funas a los violadores de derechos humanos de la agrupación H.I.J.O.S., una Mesa de Escrache Popular que congregó a colectivos artísticos, organizaciones sociales, juntas vecinales y partidos políticos. Según explica el Grupo de Arte Callejero (GAC), las pintadas, afiches o pegatinas se multiplicaron en el barrio, pero además, con el correr del tiempo, el escrache se convirtió “en un acontecimiento aglutinador de las experiencias barriales donde las/os vecinas/os [eran] actores y no meros/as espectadores/as” y donde comenzaron a trabajarse, además, conflictos de vivienda, injusticia, corrupción, etc.

A propósito de lo anterior, cabe observar que una diferencia crucial de los artivismos con otras instancias de diálogo es la dimensión afectiva, pues, por ejemplo, el diálogo científico privilegia la argumentación o desarrollo de ideas. En este aspecto afectivo, el arte se aúna a la política y la psicología, pero muchas veces para privilegiar modalidades fascistoides de apego y sumisión emocional que el artivismo debiese desbaratar en virtud de su eje libertario e igualitario. Es interesante en, la esfera de los afectos, la exploración de metodologías dialógicas de carácter no discursivo, como ocurre en el caso de las esculturas sociales de Mauricio Bravo Carreño en diferentes espacios urbanos chilenos, dentro del proyecto “Rutas alrededor del mundo”. Aquí, en particular, sobresale la serie “Entrelazamientos”, la que compromete el sentido del tacto y se compone de réplicas performativas descontextualizadas de fotografías de gente detenida por Carabineros en diferentes posiciones, de manera que el acorralamiento original de los cuerpos, llevado a un plano de ejecución, transmuta paradójicamente en abrazos entre los participantes.

El ingreso a un plano simbólico y discursivo compromete una fijeza, pero cada lenguaje posee sus propias tácticas estéticas de incorporación de la incerteza que conlleva el contacto con lo(s) deconocido(s), permitiendo así que se mantenga el lazo afectivo. Ejemplo de ello es una iniciativa llamada “Arte de Cordel”, la que, basada en la tradicional literatura de cordel, invita a que cualquiera cuelgue su obra dentro de una instalación colectiva en el espacio público. Organizada por la plataforma virtual Museo de Arte Moderno de Chile (Mamchi), una versión “recargada” de esta actividad tuvo lugar en noviembre de 2011 en diferentes localidades de Chile. En Valdivia afloraron preocupaciones como la depredación ambiental, el maltrato animal y la represión hacia los estudiantes, además de otras menos evidentes como el cuestionamiento de los cánones de belleza, el vínculo con la cultura popular y la recuperación del asombro infantil. Todo ello en un marco de fraternal convivencia donde el artista convocante a nivel local, Erik Marchant, asumió el papel de coordinador, animador o facilitador.

Seguramente, las preocupaciones señaladas se repiten a lo largo del país, además de existir muchas otras, pero ¿cómo saberlo si no existen las instancias adecuadas para procesarlas? Justamente, la propuesta del colectivo artivista argentino Iconoclasistas opera en este nivel de articulación de las diferencias dentro de una trama común. Como recursos de “comunicación contrahegemónica”, han diseñado numerosas imágenes gráficas alusivas a conflictos sociales, algunas de ellas trabajadas con un énfasis latinoamericano. Pero, además, han elaborado cartografías críticas realizadas a partir de lo que llaman “mapeos colectivos y dispositivos múltiples”, consistentes en procesos lúdicos de confección de relatos gráficos comunes a partir de los saberes y quehaceres de los distintos participantes. Y mientras todo el material que producen es de libre descarga, se incluye en su blog un kit de herramientas para que cualquiera pueda replicar dichos procesos mediante talleres autónomos.

Y, a partir de lo anterior, ¿por qué no pensar en redactar una nueva “Carta Magna”, pero a partir de una multitud de cartas? Existe toda una línea de experimentación, dentro de los artivismos, dedicada a la escritura colaborativa. La misma que, ensayando la dilución de la autoría, practicaron por ejemplo los pensadores franceses Deleuze & Guattari, pero ampliada ahora a una multiplicidad de participantes, como en el caso del proyecto italiano Wu-Ming. En este último caso el eje es sobre todo narrativo, pero el formato colaborativo también permitiría establecer protocolos básicos de, por y para la convivencia, normas a la vez muy claras y suficientemente amplias, vectores conceptuales antes que ideas fijas, para la constitución de una república flexible donde las instituciones se plieguen a la diversidad, sin por ello forzar su aparición, en lugar de rigidizarla y uniformarla. Mirado de cerca, esto no parece ser algo tan distinto de lo que hacen las asambleas constituyentes, excepto por el mecanismo ampliado de participación en un proceso que en Chile ni siquiera se ha dado de manera más restrictiva.

Frente a la desidia, la apatía o por último el confort moderno, son numerosas las instancias que reinventan la participación según el aspecto juguetón, estético y afectivo presente en muchos artivismos. La estructura fuertemente racional y coherente de las ideologías políticas históricas se ha resquebrajado, de manera que puedan aflorar y entrelazarse toda clase de experiencias y sentires minoritarios. Las redes virtuales pueden ayudar mucho a esta tarea, pero descansan ellas mismas en círculos estrechos de los que necesitamos salir, sin miedo, para encontrarnos con las diferencias que nos rodean y nos atraviesan. Surgidos en el mundo anglo, los artivismos tradicionales conllevaron una salida similar de los artistas fuera de los museos, pero favoreciendo más bien las demandas parciales, fragmentadas y aisladas de la llamada “sociedad civil”. A nosotros nos corresponde reinventar estas prácticas situadas en el linde del arte, la política y la vida, de manera de dar cuerpo a una trama colectiva que articule la mayor diversidad, dando cabida asimismo a la más impensada diferencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tus comentarios en Versus...