domingo, 25 de septiembre de 2011

Savannah en el día final de Troy Davis

Arribar a la tórrida ciudad de Savannah pocas horas antes de que Troy Davis fuese ejecutado por homicidio, permitía suponer, al menos, cierta efervescencia callejera, dadas las particulares del caso y, sobre todo, teniendo en cuenta la historia de un lugar donde, en el pasado, se cometieron algunos de los más infames abusos raciales que consigna la historia estadounidense. No obstante, las calles de Savannah estaban quietas la noche del martes 20, y a no ser por el hecho  meramente anecdótico, e inclusive rutinario, de que el taxista que me transportó del aeropuerto al hotel, un hombre de color de alrededor de 70 años, llamó "perro" al conductor de un auto policial que no le permitía rebasarlo para así avanzar a mayor velocidad, nada ponía en evidencia que las cosas estuviesen calientes, aunque existían, claro que sí, motivos de sobra para que el descontento popular se manifestara de alguna u otra forma: en algunas horas más un hombre negro iba a ser legalmente aniquilado por el asesinato de un policía blanco, crimen que, según la campaña levantada por sus abogados, él no había cometido. Una vez más se cumpliría aquella escabrosa estadística que acompaña a la aplicación de la pena de muerte en Estados Unidos, la cual sentencia que quienes matan a mujeres u hombres blancos son condenados a morir con mucho mayor frecuencia que los que asesinan a personas de color.  
La defensa de Troy Davis, el ciudadano sentenciado a muerte por disparar dos tiros fatales a Mark MacPhail en un estacionamiento de Savannah, en 1989, llevaba años intentando demostrar que las pruebas en contra de su cliente estaban torcidas y que, hoy por hoy, resultaban insustanciales. En gran medida, los abogados habían tenido éxito en su cometido: tras 22 años de investigaciones y contra investigaciones, jamás se logró establecer alguna evidencia física en contra de Davis. Es más: siete de los nueve testigos oculares del crimen, cuyos testimonios fueron claves en su momento para condenar a Davis, habían cambiado sus versiones de los hechos -casi todos arguyeron haber sido presionados por la policía-, exculpando con sus nuevas declaraciones al supuesto asesino. Incluso se sabe de alguien que, borracho, se jactó ante varios testigos, y no tan sólo una vez, de haber cometido el homicidio por el que Davis pagaría.

El caso de Troy Davis acaparó atención internacional y desde el Papa Benedicto XVI hasta el arzobispo Desmond Tutú, pasando por diversas celebridades, ONG y entidades humanitarias, todos elevaron la voz para pedir clemencia por Davis, en vista de las numerosas interrogantes que dejaba flotando en el aire la investigación y el posterior juicio (Davis fue condenado a muerte en 1991). En el ámbito nacional, dos figuras del Partido Republicano, colectividad tradicionalmente afecta a la pena de muerte, sostuvieron públicamente que las evidencias incriminatorias no eran concluyentes y que, por eso mismo, correspondía un nuevo juicio: Bob Barr, ex congresista y ex candidato a la presidencia del país, y William Sessions, ex director del FBI y otrora juez. 

Pese a todo, el martes 20 en la mañana la corte de Savannah negó la petición de clemencia y fijó la hora final de Davis para las 7 de la tarde del día siguiente. Un recurso de último minuto le dio cuatro horas más de vida al sentenciado, quien, poco antes de su muerte a las 23.08 del miércoles 21, y ya amarrado a la camilla en que recibiría la dosis letal, dijo ante los testigos de su ejecución en el penal de Jackson: "Quiero dirigirme a los miembros de la familia MacPhail. A pesar de la situación en la que estamos metidos, ustedes piensan que yo maté a su padre, su hermano, su marido. No soy la persona. Soy inocente".

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Savannah es una ciudad pequeña con una población negra que llega a casi el 60% del total de residentes, cifra, esta última, que bordea las 136 mil almas. Según el censo del año 2010, el 21% de los habitantes vive bajo la línea de pobreza, gente, en su gran mayoría, de color. En un librillo pintoresco y de cierto valor turístico, titulado Una guía para nuestras dos Savannahs, Ellis Garvin, el autor, aporta algunos datos útiles para entender la cuestión racial que históricamente ha marcado el quehacer de una región que formó parte activa de la Confederación del sur, la cual, entre los años 1861 y 1865, libró una guerra civil contra la Unión del norte, precisamente por negarse a abolir la esclavitud. 

Guiados por el libro del señor Garvin, apreciaremos a nuestra izquierda -como dice en una de sus páginas- una de las construcciones más visibles de la ciudad, el puente Talmadge, que une a la fluvial Savannah con el vecino estado de Carolina del Sur. Pues bien, el bendito puente fue llamado así en honor de Herman Talmadge, quien, en calidad de gobernador de Georgia, fue un verdadero azote para la comunidad afroamericana. Según  informa el texto del señor Garvin, cuando llegó el día de las elecciones de 1947, cierto reportero escribió que "los muertos se levantaron de sus tumbas y marcharon por orden alfabético hasta los lugares de votación, marcaron su preferencia y regresaron a su reposo". Así ganó Talmadge su puesto. Y a pocos días de haber asumido en el cargo, cuatro negros fueron linchados en Georgia, crímenes por los que nadie fue arrestado. 

En su texto, el señor Garvin también se queja de que en los años 70 la municipalidad sólo se preocupaba de limpiar la parte del cementerio en que estaban enterrados los blancos, al tiempo que, apuntando a diestra y siniestra, da diversos ejemplos de cómo operaban, en tales o cuales edificios, oficinas, mercadillos o tiendas, las reglas de la segregación. Caminando ahora por la calle Anderson, podemos ver una casa con persianas de color café, sí, esa misma, la que alguna vez fue la oficina de Robbie Robertson, el abogado de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (NAACP, según sus siglas en inglés). En 1989 -mismo año en que el policía  Mark  MacPhail fue asesinado- Robertson recibió en su despacho una carta que, al ser por él abierta, provocó una tremenda explosión que le costó la vida. 

"Tiempo después -comenta el señor Garvin en su libro- la policía descubrió que la carta había sido enviada por un racista de Alabama. También descubrieron que el racista había enviado otra carta a un juez en Alabama. El juez de Alabama murió de la misma forma que míster Robertson: abriendo su correo. El racista había enviado cartas a otras personas, pero ellos fueron más afortunados y no perdieron sus vidas como los místeres Robertson y el juez. Ahora, por favor recuerden que esto pasó hace poco más de 20 años. Todavía hay mucho odio racial vivo en este país". Afortunadamente no todo es tragedia en el paseo turístico diseñado por el señor Garvin, pues aquí, justo al frente nuestro, tenemos la Segunda Iglesia Baptista Africana, "en donde Martin Luther King dio el famoso discurso de 'Tengo un sueño', antes de pronunciarlo en Washington DC".

Sin contar con la información que provee Garvin, a primera, segunda y tercera vista, Savannah parece ser un lugar muy lindo y agradable, a no ser por ese implacable calor húmedo que resulta tan demoledor. La ciudad tiene un aire amodorrado y provincial -el comercio abre a las 10 de la mañana y cierra a las 5 de la tarde-; pequeña, como ya se ha dicho, y dueña de un coqueto centro histórico, muy bien preservado y limpio, por el cual pululan numerosos grupos de turistas pertenecientes a la tercera edad, esos que son la flor y nata del turismo estadounidense a gran escala. Aquí no hay edificios altos ni tampoco nuevos, y es frecuente toparse con verdaderas joyas arquitectónicas del siglo XIX y, con menor frecuencia, del siglo XVIII. Además, camines en la dirección que sea, cada dos cuadras te encontrarás en medio de una magnífica plaza ensombrecida por árboles añosos -robles,  magnolias, tuliperos, abetos chinos, palmeras, arces rojos-, de cuyas ramificaciones cuelga aquel decorativo parásito vegetal llamado musgo español (que, en rigor, no es musgo ni proviene de España). Eso sí, no está de más recordar que en cada una de estas idílicas plazas florecía, hace 150 años, el comercio de esclavos, la compra de carne negra al mejor postor para nutrir el cultivo del algodón.

A pocas cuadras del centro histórico se encuentra la estación de buses Greyhound, en cuyo estacionamiento, compartido con un Burger King que ya no existe, fue asesinado el policía McPhail. Esa noche de agosto de 1989 el oficial se encontraba haciendo un "pololito" fuera de su horario de servicio, en calidad de guardia del local de comida rápida. De pronto, pasada la una de la madrugada, se percató de que un indigente indefenso era golpeado por un par de rufianes afuera del lugar, y al salir en su defensa, recibió dos balazos fatales, ello sin siquiera haber tenido tiempo de desenfundar su arma. 

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Hoy por hoy la escena del crimen viene a ser un páramo desolado del cual emanan reverberaciones cegadoras -el restorán que reemplazó al Burger  King también cerró sus puertas y está en el semiabandono-, un amplio espacio de cemento bajo el sol inclemente por el que este miércoles 21 a mediodía no transita un alma, a no ser por el señor Stevenson, un anciano calvo y de color retinto que oficia de jardinero de unas tristes matas que cubren la estrecha porción de tierra dispuesta a un costado de aquel asfixiante mar de concreto. El señor Stevenson trabaja hace seis años en el lugar y se distingue por ser un hombre escéptico y exquisitamente moderado al hablar: no cree en la justicia que administran los blancos, no cree en el victimismo del que abusan los negros y, sobre todo, no cree que Troy Davis vaya a zafar esta vez de la inyección letal, como sí lo hizo en tres ocasiones anteriores. Aun así, descreído en casi todo, el señor Stevenson no duda en que "Dios, Nuestro Padre y Señor, recibirá a Davis en su seno, porque todos, blancos o negros, buenos o malos, somos para Él hijos queridos". Dicho eso, el buen hombre sonríe y vuelve a lo suyo, picar la tierra con una parsimonia admirable.

Luego de varias horas de caminar por Savannah bajo un sol de tenor africano, es tentador llegar a la conclusión de que a los habitantes de la ciudad no les quita el sueño la inminente ejecución de Troy Davis. La paradoja es notable: mientras en Oslo, Nueva York, Washington y Atlanta la gente marcha en repudio de lo que perciben como una injusticia monumental, los savanenses siguen con su rutina sin mayores sobresaltos. La iglesia que el sábado pasado acogió una vigilia junto a la familia de Davis para implorar por un milagro, templo que lleva el pomposo nombre de Iglesia Monumental San Felipe Africana Metodista Episcopal, está cerrada a machote. La cárcel donde en pocas horas más ejecutarán a Davis está ubicada a tres horas en auto de la ciudad. A las afueras del lugar hay un grupo de gente, no demasiado grande, demostrándole simpatía al condenado. Presume uno que los más activos defensores de esta causa se encontrarán allí y no acá.
Cuando faltan apenas tres horas para que se cumpla el plazo estipulado, me acerco a un policía blanco y obeso, y, credencial de periodista en mano, le pregunto si esperan algún tipo de protesta callejera para hoy en relación al caso Davis. El hombre se pone rígido, me dice que no puede hablar del tema y, haciendo un movimiento descortés, me da la espalda y se aleja caminando tan rápido como su volumen se lo permite. Me dirijo entonces a la estación de policía de Savannah, en donde me atiende una oficial de unos 45 años, buenamozona, quien me asegura, con toda la amabilidad del mundo, que no esperan ningún tipo de desórdenes una vez que se cumpla con la orden de ejecución y que, de hecho, no han tomado medida preventiva alguna al respecto.

A las 5 de la tarde, un grupo de activistas se da cita frente a la municipalidad de Savannah para orar y apoyar la causa. A las 5.16 hay sólo 14 personas, entre las que se cuentan algunos ancianos blancos que sujetan carteles en contra de la pena de muerte (uno de ellos, lívido e inexpresivo, luce unas mangueras transparentes que salen de sus orificios nasales). Al centro de los congregados se encuentra el reverendo Brown, quien, ataviado de negro, y haciendo alarde de solemnidad y buena dicción, argumenta "que aún quedan muchas preguntas sin responder". Luego lee un versículo de la Biblia y se refiere a las dos familias involucradas en el caso: "Mientras una busca cerrar un capítulo doloroso, la otra clama por justicia. Nosotros todavía no perdemos las esperanzas". Dicho eso, se lanza a rezar junto a quienes lo rodean. Finalizadas las plegarias, una mujer negra de aspecto combativo profiere la que ha sido la célebre consigna de quienes se oponen a la ejecución: "Yo soy Troy Davis. Yo soy Troy Davis".

La mujer se llama Marilyn Jackson y está a cargo de una organización comunitaria que lleva el nombre de Hijas de María Magdalena: "El alcalde de Savannah no ha cumplido con su trabajo, pues no ha sabido proteger a la gente negra de la ciudad. Él ha instigado todo esto, y eso no se contaba entre sus obligaciones. Ahora, odio pensar que Troy será finalmente ejecutado -no olvidemos que ésta es la cuarta vez que se halla en idéntica situación-, pero si eso sucede, créeme, vamos a hacer cosas muy serias en la ciudad de Savannah, cosas que no puedo revelarte ahora. Tampoco me gusta decir esto, pero no debemos olvidar que Savannah es un puerto de esclavos, y el racismo es algo demasiado latente. Esto ya ha pasado antes, con un joven llamado Earl Charles, aunque finalmente fue absuelto. Pero te insisto: se van a sorprender con lo que vamos a hacer si es que ejecutan a un hombre inocente. Imagínate el dolor y la impotencia que sentimos cada vez que estamos junto a la madre de Troy".

Consultada acerca de la falta de interés ciudadano durante el último día de vida de Troy Davis, Marilyn Jackson responde que no he de olvidar que Savannah es un puerto de esclavos -insiste en ocupar el tiempo presente-, "y si conoces la historia de este lugar, sabrás que desde siempre aquí mandan los blancos, y a los negros, que viven aterrados, les asusta hablar, les asusta manifestarse, y esa es la razón por la que hoy día no han salido a las calles ni han venido aquí. Y déjame decirte algo más: esta ciudad está totalmente dividida, pero no por el caso de Troy Davis, sino que desde mucho antes. Este es un lugar sumamente hospitalario para los turistas, pero no es igualmente acogedor para los afroamericanos".

Ocasionalmente, muy ocasionalmente, algún auto que pasa frente al edificio municipal toca la bocina en señal de apoyo a los manifestantes. A las 5.37 ya hay 25 personas reunidas. No llegarán más. Durante el transcurso de la hora que sigue se oirán seis bocinazos, una cifra magra si consideramos el gran número de vehículos que transitó en ese lapso de tiempo por la concurrida avenida Bay. Y esto, dejando de lado cualquier sentimentalismo, da para especular que la ciudad, la gente de Savannah, no demuestra estar demasiado dividida, puesto que el bando mayoritario, al parecer, comulga, aunque en cauteloso silencio, con el editorial publicado ese mismo día por el Savannah Morning News, cuyas últimas palabras, aludiendo a la inminente ejecución de Davis, aseguraba que al despachar al más allá a un hombre cuya culpabilidad ha sido  puesta en duda, "se habrá hecho justicia".

Por Juan Manuel Vial, 25 de septiembre de 2011, La Tercera

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