domingo, 4 de septiembre de 2011

Los indignados de Israel vuelven a alzarse

Centenares de miles de israelíes se han manifestado esta noche en todo el país para oponerse a la carestía de la vida y a las crecientes desigualdades económicas. La protesta fue convocada con el objetivo de congregar un millón de personas en las calles y aunque no se ha llegado ni de lejos a esa cifra (algo casi imposible para una población inferior a los ocho millones) se cuantifica la asistencia en más de 400.000 personas. El volumen de las marchas en 19 ciudades, en lo que es la mayor movilización en la historia del país, ha mostrado la existencia de un malestar profundo en una sociedad globalmente rica pero cada vez más insolidaria e insegura.
El Gobierno de Benjamín Netanyahu espera que los probables brotes de violencia por parte de los palestinos, una vez la ONU vote sobre el reconocimiento de Palestina como Estado, y las crecientes tensiones en Oriente Próximo diluyan poco a poco las protestas. Ayer intentó suprimir los servicios de tren y autobús para asfixiar la concentración de Tel Aviv, la más importante, pero el Tribunal Supremo de Israel ordenó que no solo se mantuvieran los horarios habituales de los servicios, sino que se incrementaran para atender "las necesidades del público".

En Jerusalén, entre 35.000 y 50.000 personas han marchado hacia la residencia del primer ministro. En Tel Aviv, la plaza de la Medina y sus alrededores han acogido a más de 100.000 personas, o hasta 150.000, según las estimaciones. En el resto de los núcleos urbanos la convocatoria ha obtenido resultados desiguales.
La gran protesta social, que hoy podría verse agravada por una masiva dimisión de médicos en la sanidad pública para oponerse a las jornadas excesivas y al descenso en la calidad del tratamiento hospitalario, sigue sin obtener un respaldo significativo por parte de la minoría árabe israelí, la más perjudicada por las desigualdades, y ha evitado una vez más referirse a cuestiones "políticas" como la ocupación de Cisjordania o el bloqueo de Gaza.

La indignación popular en Israel es conocida popularmente como "protesta por la vivienda". La primera acampada en la avenida Rothschild de Tel Aviv y la primera gran manifestación, el pasado 23 de julio, se centraron sobre todo en la carestía inmobiliaria. Los precios de las casas y de los alquileres han aumentado, de promedio, un 34% en los últimos cinco años. Pero antes ya habían surgido muestras de descontento profundo, y no se referían a la vivienda. En junio, las redes sociales sirvieron para movilizar a decenas de miles de personas en una campaña de boicoteo al requesón, uno de los productos básicos en la alimentación israelí. Su precio había aumentado entre el 45% y el 75% en un año, encareciendo de forma sustancial una cesta de la compra que en términos globales había subido el 3,7% desde enero.

El Gobierno se mostró irónico durante los primeros días de la protesta del requesón. Luego, cuando comprobó la indignación general, empujó a los fabricantes, ya espantados por la caída de las ventas, a reducir de forma drástica los precios.

El requesón es un buen ejemplo de los problemas de una economía, la israelí, potente en conjunto pero cada vez más desigual y afligida por serias distorsiones.

Solo hay tres empresas lácteas en Israel, con una hegemónica, Tnuva; el sector está absolutamente protegido (no hay importaciones), y en 2010, siguiendo la política de liberalizaciones, se eliminaron los topes de precios que establecía en Gobierno para los productos lácteos. La consecuencia fue un alza brutal de los mismos y de los beneficios empresariales en la economía.

Israel mantuvo una orientación económica socialista desde su fundación, en 1948, hasta 1984, cuando el sistema entró en quiebra. La masiva ayuda militar estadounidense desde 1974, las escalas salariales, décadas de proteccionismo y una incipiente política de liberalizaciones por parte del partido conservador Likud, que había desbancado al laborismo en 1977, se combinaron para generar una inflación cercana al 500% anual. Fue necesario imponer un plan de estabilización, seguido de un programa de liberalizaciones, que acabó con las cooperativas agrarias, los kibutzim, y con gran parte del poder sindical.

A partir de ahí, la concentración de los recursos en mano de unas pocas familias y la mezcla de liberalismo interno y proteccionismo frente al exterior fueron las características de la economía.

La solidez de la moneda, el relativamente escaso espacio para la construcción (la gente no quiere vivir en el desierto que compone gran parte del territorio, sino en las ciudades), el deficiente transporte público (el tren tarda unas tres horas en recorrer los 70 kilómetros entre Tel Aviv y Jerusalén), los altísimos precios de los coches (los impuestos sobre el automóvil son del 100%, los más altos del mundo junto a los de Dinamarca y Noruega), los monopolios en electricidad, cemento y otros productos estratégicos y el elevadísimo gasto militar (6,3% del Producto Interior Bruto, solo superado por Arabia Saudí), han contribuido a hacer de Tel Aviv una de las 15 ciudades más caras del planeta, y la que tiene más multimillonarios per cápita. Jerusalén es más cara que Madrid. Y, sin embargo, el salario mínimo es de 22 shekels por hora, menos de cinco euros.

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