jueves, 11 de agosto de 2011

Violencia en Chile y Gran Bretaña. Demasiadas Coincidencias


En Gran Bretaña las revueltas se dan en barrios pobres y lentamente se movilizan al resto de las ciudades. Al margen de considerar legítimas o no las formas, está tarea de preguntarse los porqués. En Chile, la misma reflexión.

En la actual contingencia internacional hay un puente que une a dos países muy distintos. Es el Reino Unido y Chile. Este vínculo tiene que ver con protestas, desordenes y distintos grados de irrupción de violencia.

En Gran Bretaña las revueltas se dan en barrios pobres y lentamente se movilizan al resto de las ciudades. Al margen de considerar legítimas o no las formas, está tarea de preguntarse los porqués. En Chile, la misma reflexión.

En los distintos análisis que podemos ver en la prensa internacional, principalmente la no británica, nos percatamos de que hay ciertos conceptos que se repiten. Desigualdad, frustración, rabia. En definitiva, falta de perspectivas de futuro. Y los protagonistas de este fenómeno son mayoritarios jóvenes.

En las protestas iniciadas por el movimiento estudiantil y extendida hoy a toda la ciudadanía, -léase cacerolazos, cortes de calles por el transantiago, movilizaciones por temas ambientales, de derechos sexuales y el ya largo proceso de movilizaciones de la nación Mapuche, podemos notas la coincidencia de los mismos conceptos. Desigualdad, frustración, rabia.
Y la reacción de los gobiernos es con certeza, muy similar. Derecha política dando rienda suelta a sus fórmulas represivas. En Gran Bretaña, Cameron, a partir de razonamientos básicos y políticamente convenientes, califica a los participantes de delincuentes e insta a las familias a “controlar” a sus hijos. En este país, el gobierno se refiere a “infiltrados” sin cuidado alguno, e incluso los dirigentes del movimiento se apresuran a clasificar como no estudiantes a quienes deciden manifestar con violencia su frustración. Se dice que no son estudiantes, que son “flaites”, que solo les importa la destrucción. Pero la pregunta es ¿no va al colegio el niño de 16 años que participó en la mediatizada quema un auto? Si. Es un estudiante igual que cualquier otro, excepto que es hijo de una familia “pobre”, no de clase media. Y eso es fácilmente identificable con solo escuchar hablar a su padre.

Definitivamente, estas lógicas de análisis, si es que hay algo de análisis, tienes un sesgo de clase. Los pobres, los adolescentes de las tomas de terreno, los que muy probablemente ni siquiera salgan a marchar, son el lumpen. La clase media no, porque tiene ciertos elementos para concebir, al menos, la posibilidad de concretar alguna que otra demanda por medio del “dialogo”. Y esta es la más evidente terrible forma de exclusión. Aunque vayas al colegio, si eres flaite, no perteneces a la categoría de estudiante.

Y la intención acá no es generalizar. Es evidente que en las barricadas participan representantes de distintas clases sociales. Pero lo aberrante es que el discurso, desde la derecha hasta la supuesta izquierda, se dé vueltas en la ausencia de reflexión y las declaraciones populistamente fáciles.
Chile y Gran Bretaña, en los tiempos presentes, reflejan los mismos problemas. Estamos viniendo en un mundo profundamente asimétrico, donde es posible ver un sur con hambruna y un norte con una acumulación de riquezas nunca antes vista en la historia. Y aún cuando desde el mundo subdesarrollado miraba con admiración a la bella Europa del bienestar, hoy se ve con desesperación como se cae a pedazos este particular orden. Si el mundo se sigue clasificando entre pobres y ricos, no esperemos que las explosiones de violencia se acaben. De hecho, preguntémonos cuánto tiempo queda hasta que irrumpa, explicita e incuestionable.

Por Cristina Oyarzo Varela
Lic. en Historia, Mg. en Estudios Internacionales U. de Chile

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