martes, 23 de agosto de 2011

Estamos Bien en el Refugio los 33


Hace un año atrás las palabras que dan título a este escrito daban entera cuenta de nuestra historia nacional: en momentos de crisis (que son casi todos en nuestra vida de chilenas y chilenos) las personas de a pie siempre superan a las instituciones y a las autoridades encargadas de liderarlas.

Las conquistas sociales, laborales, acceso a la salud, a la democracia… y un largo etcétera, han sido posible por la presión y lucha de personas, la mayoría anónimas, inspiradas por un sentimiento de hartazgo y con un valor por la justicia anticipada (esa que no han logrado gozar hasta el momento). No se nos ocurre ningún ejemplo (tal vez haya alguno, no nos neguemos) donde el mejoramiento, el bienestar, el crecimiento se produjo por el espíritu generoso de la autoridad o de los líderes de las instituciones encargadas de velar, precisamente por esos valores.

Es cierto que surgieron líderes que interpretaron a tiempo (o con atraso, pero lo hicieron al fin) las demandas de los descalzos y que, supieron conducir a esas gentes al alcance de las conquistas que hoy gozamos indiferentes a los sacrificios (e inclusive de vidas) que las hicieron posibles, cuestiones que hoy nos parecen normales y corrientes, tales como leyes de protección al trabajo, a la infancia, a la libertad, Etc. ; pero, en muchísimas ocasiones, las personas que subieron la voz y dieron el primer paso (ése que siempre es el más difícil) han sido personas comunes y corrientes dispuestas a arriesgar más y no cejar hasta arribar a un mundo mejor para todos.

Digámoslo con claridad: a los treinta y tres mineros los salvaron sus familias y amigos que no estuvieron dispuestos a dejarse amilanar por autoridades que los daban por muertos y eternamente sepultados bajo la montaña.

Cuando la autoridad comprobó la determinación de esas esposas, hijos, amigos de los sepultados, aquellos que no estaban permitiendo el olvido bajo la excusa de lo imposible, entonces se animó para intentarlo, hasta que eso, lo imposible, pudo ser.

Como muchos, lloramos en ese instante del primer comunicado, la señal de vida que obliga al sacrificio, que impulsa a dar el todo y aquello que no hay para ir al rescate de los nuestros: los treinta y tres mineros fueron nuestros, de todos nosotros, por instantes fuimos una gran nación, nación que postergó lo accesorio por lo importante, lo imperecedero: la confianza en que no seremos jamás abandonados.

Ahora estamos viviendo otra gran y pequeña lucha: la grande por la educación para todos en forma y calidad y; la pequeña, educación gratuita para los estudiantes y sus familias.

Contrariamente a lo que algunas personas pudieran creer, las y los estudiantes no son irreflexivos y no pretenden tener toda la razón, tampoco quieren ser entendidos como irrespetuosos de sus profesores o sus padres, o, tampoco, desean atentar contra la propia vida, sino que, al contrario: la reflexión esencial que hacen es que la educación debe estar garantizada para todas y todos, que pagar por ella atenta contra la libertad y la justicia, luchar por estos valores  - entienden -  es luchar por el otro, la otra, es esgrimir la conciencia de ser tan valiosa o valioso como cualquiera, con independencia de la cuna en que se nació o los recursos económicos que se ha logrado acumular.

No pretenden ser más que las autoridades, solo quieren sacarlas de su obnubilación de pensar que los términos del mercado libre (neoliberalismo económico) son los que han de regir las políticas educacionales del país.

No son irrespetuosos con sus padres cuando, desoyéndolos, se arriesgan en protestas o huelgas de hambre, entienden que es una manifestación genuina del amor a que se deben para con ellos, también están luchando por esa justicia que a sus padres les hizo falta (porque aquellos, por ejemplo, estaban ocupados peleando por recuperar la democracia, eran otras las premuras) y, sobre todo (porque se dan cuenta, quizás, que sus logros no serán vividos por ellos mismos), están luchando por las generaciones venideras. ¿Hay un amor mayor a ése?

Ese día en que las autoridades y líderes de opinión dejen de lado sus propios intereses y respiren más pausadamente al observar el devenir de los acontecimientos, lo que hemos logrado como país y lo que nos falta por caminar. Ese día que las autoridades y líderes de opinión acepten sentarse a la mesa con la ciudadanía, los y las estudiantes, de igual a igual, con generosidad, estén dispuestas a oír con el cerebro y el corazón y aprecien la maravilla que tienen ante sus ojos, ese día, será un día muy claro, podremos mirar, a simple vista, desde Arica a Magallanes, como sin duda fue ese amanecer al día siguiente del rescate,  para los treinta y tres mineros y muchos de nosotros…

Víctor Vera
22/8/2011

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