martes, 24 de mayo de 2011

Redemocratizándonos a todo Sol

Era el día de las fiestas de San Isidro. En el metro, en las calles y en el Parque del Buen Retiro, las chulapas y los chulapos lucían los trajes típicos de la comunidad de Madrid. La jornada estaba tibia, amable, sin rastros de la lluvia del día anterior y con esa luz amplificada tan característica de la ciudad. Pudo haber sido un 15 de mayo más; la reversión de otras fiestas con verbenas, romerías y devotos. Pero en paralelo a estas actividades del Madrid tradicional, otras personas, la mayoría de ellas con otras edades y otras vestimentas, no tenía demasiado que celebrar. 

Una crisis que se extiende por demasiado tiempo, que ha salvado bancos al tiempo que ha condenado a las clases medias y bajas; índices de parados que suenan altos en la estadística, pero duelen mucho más en cada casa donde cesó de llegar el sueldo y la ayuda del Estado; jóvenes con grados y posgrados, condenados a la cesantía o a empleos subpagados. Todo ello aderezado con campañas omnipresentes para las elecciones autonómicas y municipales en las que cada bando promete soluciones. Esas promesas, en momentos álgidos, son un mal chiste, y dejaron a las generaciones más jóvenes de madrileños –y de españoles – sin ánimo para fiestas. 

Apenas emergías del metro Sol, comprendías que algo grande estaba sucediendo. Miles de jóvenes, en muchos casos con sus hijos pequeños, enarbolaban pancartas y gritos frente a la Puerta del Sol, el epicentro del movimiento en Madrid.  En esos rostros, y en los microdiscursos de esas pancartas, está el motivo de una protesta que se prolongó porque las personas se negaron a irse a sus casas, a dejar de protestar, porque el descontento lleva ya demasiado, porque las soluciones urgen, y si no las da la clase política, entonces tendrán que crearlas y exigirlas los ciudadanos. Era la efervescencia de la urgencia, la de la desesperación; la urgencia de que se escuche que no estás dispuesto a dar tu voto ni a estos ni a los otros, si ellos no te dan ni siquiera los mínimos para vivir con dignidad. No era la cruzada de los caprichosos ni de los apáticos: era el grito de los que no tienen con qué pagar su piso a fin de mes.  Era –y es – no sólo la indignación por la carencia, sino, sobre todo, la indignación por la desvergüenza.

“Violencia es cobrar 600 euros”

Esta leyenda, una de las que más se han visto escritas, es clave, porque habla de dos violencias juntas. La primera de ellas, el altísimo índice de parados o cesantes, especialmente entre los jóvenes (la cifra bordea el 45 por ciento). Dependiendo de su condición, algunos de ellos recibieron durante un tiempo una ayuda del Estado, de 426 euros. Dadas las circunstancias, muchos de ellos también han perdido este monto. La segunda, el salario mínimo, que ha sido establecido en cerca de 600 euros, una cantidad que en España – al igual que el ingreso mínimo en Chile – no sirve para que nadie pueda realmente ver cubiertas sus necesidades.

“Ni pensionazos ni sueldazos”

Esta petición de mínimos de decencia, ya que no de igualdad, es otra de las consignas de los indignados. Porque mientras la clase media y las clases bajas ven reducidas las ayudas, las posibilidades de empleo y hasta sus pensiones –con un tope de 32 mil euros – una legislación distinta permite que, por ejemplo, los parlamentario con más de siete años en sus cargos, puedan acceder ya a una jubilación. Y que los políticos puedan tener pensiones vitalicias que superan los 74 mil euros.

Y mientras millones de españoles perdieron sus empleos y no pueden acceder a otros nuevos, o deben conformarse con puestos en los que son sub pagados, los banqueros –salvados de la crisis con los fondos de los mismos españoles que hoy están en desesperación – siguen cobrando a fin de año millonarias primas.

“Que no nos representan”

Quienes creen que este es un movimiento útil al triunfo de la derecha, juzgan con estrechez de perspectiva. El descontento de los españoles con el Gobierno de Rodríguez Zapatero no es una novedad. Que ello se traduzca en el triunfo aplastante de la derecha no implica que los indignados se sientan representados por esa derecha.  Lo confirma el grito recurrente del “que no, que no, que no nos representan”, que viene a ser la versión ibérica del “que se vayan todos” argentino. Querer leer este movimiento en clave partidista es demostrar por qué los indignados lo están: están hartos de ser recursos de poder de los poderosos, lápices en la urna, fichas en la empresa, variables de la alternancia. “Alternancia no es democracia”, denunciaba una pancarta en Málaga, mientras la exigencia primaria, al unísono, es dejar de ser tratados como mercancías.
“Estamos aquí porque queremos una sociedad nueva que dé prioridad a la vida por encima de los intereses económicos y políticos. Abogamos por un cambio en la sociedad y en la conciencia social”, dice el manifiesto que se redactó consensualmente el lunes que siguió a la marcha. Si estabas ahí, podías sentir que esa vibración no era parte de una conspiración maquiavélica contra Zapatero ni, ciertamente, un gesto a favor de ninguna facción de la clase política. 

Lo que quieren los indignados no es desestabilizar la democracia, acabar con los partidos, sumergir a España en el caos. Lo que exigen es re-priorizar lo que, como sociedades, legitimamos. Este llamado desde la ética, desde la dignidad de no jugar un juego que nos margina y no nos permite reformular unas reglas tremendamente injustas, es lo que ha tenido eco en todo el mundo. 

Esa indignación que ha intentado soterrarse a través de los medios oficiales y que sin embargo encuentra torrencial cauce en las redes sociales, en los ciudadanos de España y de todo el mundo, es lo que es capaz de conminar a cualquier ciudadano, en cualquier geografía. Similares indignaciones están siendo gritadas en otras partes del planeta, todas ellas con la exigencia de que, por una vez, el diálogo comprenda realmente a los ciudadanos. Que los “nuevos tratos” lo sean en serio, o que se acampe en todas las ciudades del mundo. Que lo que no haga la clase política lo puede hacer la democracia virtual. Que lo que no digan los medios lo pueden decir las redes. Que el mundo de los indignados no es de los apáticos, de los “ni-nis” o de los violentistas –como dijo el presidente Piñera sobre las manifestaciones en el Congreso – sino de quienes están sinceramente comprometidos con otra sociedad, otros valores, otras prioridades. 

Y si las clases políticas no lo comprenden, la respuesta es sólo una: que no nos representan.

Por Ximena Jara, especial para VERSUS 21

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