viernes, 11 de marzo de 2011

El ‘Control de Calidad’ Educativo… y lo que revela

A diferencia del ambiente de muchas profesiones (incluidas las de los políticos profesionales), las salas de clase son un lugar público. Público y a la vez cerrado. Es público porque lo que hace un(a) profesor(a) es escrutado y examinado por al menos un par de decenas de niños/as o jóvenes, quienes no tienen ningún tapujo en expresar lo que piensan respecto a un profesor fuera de la sala de clases, haciendo aún más publico lo que pasa allí dentro. Es cerrado porque esa práctica, la de enseñar en una escuela, se ha convertido en un aislamiento casi completo para el educador, quien muchas veces es contratado para pasar todo el tiempo enseñando en la sala de clases, con mínimo tiempo para preparación de clases o colaboración con pares. Muchas veces ese tiempo se utiliza en procedimientos burocráticos, por lo que no es de extrañar que los fines de semana de un profesor sean dedicados a trabajar en revisión de pruebas y preparación de clases.

Hace unos días leí un reportaje de CIPER respecto a los semáforos de Lavín. El reportaje mostraba con crudeza el entorno en el que trabajan muchas escuelas marcadas con semáforo rojo por su puntaje en el SIMCE, al mismo tiempo que desnudaba que para muchas familias la escuela roja es la única opción. Luego leí un comentario en twitter y me enganché en el limitado diálogo con intervenciones de 140 caracteres:

-       @xxxxxxxxx: Pobre trabajo de @Ciper. Mezclan duras verdades, con verdades a medias y francas falsedades en artículo sobre semáforos :-(
-       @ivansalinasb: cuáles serían las falsedades?
-       @xxxxxxxxx: Decir q moviendo profes de colegios verdes a rojos no cambiaría resultados = FALSO
-       @ivansalinasb: y qué opinas de esta evidencia? --> http://bit.ly/hqfZ1k (hay más falsedades?)
-       @xxxxxxxxx: enseñan parecido. Pero los profesores son bien diferentes entre sí. Uno bueno lleva a mejores resultados q uno malo.
-       es simplista definir mal/buen profesor = mal/buen resultado SIMCE
-       @xxxxxxxxx: bueno, mi punto es que es simplista y dañino definir nivel socioeconómico = puntaje simce
-       @ivansalinasb: pero la evidencia dice que hay correlación entre $ y SIMCE, y entre ubicación geográfica y SIMCE, q es eso si no nivel SE?
-       @xxxxxxxxx: no digo q no haya correlación. Pero sí digo que eso NO es todo. (y eso es lo que se afirma en CIPER)

Me llamó muchísimo la atención el facilismo con que una persona puede calificar la actividad de los y las profesores/as en términos de dualidades bueno/malo, y al mismo tiempo poner la atención en un mínimo punto del argumento de CIPER para invalidarlo como “pobre” (cuestión que se hace siempre con pobres de verdad, por cierto). Volví al reportaje de CIPER para ver cuál es el punto negro al que apuntaba el dialogante. La verdad es que no encontré en el artículo más que un argumento bastante convincente de cómo la mayoría de los colegios con semáforos rojos son para pobres. Puede ponerlo en otros términos: los pobres van en su mayoría a colegios con semáforos rojos, sin mucha opción de elegir.  Al rato me enteré que mi interlocutor twitero es miembro coordinador de la Red Liberal y  ex gerente general del grupo de lobby Educación 2020. Esos datos fueron suficientes para poder entender de dónde viene la crítica al reportaje.

Lo primero, el calificativo de mal o buen profesor, es ya un lugar común en nuestra jerga política educativa. En una sala de clases donde 30 personas juzgan a un profesor como bueno o malo, de seguro se encontrarán diferencias. Un grupo considerará que el profesor es bueno, y otro que es malo (al igual que como juzgamos el argumento del reportaje de CIPER).  Incluso si todos en una sala de clases consideran a un profesor como ‘malo’ o como ‘bueno,’ lo más probable es que el juicio se base en distintas razones. En el centro del argumento educativo actual se encuentra el juicio a la educación, y en particular a los profesores, basado en ‘mediciones’ académicas estandarizadas, las mismas que se usaron para armar los famosos semáforos. En eso, Educación 2020 y el gobierno tienen bastante parecido, pues argumentan desde la misma base ideológica: la competitividad económica de la futura ‘mano de obra’. Con esos juicios, el proceso educativo integral se transforma en un proceso continuo de control de calidad basado en criterios de estándares académicos de pruebas nacionales e internacionales. Ello no considera para nada las otras funciones de la escuela, eliminando de la visibilidad los factores que hacen tan atractivas para ‘esos pobres’ descritos en el reportaje CIPER. Esos mismos profesores de semáforo rojo pueden ser catalogados como buenos profesores por la comunidad, pues en ellos reside cierto prestigio y cierta orientación moral que es valorada más allá de las pruebas fetichizadas del gobierno y tantos otros grupos de lobby educativo.

Es en ese prestigio que aun tienen algunos profesores en muchas comunidades en donde reside la pelea que vemos hoy. La pelea contra los profesores en el sistema educativo es intelectual y al mismo tiempo coercitiva. Es la pelea por la dirección moral de la sociedad, particularmente en los sectores populares, o con semáforo rojo. Esa misma pelea se da en otro frente, el que los liberales tienen contra la curia Católica, que hasta ahora sigue dirigiendo los juicios de moralidad de importantes sectores sociales. Por sus potenciales consecuencias (el despido de profesores o su marca desmoralizante) la utilización de pruebas académicas estandarizadas otorga un enorme poder a cualquier joven que vea en un profesor al represor de su iniciativa, cualquiera sea ésta. En términos liberales, el (mal) desempeño de un estudiante en una prueba estandarizada podría ser una herramienta de liberación como oposición a la personificación de la dirección moral supuestamente opresiva: el/la profesor/a. A un macro nivel, el juicio a los profesores como buenos o malos recae en la herramientas tecnificadas que otorgan las tecnologías y el discurso tecnocrático, y en el explícito rechazo a cualquier atisbo de control social centralizado (aunque en la práctica eso es lo que se hace). O sea, recae en la tecnocracia liberal, y con más fuerza en la tecnocracia neoliberal.

Pareciera que ese maridaje entre tecnocracia y pensamiento liberal es incapaz de aceptar que muchas veces las libertades son microscópicas en comparación a las condiciones materiales de existencia. Ello, a pesar de que la evidencia es construida con las líneas argumentales que el racionalismo liberal defiende tanto, y que adquieren tanta importancia para el lobby de políticas públicas. Querámoslo o no, los semáforos de Lavín le pusieron color a las líneas que separan a las clases sociales. Otros ya vienen haciendo y denunciando eso mismo hace mucho rato, pero la direccionalidad política de los think tanks y de tantos otros paladines de la idealizada libertad individual han usado ello para escribir más derechos, como si ello mecánicamente le entregara más libertad a otros, esos a los que no conocen sino en cifras, estadísticas, servicios sociales, y/o reportajes periodísticos.

Cualquier juicio a la labor docente no puede hacerse con una visión simplista basada en un indicador puramente académico, ni menos cuando una misma experiencia puede ser interpretada distintamente por muchas personas (sino, pregúntele a sus antiguos compañeros de curso por tal o cual profesor). El reportaje de CIPER en particular desnudó lo que significa un color rojo cuando no es una opción de mercado, sino la única opción para muchos: una opción de clase. Eso es algo que un liberal no podría aceptar, como lo que refleja el diálogo twitero acá señalado.

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