jueves, 17 de febrero de 2011

Mi vecino Edmundo. Prólogo de la TV del siglo XXI

Hace dos días caminando por el barrio Santa Isabel, y esquivando la frondosa publicidad de las empresas constructoras que han sabido aprovechar las facilidades del Plan Regulador de la comuna de Santiago, me encontré con un carro de bomberos a la salida de uno de las nuevas construcciones de mi calle. Eran cerca de las 18 hrs. y bromeando dije que se le había quemado el departamento a “Edmundo”, el auto-definido chico mediático de la televisión chilena. La sospecha databa desde hace un par de semanas, cuando en medio de la noche… y en dirección contraria, una periodista y un camarógrafo corrían persiguiendo a un auto que se introdujo velozmente en el mismo edificio. Ahora sé que efectivamente soy vecino de Edmundo Varas, el futbolista de tercera división y ganador del reality show Amor Ciego de Canal 13.

Es difícil ver la televisión nacional y no escuchar en los diversos canales, siguiendo una especie de coro religioso, las historias de Edmundo, quizás el símbolo de lo patético de nuestra cultura audiovisual. Sin dudas sería un buen personaje de teatro griego, predestinado a tragedia del sueño del consumo capitalista. Su origen popular, el ascenso violento a través de la utilización de los medios de comunicación que lo erigió como el símbolo de un romanticismo ceniciento, y la sucesiva exposición de su violencia. Es como si tuviéramos el temperamento iracundo Heathcliff –de Cumbres Borrascosas, la excelente novela de Emily Bronte- actuando en un Chile de escenarios realistas y mentiras convincentes al estilo de “The Truman Show”. 

La televisión de la “dueña de casa” predomina durante todo el día. En nuestra TV abierta disfrutamos cómo se llena la pantalla de variadas teleseries, programas de farándula, reality shows, fútbol, programas de las policías nacionales, películas repetidas, e innumerables menciones publicitarias. Según los ejecutivos de nuestros canales de televisión hoy se hace un indiscutible aporte cultural-educativo, y alguno un poco más pragmático afirma que si hay dudas acerca de los contenidos: “nos ven igual”,  sentenciando que el mercado funciona. Ahora es relevante preguntarse si la televisión nacional es pensada para promover las producciones audiovisuales nacionales de calidad o son más bien sólo un soporte para la venta de una amplia variedad de productos. Los salomónicos dirán que por qué no conciliar las dos cosas. Yo creo que de comercio tenemos exceso y hay que jugarse por crear opciones nuevas que se distancien lo que más puedan de la venta de productos.

Conozco de cerca tres canales de televisión que me parecen que exploran dentro de sus posibilidades en el entendimiento de que la televisión puede ir más allá. ARTE es un canal franco-alemán, que lamentablemente no llega ni una muestra por la señal internacional de TV 5 (televisión francesa), y que nos presenta una diversidad temática muy llamativa. Por otra parte, TV Cultura y Futura de Brasil también intentan relevar programas de realización brasileña, festivales de cine, programas de contenido educativo, e historia de América Latina, entre otros. 

Chile perdió sus dos canales universitarios. El Canal 9-11-RTU o Chilevisión –vendido por la Universidad de Chile tristemente hace ya muchos años, y que pasó en su via crucis por las manos de nuestro mismísimo Presidente-, y Canal 13 –perteneciente a la Universidad Católica, pero vendido recientemente al grupo Luksic-. Las Universidades de Chile y de Santiago afortunadamente conservan sus estaciones de radio, y transmiten hasta nuestros días programas de alto contenido social, político y científico.

Nuestro país tiene la obligación de constituir alternativas que nos hagan mejores como sociedad. La creencia del poder de los medios de comunicación y de las nuevas tecnologías debiese conjugarse con una exigencia por mejorar la calidad de ellos, pensando en el impacto educativo en las nuevas y viejas generaciones. Una ingeniosa caricatura que vi el año ponía el contraste de la calidad de imagen antigua y la high definition, sin embargo en ambas el objeto de observación es el mismo: un tarro de basura.

Creo no equivocarme en pensar en que esta opción pública debiese ser un derecho. Algunos países de América Latina han logrado recientemente establecer leyes de medios de comunicación que han atacado la concentración en pocas manos de los medios, generando opciones comunitarias y estatales, al lado de los tradicionales canales privados. Para poder elegir de verdad necesitamos opciones reales y abiertas. 

A un par de metros, mientras escribo esta columna, Edmundo debe estar descansando en su departamento. Probablemente alguno que otro canal de televisión se mantiene informado sobre sus movimientos, como Frodo seguido por la mirada de Sauron, mientras que al mismo tiempo oculta tanta realidad pública que permanece en una peligrosa zona desconocida.

Jorge Inzunza H.
Santiago, 17 de febrero de 2011

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