sábado, 5 de febrero de 2011

El manifiesto anfibio: la reivindicación de nuestra izquierda


2011. En el reino de la búsqueda de fuente de la eterna juventud, la política se cubre y descubre de acetona, botox y silicona. La renovación huele a traje impecable, zapatos lustrosos, perfecto cabello grisáceo, y acento de aeropuerto gringo. Allí con tres o cuatro celulares en el bolsillo contesta las llamadas del grupo de interés. Pijama planchado, almohada esponjosa, y en la televisión conoce a los pobres mediatizados: las cárceles, el flaite, la pronunciación de un acento intensamente roto.

Una mujer en TVN impreca en medio de las llamas asesinas de la cárcel de San Miguel que sus familiares son humanos…  en la película de trasnoche John Merrick grita desde su monstruosa deformidad: “¡Soy un ser humano!” como un eco, y se nos aprieta toda la sangre de rabia y tristeza. Y todo fluye. Un par de declaraciones de solidaridad preocupada, y pasamos a otra cosa. El pobre está tan lejos de todo y a la vez tan omnipresente. Hay tantos pobres de derecha conquistados por las banderas e himnos de las avanzadas de colegios privados religiosos y laicos, que en un afán darwinista dicen “educar a los mejores” y obtener la excelencia… hay tantos pobres secuestrados por la UDI y el Opus Dei… hay tantos...

Nos robaron el rojo de la igualdad y lo estamparon en casacas de ministros de derecha. El rojo se queda triste y polvoriento completamente amnésico de la sangre mapuche flameando en una bandera gigante en frente de La Moneda. 

Pertenezco a la generación educada en los 70-80… no en Suecia, Argentina ni Alemania… sino aquí en Chile, con acto cívico todos los lunes, y con la segunda estrofa del himno nacional, la de los “valientes soldados”. Conocí de la derrota y el golpe del 73 como llenando espacios vacíos en crucigramas. Y aún estoy en ese ejercicio triste y angustiante. Somos de una izquierda fragmentada, expulsada de los noticieros, intervenida por acusaciones del consenso, perseguida por los montajes… encerrada en discursos voluntariosos, añejos y alienados. Somos de la izquierda que no quiere pactar, ni esconderse en el “centro” inocuo. 

Nuestra vida anfibia no es fácil, pero merece un Manifiesto. Vivimos los ecos de los discursos en el Edificio Diego Portales del dictador contra el marxismo… las universidades enseñan poco y nada sobre el análisis del capitalismo, su evolución, la lucha de clases y la dialéctica. El “anti-sisistema” se ha alimentado de un anarquismo complejo, valiente a veces, circunstancial en otras, temido y perseguido en las piezas teatrales montadas desde los gobiernos. Desde el anarquismo no disputamos el Estado… compleja opción cuando es allí donde hoy está radicando la re-conquista de clase (es decir el desalojo o la clausura de la entrada para las clases populares y medias al ejercicio del poder desde el Estado). Entre marxismo y anarquismo vale la pena intentar algún diálogo. 

Y la vida anfibia no es fácil, porque los ejemplos de las figuras de aquella izquierda de los 60 y 70 hoy están en el poder. Entonces tenemos que sufrir la instalación de reglas del juego que no elegimos, ser chileno o chilena es un artificio sostenido en una Constitución Política fabricada a la medida de los intereses de la privatización y aniquilamiento de la democracia. Entonces el ser de izquierda se traiciona con la compra del supermercado, con el endeudamiento, con la competencia por una escuela decente para los hijos e hijas…, viviendo la explotación en el empleo precario en el sector de servicios, acostumbrándose a trabajar por el bono para lograr la meta de productividad. Y todo parece terminar en un acomodo culpable. 

Qué difícil es el mantener un ideal de igualdad, y sostenerlo desde una izquierda extraviada. Qué difícil si lo comparamos con el éxito relativo de una política pragmática, retrógrada, basada en la vieja compra de votos de la tradición terrateniente. EL territorio de Chile se dividió en circunscripciones que votan inefablemente al vecinito de Las Condes, Vitacura o Lo Barnechea, que en un acto de falso desprendimiento se hace elegir por su Partido para “representar” localidades a cientos de kilómetros. 

Sobrevivir. Entonces la izquierda juega a sobrevivir, asilándose una parte de ella a la Concertación nauseabunda. La otra se reinventa cada cierto tiempo en fusiones y rompimientos sin lograr estructurarse. Hoy el canto de sirena surge nuevamente desde la Concertación derrotada que busca explotar el desencanto.
Y el maquillaje tapiza los nuevos rostros que siguieron el traspaso generacional de Ricardo Lagos. Y aprenden bien. Votan una y otra vez a favor de los proyectos de la derecha, alojados en el sueldo y en el fuero parlamentario. “Cambio estructural” no forma parte del vocabulario del nuevo (¿?) personaje concertacionista. Y parte de la izquierda deambula en sus asambleas. 

Nuestra condición anfibia confía en la quema de la Constitución dictatorial, en los procesos de reparación y protagonismo del pueblo, en la acogida del extranjero latino, en los derechos y en las libertades para crear esperanzas colectivas gratuitas y amantes de la igualdad y la justicia… 

Jorge Inzunza H.

1 comentario:

  1. Jorge, ha emocionado leer tu texto, y solidarizo absolutamente con la tristeza,incomodidad y desadaptación que nos produce vivir en esta sociedad en que cada día se dejan caer los valores y sueños por los que muchos murieron antes que nosotros.
    Un abrazo y gracias por compartir estas reflexiones.

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