martes, 7 de diciembre de 2010

Prólogo a una antología generacional (del libro: El árbol de los libres. Poetas de la generación NN de Chile)


Los chilenos tenemos casi siempre la sensación de habitar un país singular. Por cierto, puede ser una astucia inconsciente para no asumir nuestra contradictoria actitud ante la creatividad y la independencia de juicio: celebramos ambos rasgos, pero al mismo tiempo los castigamos.

Con todo, la idea de Chile como nación especial no deja de tener cierto fundamento. Para empezar, crecemos admirando lo que Benjamín Subercaseaux llamó nuestra “loca geografía”: país largo, angosto y montañoso como ninguno, con una gran diversidad de paisajes y de climas (desde el desierto más seco del mundo hasta los hielos “eternos” de la Antártica), con gran frecuencia e intensidad de sismos (el terremoto de Valdivia tiene el récord en la historia mundial), a lo que se añade un número de volcanes que ningún otro país supera (aquí se encuentra el 15% de los volcanes del planeta). Por otro lado, mantuvimos por casi un siglo y medio la democracia más estable de Sudamérica, aunque después nos transformamos en un país crispado y luego oprimido por una cruenta dictadura. Durante tres años concitamos la atención internacional por el triunfo electoral de Salvador Allende, primer socialista en el mundo elegido democráticamente para el cargo de presidente de un país; sin embargo, a partir del derrocamiento de Allende, Pinochet se convirtió en el arquetipo del dictador latinoamericano.

Y hay otras plusmarcas contrastantes que destacar: el 5 de octubre de 1988 nos convertimos en la primera nación que lograba derrotar en las urnas a un dictador y recuperar luego una democracia, la que ha resultado también estable. Ninguna otra nación de la tierra aplicó con tanta ortodoxia el modelo neoliberal, y ninguna otra ha acumulado en la última década más desigualdad que nosotros en la redistribución del ingreso. Por si fuera poco ilustrativo todo lo anterior, agreguemos que el 2000 un miembro del Opus Dei estuvo a punto de ser elegido presidente del país, lo que habría constituido otra plusmarca mundial.

Estas rápidas pinceladas quieren bosquejar el contexto en que la poesía chilena se ha desarrollado, pues la historia política del país resulta indisociable de su historia cultural. Hay paralelismos asombrosos que pasan inadvertidos; por ejemplo, nuestra historia y nuestro arte están marcados por notas trágicas, a las que sin embargo no se les presta atención. Véase el caso del suicidio: Chile es el único país donde dos presidentes progresistas se autoeliminan durante el ejercicio del cargo (Balmaceda en 1891 y Allende en 1973), ambos inducidos por un acoso implacable. Del mismo modo, grandes luchadores sociales terminaron suicidándose, como Santiago Arcos (1822-1874) y Luis Emilio Recabarren (1876-1924). Nuestros dos cantautores más reconocidos también tuvieron muertes violentas: Violeta Parra se suicidó en 1967 y Víctor Jara fue torturado y acribillado por la soldadesca pocos días después del golpe de estado de 1973. Y en nuestra poesía ocurre otro tanto, pues en cada generación hay suicidas conspicuos: la bellísima Teresa Wilms Montt (1893-1921), que en París y en plena Navidad ingiere una sobredosis de Veronal; Pablo de Rokha (1894-1968), un poeta sui generis que sólo pudo nacer en Chile; Alfonso Alcalde (1921-1992), otro “epilírico” andariego que era también un buen cuentista. La lista incluye otros veinte casos poco conocidos, pero no menos trágicos.

Singular resulta también que Chile haya recibido un tempranero bautismo poético con La Araucana, poema épico que el conquistador Ercilla dejó como testimonio de su admiración por el coraje indígena. Sin embargo, la calidad de la producción poética chilena tardó mucho en ponerse a la altura de semejante bautismo. Se puede decir que la poesía chilena se deja reconocer como un aporte relevante recién en el siglo XX, a partir de Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) y Pedro Prado (1886-1952). Claro que con Vicente Huidobro y Pablo de Rokha conquistó enseguida un aplomo innovador, rasgo que coexistirá desde entonces con su opuesto dialéctico: el arraigo en la tradición y en la fe cristiana. Y ese reverso dialéctico –la intertextualidad con el Antiguo y el Nuevo Testamento– no lo representa sólo Gabriela Mistral, sino poetas tan diversos como Ángel Cruchaga Santa María (1893-1964), comunista y católico, o más tarde Eduardo Anguita (1914-1992), Armando Uribe (1933), José Miguel Ibáñez (1936), Hernán Montealegre (1937), Óscar Hahn, Raúl Zurita (1950), Jorge Montealegre (1954) y varios otros.

A muchos extranjeros les asombra que la academia sueca haya distinguido con el Premio Nobel ni más ni menos a que dos poetas chilenos: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Pero ya no es extraño: mirada globalmente, la poesía chilena contemporánea impresiona por la notable calidad promedio de sus veinte o treinta mejores nombres. Tengo para mí que esa calidad es indisociable de la pluralidad, aunque no lo entiendan así algunos de sus representantes y sus respectivas claques. De hecho, el multidiálogo de nuestra poesía se ha ido desarrollando entre dos tendencias opuestas: el ímpetu rupturista y el ahondamiento lírico, la protesta sociocrítica y la emoción fraterna, la experimentación formal y el arraigo acendrado en formas tradicionales como el soneto y aun el romance (el primer libro de Parra, Cancionero sin nombre –1937– es una suerte de romancero garcialorquiano a la chilena). Entre esos polos extremos se despliega un amplio espectro de autores, cuyas polaridades y matices reaparecen a menor escala –a la manera de un fractal– en la trayectoria de nuestros poetas más completos y complejos, e incluso en los matices internos de algunas obras particulares. Como ejemplos de esto último cabe citar de nuevo dos casos polares: Leyendas del Cristo negro (1967), de Mafhud Massís (1916-1990) o Poemas dogmáticos (1972), de J. M. Ibáñez.

Desde luego, la poesía de la generación ochentera también presenta una gama variopinta, cruzada por esas y otras polaridades. Artificialmente, en parte por la manipulación ideológica, en parte por caprichos o miopías de la crítica y en parte también por ciertas estrategias de posicionamiento, la diversidad de nuestra promoción no ha sido destacada o siquiera percibida. Y claro, no es éste el lugar para estudiarla a fondo, pero al menos se me excusará que señale algunos de sus varios perfiles posibles.

Nuestra hornada puede considerarse nucleada en torno a 1955 como fecha de nacimiento promedio. Es justamente el año en que nacieron algunos de sus mejores narradores (como Jaime Collyer, autor de cuentos antológicos, o Marcelo Maturana, que aún no se decide a reunir los suyos en un volumen) y varios ensayistas de lucidez y autonomía más que probadas (Martín Hopenhayn, Alfredo Jocelyn-Holt, Miguel Orellana y Cristián Vila). Por supuesto, hay varios autores relevantes nacidos un poco antes, como el cronista y narrador Pedro Lemebel, el dramaturgo Marco Antonio de la Parra (1951) y narradores como Hernán Rivera Letelier (1950), Arturo Fontaine (1952), Roberto Ampuero (1953), Roberto Bolaño (1953-2003) y Antonio Ostornol (1954). Varios otros nacen en 1956, como Pía Barros, Ramón Díaz Eterovic, Carlos Iturra y Diego Muñoz. Un poco más jóvenes son Gonzalo Contreras (1957), Roberto Brodsky (1957), Carlos Franz (1958), Pablo Azócar (1958), Sonia González (1958) y Mauricio Electorat (1960).

Al momento del golpe de estado, sólo unos pocos poetas superaban los veintiún años, que entonces era el límite legal para la mayoría de edad. Tales eran los casos de Rodrigo Lira (26.12.1949/26.12.1981), Raúl Zurita (1950), Carlos Cociña (1950), Juan Antonio Massone (1950), Paulo de Jolly (1952) y Elicura Chihuailaf (1952). Así, según la constitución, los más jóvenes no éramos ciudadanos con todas las de la ley. El 11 de septiembre de 1973 (día en que se ejecutó el golpe, que en todo caso se venía urdiendo desde mucho antes), varios poetas contaban apenas veinte años: Roberto Bolaño, Clemente Riedemann, Mauricio Redolés, María Inés Zaldívar y Verónica Zondek. Aún más jóvenes eran Edgardo Anzieta, Carmen Gloria Berríos, Antonio Gil, Jorge Montealegre y Alejandro Pérez, nacidos por igual en 1954. De 1955 son Teresa Calderón, Aristóteles España, Sergio González, Erick Polhammer, Armando Rubio y Arturo Volantines. En 1956 nacen Lila Calderón, Alexis Figueroa, Tomás Harris, Guillermo Riedemann (ex Esteban Navarro) y quien esto escribe. Elías Letelier, José María Memet, David Miralles, Bruno Montané y Bruno Vidal nacieron en 1957; Sergio Mansilla y Carlos Decap, en 1958. Con Isabel Gómez (1959) y Rosabetty Muñoz (1960) se cierra esta selección y empieza a abrirse paso la generación siguiente.

Tanta convergencia cronológica contrasta con la divergencia de los registros, pero marca un contexto histórico común. Debimos asistir a grandes cambios, a veces como espectadores impotentes y otras veces como participantes críticos y activos. Durante los años del terror dictatorial, por ejemplo, resultaba notorio que entre nosotros predominaban las posiciones de izquierda, y hasta quienes estaban inclinados a la centroderecha mostraban también rebeldía anárquica o al menos independencia respecto de los poderes fácticos –o más bien putrefácticos– que controlaban tras bambalinas la escena nacional. No necesito aclarar que entre nosotros había matices ideológicos y estéticos casi para todos los gustos, pues tal diversidad la apreciará por sí mismo el lector cuando vaya pasando de un poeta a otro en las páginas de esta antología. Si no me equivoco, fueron precisamente esa heterogeneidad y ese coraje generacional los rasgos que más llamaron la atención de Fabián Gómez. Baste decir que en su viaje a Chile no iba animado por ningún interés en nuestra generación ni menos por el deseo de acometer el desafío de preparar una antología.

Y es que nuestra generación ya no hace ruido. Y acaso nunca hizo mucho, marcada como estaba por el dolor, la indignación y cierta mirada solidaria. No pretendíamos ser “la voz de los sin voz”, pero sabíamos que no podíamos callar y tampoco debíamos hacer alardes de heroísmo ni limitarnos a entonar el martirologio. Entre nosotros hubo condolor y también dolores propios. Desde luego, varios sufrieron la prisión política (Zurita, Bolaño, Riedemann, Redolés, Montealegre, España, Memet). Además, el exilio, la dispersión geográfica y la atmósfera de terror impidieron que nuestra hornada cultivara los vínculos y las amistades tan naturales en otras generaciones. Por último, y acaso más que ninguna otra, la nuestra tuvo que lamentar varias muertes prematuras, incluyendo algunas trágicas: Víctor Fazio (1954-1974) murió a días de publicar su primer libro (Esqueletos para un corazón). Armando Rubio (1955-1980), hijo del poeta Alberto Rubio (1928), cae desde un sexto piso y fallece al instante, dejando inédita una obra precoz, que aún no se publica íntegramente. José Miguel Arteche (hijo de Miguel Arteche) y Bárbara Délano (hija de Poli Délano) también mueren prematuramente. Roberto Bolaño, el más conocido de todos, falleció a los cincuenta años y en plena madurez creadora. Y hay al menos dos casos de suicidio manifiesto: Rodrigo Lira se corta las venas en la tina del baño, en el día y en la hora en que cumplía treintaidós años, y el ensayista y poeta Germán Bravo (1955-1994) cortó su vida antes de los cuarenta años.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la generación tampoco ha tenido fortuna editorial. De hecho, las antologías son escasas y un tanto aleatorias, sobre todo las que se publican en la misma década del ochenta. Y casi no podía ser de otro modo, pues compilar una muestra generacional equivalía a trazar el plano de una ciudad durante un terremoto. Había interés y buenas intenciones de algunos estudiosos y antólogos, pero no había condiciones objetivas para compilar muestras amplias y representativas.

En este sentido, Fabián Gómez ha hecho un considerable servicio. Aún hoy cuesta muchísimo que los poetas respondamos a una convocatoria como la que él nos hizo hace un año. Por mi parte, le ofrecí una lista de cincuenta poetas congeneracionales, acompañando los nombres de direcciones electrónicas y otras señas. Varios de los poetas aquí incluidos colaboraron también con más nombres y obras, y me consta que a otros el antologador les envió una invitación cordial y estuvo esperando sus respuestas hasta el último día.
Pese a su brevedad y a algunas ausencias no deseadas, esta selección de Fabián Gómez tiene rasgos que se deben destacar. Desde luego, el libro expresa su deseo justiciero de contribuir a la difusión de un grupo que le pareció –en términos comparativos– inmerecidamente olvidado y hasta ninguneado. Es de notar también la apertura de sus gustos y su buena disposición para leer todo lo que su breve estancia en Chile le permitió. Por otro lado, su compilación rescata algunos nombres de los épicos años de la Asociación Cultural Universitaria (por ejemplo, Víctor Hugo López y Boris Hiche estudiaban Ingeniería en la Universidad de Chile, mientras Alejandro Pérez y Sergio González estudiaban Psicología), e incluye otros tantos de la Unión de Escritores Jóvenes (constituida en 1977) y del Colectivo de Escritores Jóvenes (1982-1984). Obviamente, una nueva edición podría incluir otros nombres y otros poemas; pero eso se puede decir de cualquier antología. El antólogo bien pudo ahorrarse este trabajo, por el cual Chile no ofrece más pago que las enemistades y el resentimiento; pero asumió el desafío y merece nuestra gratitud. En otras latitudes su compilación será acogida con mayor ecuanimidad que en este rincón sudamericano. Sinceramente, deseo a las nuevas generaciones visitas generosas y desinteresadas como la que Fabián González hizo a Chile.

Eduardo Llanos Melussa

Santiago, 17.01.2008.

[Nota: Este prólogo pertenece al libro de Fabián Muñoz: El árbol de los libres. Poetas de la generación NN de Chile. Ediciones Arlequín, Guadalajara, 2008, 272 pp. El prólogo aparece publicado entre las páginas 9 y16, con algunas erratas que aquí se han corregido. Se ha publicado en VERSUS 21 con autorización de Eduardo Llanos].

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