lunes, 9 de agosto de 2010

Simce go home!


“something wicked this way comes”
(William Shakespeare)

Que el inglés “abre puertas”, como diría el ex ministro de educación Sergio Bitar, tiene una verdad ambigua. La pregunta que debiésemos hacernos es qué puertas son las que se abren, cual Alibabá pronunciando “Ábrete Sésamo”, y qué hay tras ellas. Estas preguntas me parecen esenciales luego de que el pasado 23 de julio, y después de dos meses del anuncio presidencial, el ministro de educación Joaquín Lavín nos presentara la nueva prueba estandarizada de inglés que será destinada a nuestros/as estudiantes de tercero medio (jóvenes de 16 años de edad aproximadamente). Con ello el ministro nos lanza uno de los principales desafíos educativos para el nuevo gobierno chileno: ser bilingües.

El desafío del bilingüismo puede parecernos, en una primera ojeada, un objetivo razonable. Sin duda el inglés constituye una lengua importante en el concierto internacional, sobre todo pensando en los inagotables esfuerzos realizados por el poder político chileno en firmar el TLC con Canadá y Estados Unidos. Para las autoridades ministeriales actuales el inglés es una herramienta más al servicio de la inserción económica de Chile. Sin embargo, Chile ha firmado también acuerdos con China, Comunidad Europea, Corea, Centroamérica (Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua), y México, y no estamos aprendiendo coreano, ni chino mandarín, ni italiano, ni alemán, ni francés, (estas dos últimas lenguas prácticamente desaparecieron de las escuelas chilenas desde hace unos quince años y casi románticamente se siguen impartiendo como licenciaturas en escuelas de pedagogía).

Me gustaría que pudiésemos vislumbrar otra posibilidad de pensar los idiomas y su aprendizaje. Siempre hay razones económicas que facilitan la toma de decisiones en un sentido y no en otro, sin embargo el abuso de este exclusivo criterio ha llevado a Chile a optar ciegamente por el inglés, negando aproximarnos a otras lenguas y culturas. Por una parte, el caso mexicano nos muestra un país que ha intentado proteger sus lenguas originarias, exigiendo niveles de competencia de éstas para el ingreso a la universidad. En Chile no ha habido nunca una política nacional de aprendizaje del mapuzungun, aymara o rapanui, lenguas destinadas a su desaparición o a quedar fijadas como un triste recuerdo, paradójicamente, en nombres de calles de los barrios de altos ingresos. Por otra parte, el caso brasileño ilumina otra arista del asunto. El sistema escolar de Brasil ha introducido desde este año el español como asignatura obligatoria en la enseñanza media, mientras en Chile ni siquiera se considera el aprendizaje del portugués, lengua hablada por 180 millones de latinoamericanos.

No es de extrañar entonces que nuestras actuales autoridades, la mayoría de ellas con estudios de postgrado en Estados Unidos, nos impongan un SIMCE para evaluar nuestra capacidad de sintonizarnos con el inglés, lo cual en el Chile actual significa premiar a las escuelas privadas con certificaciones gratuitas para el 10% de nuestra clase alta - pagadas por nuestros impuestos al Educational Testing Service-. Interesante concepción de la igualdad.

La libertad defendida por nuestras autoridades termina junto a la compulsión de los exámenes estandarizados. Una política educativa de lenguas debe considerar la diversidad para elegir lenguas originarias y lenguas extranjeras, introduciéndolas en sus contextos culturales. Porque mediante las lenguas se transmiten no sólo signos y fonemas, sino también visiones de mundo. Además una política de idiomas debiese instalarse como un derecho de toda nuestra población, la cual está condenada a pagar dos o tres sueldos mínimos por un par de niveles en un centro de estudios de idiomas, y otro tanto más por la certificación internacional. El aprendizaje de los idiomas en Chile no se exime de mostrarnos, otra vez, la extrema desigualdad de nuestro país, aspecto sospechosamente omitido por nuestras autoridades.

Todo esto, y mucho más, nos lleva a creer que un SIMCE de inglés no constituirá un aporte mayor a Chile, y nos conduce ideológicamente más bien a la clásica dominación estadounidense (y canadiense)… la misma que nos está expropiando diariamente del cobre chileno.

Como diría Shakespeare: Algo malvado viene hacia acá.

Jorge Inzunza H.
(Programa EPE, U. de Chile; Estudiante Doctorado en Educación UNICAMP)

2 comentarios:

  1. y agreguémosle 2 agravantes:
    - en paraguay guaraní y español son los idiomas oficiales, enseñándose el guaraní en las escuelas ni siquiera como segundo idioma, sino tal y como nos enseñaban "castellano", y los profesores al hacer sus clases hablanen guaraní o español.
    - no tenía idea que el idioma de los mapuches era "mapuzungun" y no "mapudungún". a años luz de aprenderlo...

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  2. en realidad la terminología a utilizar puede ser mapudungun, o mapuzungun. Sin embargo en recientes escritos que he visto, por ejemplo de Elicura Chihuailaf, y otros, hablan de más bien del mapuzungun, que según me parece responde más a la pronunciación.

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