jueves, 6 de mayo de 2010

¡DESAPARECIDA!

En la ventana de un viejo bus repleto de pasajeros, vi un amarillento y desvaído cartel que decía: ¡DESAPARECIDA! Y luego una fotografía, ya borrosa, un nombre y una fecha.

Imaginé la casa de esa niña, la silla vacía, el cuarto aseado para cuando vuelva, los juguetes polvorientos a pesar del cuidado materno. Porque la que se va y no vuelve pronto, un día, tarde o temprano, volverá, porque la queremos, porque nos extraña, porque seguramente llora en la noche, sola, porque sueña en ese día que es su esperanza, y tal vez no coma, pobrecita…

Y luego, no imaginé, sino revisé los últimos reportes anuales de personas desaparecidas en el Perú, y la evidencia de esa lacerante realidad me dejó anonadado, abismado en la perplejidad –pero más en el odio- de una situación cuyo averno no tienen parangón por su perversidad y que también es aceptada complacientemente por la sociedad biempensante de los países capitalistas, como el nuestro: En el 2007: 847 desaparecidos, entre niños, niñas, adolescentes y uno que otro joven, y, más raro aún, algún adulto; 2008: 979; 2009: 1279; 2010: 385 (enero- marzo). El incremento es aterrador. ¿Cuántos casos han sido resueltos? ¿La policía y las autoridades ponen el mismo empeño en resolverlos, como ponen en buscar y rescatar a empresarios o personajes con influencia y poder?

Según fuentes policiales sólo en Lima desaparecen un promedio de 8 personas diariamente, la mayoría de las cuales son niños y niñas. Del total de desaparecidos sólo un 10% retorna a sus hogares, del resto se pierde su rastro definitivamente.

Sin embargo, se conoce el destino de los desaparecidos: el tráfico de niños es el tercer negocio mafioso internacional que mueve miles de millones de dólares después de la droga y la venta ilegal de armas, y esos niños serán sacrificados como animales de laboratorio, y serán vendidos sus órganos, o serán utilizados como esclavos sexuales.

Hay, pues, un verdadero mercado de niños y niñas, y como en cualquier mercado hay un stock de colores, tamaños, edades y otras características que son ofertadas por una mafia de traficantes a insaciables devoradores, llamados eufemísticamente “turistas sexuales”, o a verdaderas organizaciones criminales que cada día crecen en el mundo. ¿Cuántas autoridades corruptas están involucradas en este infame negocio?

No se trata sólo de calmar nuestra indignación condenando – con justicia – a los curas pederastas, sino también se trata de denunciar, sin vacilaciones ni pudorosos temores, la sistemática y cuantiosa actividad económica de la trata de personas, particularmente de niños y niñas, en la cual se encuentran pervertidos negociantes y monstruos humanos de la peor especie.
Mientras tanto, cada madre y cada padre mueren diariamente un poco al no conocer el destino de su ser querido. Y los que se han resignado a no ver nunca más a la desaparecida, al desaparecido, no tienen una tumba para ir a depositar flores o para decir una oración. En realidad, no tienen ya nada, y la esperanza, desvaída como ese cartel del viejo bus, se va destiñendo lentamente con el paso de los años, que también roe los juguetes convertidos en punzantes puñales que cada día, oh mi pequeña, oh mi pequeño, desgarran nuestro corazón, pero ya no llores, porque pronto nos encontraremos en las praderas de la eternidad y entonces ya nadie nos podrá separar…


Gustavo Benites Jara

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