lunes, 8 de febrero de 2010

Lecciones soviéticas de Afganistán

Afganistán está sumido en la confusión, las tensiones aumentan y mueren personas todos los días. Muchas de ellas (incluyendo mujeres, niños y ancianos) no tienen nada en común con los terroristas o los militantes.

El gobierno está perdiendo el control sobre su territorio: de las 34 provincias, el Talibán controla una docena. La producción y exportación de narcóticos está en ascenso.

Existe un real peligro de que la desestabilización se extienda a países vecinos, incluidas las repúblicas del Asia central así como Pakistán.

Lo que comenzó después del 11 de septiembre de 2001 como una respuesta militar aparentemente adecuada destinada a extirpar el terrorismo podría terminar en un fracaso estratégico mayor.

Necesitamos entender por qué está ocurriendo esto y qué puede hacerse todavía para superar una situación que está cerca de ser desastrosa.

La reciente conferencia de Londres, a la que asistieron representantes de muchos países y organizaciones internacionales, es un primer paso en una nueva dirección.

Tras diligentes preparativos, los delegados a la reunión de Londres tomaron decisiones que podrían ayudar a revertir las cosas, pero sólo si vuelve a evaluarse la experiencia de las tres décadas pasadas y se aprenden sus lecciones.

En 1979, el liderazgo soviético envió tropas a Afganistán, justificando esa iniciativa no sólo por el deseo de ayudar allí a elementos amistosos, sino por la necesidad de estabilizar a un país vecino.

El mayor error fue no haber entendido la complejidad de Afganistán, su tejido de grupos étnicos, clanes y tribus, sus singulares tradiciones y su mínima gobernabilidad.

El resultado fue lo contrario de lo que pretendíamos: una inestabilidad aún mayor, una guerra con miles de víctimas y peligrosas consecuencias para nuestro país.

Además, occidente, especialmente EEUU, siguieron alimentando el fuego en el espíritu de la guerra fría; siguió dispuesto a apoyar al que fuera en contra de la Unión Soviética, sin pensar en las consecuencias de largo plazo.

Como parte de la perestroika a mediados de los ’80, el nuevo liderazgo soviético sacó conclusiones de nuestros problemas en Afganistán.

Tomamos dos decisiones cruciales. Primero, establecimos la meta de retirar nuestras tropas.

Segundo, nos dispusimos a trabajar con todas las partes del conflicto y con los gobiernos implicados para lograr una reconciliación nacional en Afganistán y hacer de él un país pacífico y neutral que no amenazara a nadie.

Recordando, sigo creyendo que era un proceso de dos vías adecuado y responsable. Estoy seguro de que, si hubiésemos sido plenamente exitosos, muchos problemas y desastres podrían haberse evitado.

Nuestra nueva política no era sólo una declaración; durante mi mandato trabajamos duro y de buena fe para implementarla. Para tener éxito, necesitábamos la cooperación sincera y responsable de todas las partes.

El gobierno afgano estaba dispuesto a un compromiso y avanzó considerablemente para lograr la reconciliación. En un número de regiones, las cosas comenzaron a mejorar.

Sin embargo, Pakistán, en particular su plana mayor, y EEUU bloquearon todas las vías de avance.

Querían una cosa: la retirada soviética, lo que, según pensaban, los dejaría a ellos con el control completo.

Al negarle al gobierno del Presidente afgano Mohammad Najibullah ni siquiera un apoyo mínimo, Boris Yeltsin les hizo el juego al llegar al poder.

Durante los ’90, el mundo pareció indiferente a Afganistán. En esa década, el gobierno del país cayó en manos de los talibanes, que convirtieron a Afganistán en un refugio para los fundamentalistas islámicos y en una incubadora del terrorismo.

El 11 de septiembre de 2001 fue un rudo despertar para los líderes occidentales. Pero incluso entonces Occidente tomó una decisión que no fue debidamente meditada y por lo mismo se demostró errónea.

Tras derrocar al gobierno talibán, EEUU pensó que la victoria militar, alcanzada a un bajo costo, era final y había solucionado básicamente el problema de largo plazo.

El éxito inicial fue probablemente una razón para que los estadounidenses esperaran un “paseo” en Irak, dando allí un paso fatal en una estrategia militarista.

Mientras, construyeron una fachada democrática en Afganistán que había de ser vigilada por la Fuerza Internacional de Ayuda de Seguridad, es decir, las tropas de la OTAN.

POLICÍA GLOBAL

La OTAN buscó asumir cada vez más el rol de un policía global. El resto es historia. La vía militar en Afganistán resultó ser cada vez menos sustentable.

Ése era un secreto a voces, hasta el embajador de EEUU lo dijo en cables recientemente divulgados.

Se me ha preguntado varias veces en los meses recientes qué le recomendaría yo al Presidente Obama, que heredó este lío de su antecesor. Mi respuesta ha sido la misma cada vez: una solución política y el retiro de las tropas. Eso requiere una estrategia de reconciliación nacional.

Ahora, finalmente, una estrategia muy parecida a la que ofrecimos hace más de dos décadas, y que nuestros socios desestimaron, fue presentada en la reunión de Londres: una reconciliación que involucre a todos los elementos más o menos razonables en la reconstrucción, y un énfasis en una solución política más que militar.

El enviado de la ONU a Afganistán dijo en una reciente entrevista que lo que se necesita es la desmilitarización de toda la estrategia en Afganistán.

¡Qué vergüenza que esto no se dijera, e hiciera, mucho antes! Las posibilidades de éxito (éxito más que “victoria” militar) son a lo más 50-50.

Ha habido ciertos contactos con algunos elementos del Talibán. Aún se necesita hacer más para incorporar al proceso a Irán; mucho trabajo duro queda por hacerse con los paquistaníes. Rusia podría ser una parte importante del proceso hacia un acuerdo afgano.

Occidente debiera apreciar la posición que los líderes de Rusia están tomando respecto de Afganistán.

En lugar de regodearnos y dejar que Occidente se las arregle solo mientras nos lavamos las manos en todo este asunto, Rusia está dispuesta a cooperar con Occidente porque entiende que es de su propio interés contrarrestar las amenazas provenientes de Afganistán.

Rusia está en lo correcto al preguntar por qué, durante los años de presencia militar de EEUU y la OTAN en Afganistán, poco o nada se ha hecho para reprimir la producción de narcóticos, grandes cantidades de los cuales fluyen a Rusia a través de las porosas fronteras de sus vecinos.

Rusia también está en lo correcto al pedir acceso a las oportunidades económicas en Afganistán, incluyendo la reconstrucción de docenas de proyectos edificados con nuestra ayuda y destruidos después durante los años ’90. Rusia es vecino de Afganistán y sus intereses deben ser tomados en cuenta. La lógica parece obvia, pero a veces se impone un recordatorio.

Quisiera confiar en que está amaneciendo un nuevo día para el sufriente Afganistán, un haz de esperanza para sus millones de habitantes.

La oportunidad está allí, pero se necesita mucho para aprovecharla: realismo, persistencia y, por último, pero no menos importante, honestidad para aprender de los errores cometidos en el pasado y la capacidad para actuar en base a ese conocimiento.

Por Mijail Gorbachov/Herald Tribune

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