miércoles, 21 de octubre de 2009

Una píldora para la educación sexual

Los senadores Carlos Ominami y Guido Girardi han presentado una innovadora indicación al proyecto que busca restablecer la distribución de la píldora del día después en el sistema público de salud: repartirla en los establecimientos educacionales. Las reacciones han sido variadas desde la ciudadanía, los más retrógrados rechazan absolutamente esta medida, indicando que se incentivará el libertinaje e irresponsabilidad sexual juvenil; pasando por aquellos que consideran que este es un tema de salud, y que debe ser abordado por los consultorios; y hasta quienes señalan que debe repartirse en cualquier lugar, favoreciendo el acceso universal.
No deja de sorprender esta iniciativa política cuando hemos vivido décadas de negativas políticas que impulsen, siquiera, la introducción de la educación afectiva y sexual en los establecimientos educacionales. Extraña también porque, en defensa de la medida propuesta, los senadores señalan que la entrega de la píldora se hará con la asesoría de orientadores y psicólogos. Y es tal vez aquí cuando nuestros senadores muestran la más absoluta ignorancia de las condiciones de las escuelas y liceos. Hoy en los establecimientos educacionales se evita dar a los alumnos/as cualquier tipo de pastillas, incluso la “polifuncional” aspirina, y esto es una disposición de responsabilidad, ya que no se debe promover la medicalización sin una opinión médica. Por otra parte, las escuelas hace mucho tiempo que demandan la presencia de profesionales de la salud de forma permanente, no existiendo tampoco enfermerías ni equipamientos mínimos, lo cual constituye una deuda innegable.
En cuanto a la Orientación que defienden los senadores, muchas escuelas hoy no tienen este cargo en sus equipos docentes, y si los hay, no existe una política consistente de apoyo a este rol: oferta de formación, materiales, y condiciones laborales para conducir un proceso de incorporación de los profesores jefes a un plan de Escuela.
Y qué decir de los psicólogos, este profesional no existe prácticamente como figura en las escuelas municipales, y escasamente habita en las escuelas particulares subvencionadas.
En este sentido, las medidas propuestas por los senadores son sospechosamente inaplicables en las escuelas. ¿Por qué no preocuparse de dotar primero a nuestro sistema educativo de condiciones reales para asumir la dimensión de salud física, sexual y psicológica? Esta no es una tarea más a cargar sobre los hombros de los docentes, sino de una política pública que instale a los profesionales de la salud en las escuelas. Si no hay pronunciamiento sobre estos puntos neurálgicos, la idea no pasa de ser literalmente una “píldora”.

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO U. de Chile

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