miércoles, 21 de octubre de 2009

Tiempo para ser, soñar, hacer… ¿para qué la Jornada Escolar Completa?

Estudié la mitad del tiempo de lo que estudian los niños, niñas y jóvenes del 2008. Eso debería significar que las nuevas generaciones están aprendiendo el doble de lo que aprendimos aquellas generaciones que seguimos a la Reforma Educacional de 1965 (la de Frei padre), donde para dar mayor cobertura al sistema, se optó por reducir el tiempo escolar a media jornada. Y pese a todo algo aprendimos.

Recuerdo haber ido a jugar ajedrez en las tardes, en talleres que ofrecía la Municipalidad de San Miguel. También jugaba, no mucho en la calle en realidad. Repasaba mis materias, ante la mirada atenta de mi madre que tenía muy claro que la educación implicaba disciplina… y sobre todo autodisciplina. Y parece que resultó. He estudiado entre 18 y 19 años en el sistema, y persisto en tratar de desentrañar los secretos de este apasionante mundo de los descubrimientos, el desarrollo de las personas, y las relaciones que se dan en el marco de la enseñanza-aprendizaje. Vivencia y reflexión.

La Jornada Escolar Completa (de Frei hijo) se fundamentó en que en Chile se había logrado un buen nivel de cobertura y que ahora había que dar calidad, y que para alcanzarla, hacía falta mayor tiempo. Se debía escolarizar más. A nadie se le ocurriría preguntarles a los niños ni a los padres si consideraban si esta era una buena medida. Desafortunadas circunstancias confabulan a favor de esta iniciativa de los años 90: la desconfianza hacia los jóvenes (mejor tenerlos en la escuela que en las calles), y el desquiciado sistema laboral (el hogar se convierte en una especie de mero “dormitorio”, atentando contra el lazo afectivo entre padres, madres e hijos e hijas). La escuela ganó tiempo, mientras la familia lo perdió. Curioso que ante esta realidad, la derecha, que dice proteger a la familia, nunca ha protestado.

Pero ¿para qué ha ganado tiempo la escuela? La protesta de los estudiantes secundarios en 2006 reclamó el hecho que las escuelas estaban haciendo “más de lo mismo”. Más matemáticas, más lenguaje y alguno que otro taller que cedía a los intereses juveniles. La escuela entonces también ha quitado espacio a la expresión juvenil y esto ha implicado evidentemente presionar a la institución escolar y a sus profesionales a tratar de imponer un fuerte ritmo de “trabajo” y disciplina para hacer “más de lo mismo”, porque el sistema controlará los éxitos sólo con sus pruebas de rendimiento estandarizadas en matemáticas y lenguaje.

¿Pero por qué no pensar las cosas de forma diferente? ¿Qué nos amarra a seguir presionando a las escuelas? ¿Nos hace más felices tener un mejor SIMCE?

Debemos llevar tiempos de ocio y voluntariedad a las escuelas. Como bien indica el dicho popular, “el tiempo es oro”, pero el valor lo constituirá lo que seamos capaces de producir con él. Cuánto seamos capaces de hacer, soñar y ser… liberar la relación de enseñanza-aprendizaje, será la medida de lo que seamos capaces de crear, vivir y desafiarnos. Y el que podamos valorar estos aprendizajes será labor de todas y todos.

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO U. de Chile

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tus comentarios en Versus...