miércoles, 21 de octubre de 2009

En la encrucijada de la Educación Técnico-Profesional

En el discurso del 21 de mayo de 2007 Michelle Bachelet anunció la inyección de recursos económicos extraordinarios para la educación técnico-profesional. Para quienes conocemos un poco más de cerca esta modalidad de la educación secundaria chilena, significaba una señal importante, que rompía con el abandono de estos establecimientos escolares, especialmente de aquellos que atienden a la población escolar que más necesita de apoyos concretos que permitan acreditar aprendizajes de relevancia para el desarrollo personal y del país.

¿Pero qué paso con estas medidas? Vimos a los liceos trabajando arduamente en tratar de completar formularios y realizar cotizaciones para adquirir equipamientos necesarios para la implementación de sus carreras. En tiempo record, muchos liceos hicieron proyectos en un mes. Este apuro de la política pública ya nos indica un problema de base. En muchos liceos, hacen falta estudios complejos de sustentabilidad de carreras técnico-profesionales, muchas han perdido sentido para el desarrollo local. Evidentemente, pedirle estas justificaciones a los docentes, que no son pagados por reflexionar sobre la pertinencia de estas formaciones -y que cuando lo hacen es por simple voluntad o amenaza-, es un imposible; caso que se ve agravado cuando los sostenedores escasamente han desarrollado políticas locales que articulen educación y desarrollo, o cuando las han realizado, en el caso de los alcaldes, muchas veces prima el cálculo electoral más que la seriedad técnica.

Han pasado catorce meses desde el anuncio presidencial, y no ha ocurrido nada. Las nuevas adquisiciones para los liceos debieron llegar hacia fines de 2007, pero no han llegado. Lo más sorprendente es que esto no parece extrañar a los directivos de los liceos, constituyendo, para ellos, un ejemplo más de la inconsistencia y extravío de la política pública en relación a la responsabilidad de impulsar estos liceos. Nos hemos acostumbrado a que todos los sindicados como “responsables” enuncien su preocupación y declamen medidas concretas de ayuda, iniciando muchas veces procesos burocráticos que conducirían a la solución de las deficiencias, para luego “archivar las buenas intenciones”.

Ante todo esto, los grandes perjudicados y perjudicadas de estos procesos de simulacros, son los mismos de siempre: los estudiantes, y de paso los docentes, quienes se convierten en el rostro visible en las escuelas de lo que la política pública promete y no cumple.

Esperemos que en esta Semana de la Educación Técnico-Profesional escuchemos menos promesas, y aparezcan los recursos concretos para apoyar esta modalidad, que constituyen más del 40% de la matrícula de la enseñanza secundaria chilena, y que debe dejar de ser pensada como la educación caritativa de los pobres. Todo esto, con la participación profesional de los docentes y comunidades educativas.

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO U. de Chile

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