miércoles, 21 de octubre de 2009

El orgullo carcelario en Chile

Realmente no sabían un corno 
pobrecitos creían que libertad 
era tan sólo una palabra aguda que muerte
era tan sólo grave o llana
y cárceles por suerte una palabra esdrújula.
Olvidaban poner el acento en el hombre.
(Mario Benedetti, de Hombre preso que mira a su hijo)

En un día en el cual, casual o sintomáticamente, los gendarmes y profesores han parado, las estadísticas muestran un aumento del 41% de la población carcelaria desde que se instaló la reforma penal. Esto quiere decir, que cualquiera de las ciudades como Vallenar, La Calera, Constitución, San Carlos, Tomé, Lota, Ancud, Coihaique, o Paine en la Región Metropolitana, podría estar habitada sólo por presos. La cifra llega hoy a 52.375 personas, ante la cual el subsecretario de justicia declara orgulloso que en Chile "tenemos un sistema de persecución criminal más eficiente".

Sin embargo, lejos del orgullo gubernamental es necesario preguntarse ¿qué resuelve la cárcel?, y si, por otra parte, no está siendo acaso parte del problema. Más que una sensación, podríamos decir que es una constatación que la cárcel no es igualitaria, es decir, no se ofrece como un instrumento de castigo para todas las clases sociales. Los pobres son los que van a las cárceles comunes, mientras que los militares que han violado los derechos humanos tienen cárceles propias y en condiciones desvergonzadas de lujo, y los ricos tienen “buenas defensas jurídicas” o se escapan del país. Esta burda clasificación no está lejos de la realidad.

Hace pocos días sorprendió, y algo escandalizó, la detención de un universitario que preguntaba a Carabineros por qué se tomaba detenido a un joven escolar… en este simple hecho, ocurren, al menos, dos fenómenos interesantes. En primer lugar, la detención de un niño no llamó particularmente la atención. Probablemente las denuncias realizadas por las organizaciones internacionales de Derechos Humanos contra Chile y su fuerza policial vayan justamente en esta línea, se abusa sistemáticamente de los manifestantes chilenos/as, que como bien sabemos tienen a todos los poderes del Estado en contra. Y en segundo lugar, se destaca que la arbitrariedad sí se produjo contra el estudiante universitario, lo que esconde un sesgo etario y clasista.

Ninguno de estos temas es objeto de la mirada inquisidora de los reality shows carcelarios de los canales de televisión, que se han afanado en mostrar hasta los más escabrosos detalles de la vida de las cárceles, sus habitantes y crímenes. Detrás de la cámara, en un lugar oculto, está el poder que castiga una y otra vez a los pobres, culpables o no, con defensa o sin ella, a un camino sin salida, con la eufemística oferta de reinserción social. Tal vez los únicos que han ganado con todo esto, son aquellos que han instalado sus empresas/fábricas privadas dentro de las cárceles para pagar menos salarios y lucrar más.
Hay que volver a poner el acento en el hombre.

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO U. de Chile
Estudiante Doctorado en Educación UNICAMP (Brasil)

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