miércoles, 21 de octubre de 2009

Cómo nació la LGE o la fábula del poder

Nuestra clase política carece de imaginación e inteligencia creativa. Si tuviese que encontrar una figura con la cual identificar a nuestra clase gobernante, creo que esta sería un Cíclope. Grande, enorme y devorador. Prisionero de las estadísticas fabricadas por sus hijos ordena y comanda. Se cree el dueño de la verdad y gracias a su “dieta” (parlamentaria) no osa cambiar mucho cosas del sistema. Es partidario del status quo y defiende a ultranza los acuerdos maquiavélicos que nada cambian. Cuenta con una fuerza policial que lo defiende de cualquier intento transformador. No le gusta la música ni el agua, tal vez por eso quiere escapar de Valparaíso y volver a Santiago: porque le encanta todo lo que tienda a “concentrar”. Admira a los grandes estadistas, le encanta la marcialidad de las fuerzas armadas y las misas de domingo. Le gusta el abolengo y se codea con los grandes mercaderes. Es machista, aunque se dé aires de renovado y abierto al cambio, prefiere a sus hijos. El lema del escudo nacional lo representa profundamente: Por la razón o la fuerza, o lo que podría ser su equivalente pedagógico: La letra con sangre entra. Prefiere caminar lento. Si alguien lo apura, acelera un poco el tranco para hacer creer que es partidario del progreso… pero luego, mira su cuenta corriente, y prefiere irse de viaje por el mundo. Cuando el trabajo sucio está hecho en las calles, vuelve y sonríe conciliador. Le encantan las comisiones. Las abre y cierra a su antojo, es su principal herramienta de negociación. Elige a uno que otro opositor para que opine y despotrique contra él en las comisiones. Terminada la labor de la comisión, somete las conclusiones a sus equipos redactores, siempre pulcros y conservadores. Luego viene la Cámara de Diputados Cíclopes y el Senado Cíclope, ellos revisan el texto, y eliminan cualquier resabio opositor. El producto es un elegante texto que declara buenas intenciones, se adorna seguido de palabras como: democracia, derechos humanos, participación, ciudadanía, igualdad (a veces), respeto, acuerdo (otra vez), entre otras. Luego, el texto legal es una oda al gatopardismo. Entonces los opositores al Cíclope mayor reclaman que la ley no recogió ninguna de sus ideas. Entonces los ministros, senadores y diputados militantes del ciclopedismo (después de levantar sus brazos con las manos unidas, que es su principal rito de unidad) defienden que se ha escuchado a todos los sectores, y cual historiador, hacen un recuento de la Comisión, procesos de redacción, y discusiones en el Parlamento. Los opositores defraudados son encarados por el cuarto poder (muy amigo de los grandes mercaderes), que les pregunta con inocencia: ¿qué más democracia quieren?, ¿acaso quieren imponer sólo sus opiniones? El golpe sobre la oposición es certero. Muchos de éstos desesperanzados se quedan viendo en la televisión la “Invasión Delincuente” sobre las ciudades del país Cíclope, y cómo hay que reforzar la fuerza policial. Otros salen a la calle a protestar para denunciar el fraude, pero como el principal problema del Gobierno Cíclope es el Orden Público, son rápidamente reducidos con gases del llanto. Pero afortunadamente no vivimos en el País de los Cíclopes ¿No es cierto?

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO U. de Chile

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