sábado, 17 de octubre de 2009

Breve cronología diaria de una profesora

Despierto a las 6:40 de la mañana para tomar una ducha. Pienso en el día de hoy, 10 horas pedagógicas de clases. Será un día pesado. Tengo sueño, anoche tuve que corregir las pruebas de dos cursos, es decir, alrededor de 80 alumnos y alumnas. Levanto a Ximenita, mi hija, tiene seis años, y ya está en primero básico, ya se debate como una pequeña Quijote contra molinos con forma de grandes letras. Me gusta verla creciendo, pero siento que me pierdo tantos momentos de su crecimiento. Cuarenta horas semanales, 34 horas en aula, ocho cursos diferentes, 320 nombres y apellidos, 320 procesos de aprendizaje diferentes que seguir. Me encantaría poder conocer mejor a mis estudiantes, poder seguir sus procesos individuales, sus éxitos y desafíos… Tomo rápido un té y un pan con mantequilla a la rápida, mientras pienso en mi primer curso. Un primero medio… pienso en Manuel Gómez y su dificultad para expresarse en las disertaciones orales. Dejo todo apagado, tomo a Ximenita y camino con ella, rápidamente a su escuela. Le doy un gran beso. Me gusta ver de reojo en el frontis de la escuela, aquella vieja placa de bronce con su marca “Escuela Pública”. Llevo un cuaderno con mis anotaciones sobre la evolución de cada uno de mis cursos, y trato de hacer alguna observación sobre cada uno de mis alumnos y alumnas. No es fácil, son tantos. Trato de desarrollar estrategias para aprender los nombres de pila de cada uno, los clasifico en mi memoria, los asocio a sus posiciones dentro de la sala y por grupos de referencia dentro de la sala… o lo que es más fácil, por sus tribus urbanas de pertenencia. Al llegar a la escuela, me recibe el Orientador del liceo y me dice que tendré que hacerme cargo junto a otro colega del programa de prevención sexual, y que debo presentar una planificación para el año. Para mis adentros me rio, y pienso en todas las modas que el Mineduc ha traído al liceo. Cuando estudié Pedagogía nunca estuve segura que eso era lo mío. Tal vez uno nunca está completamente decidido en ninguna carrera… pero estar aquí me gusta, a pesar de todo. Son las 7:50 y me encuentro con el padre de Javier. Me pregunta por qué le he puesto un 3,5 a su hijo, qué no correspondía, que su hijo sabe la materia, y que tenía que darle una nueva oportunidad. Yo le explico que tendrá otras oportunidades, pero que él necesita más atención, que le den en su casa las condiciones para que pueda estudiar. Lo miro a los ojos, y sabemos que hablamos también de esas marcas que encontramos el año pasado en el cuello de Javier, y que nos tuvieron a punto de tener que realizar una denuncia. El padre, un tanto molesto, se va sin despedirse. Avanzo por el pasillo. En la sala de profesores se siente un olorcito a café, algunas conversaciones. Veo a mis colegas tomando sus libros de clases, el primer curso del día se viene. Los alumnos y alumnas se pasean, conversan, gritan, se pasean, corren, algunos me saludan y otros permanecen sentados en las escalas. La campana suena y comienza la clase.

Hoy en la noche habrá reunión de apoderados. Será día de entrega de notas. He tratado de iniciar una pequeña escuela para padres con ellos, muchos son jóvenes y presiento que les hace falta conversar, pensar en ellos y ellas enfrentados a los pequeños adolescentes que se rebelan. ¿Cómo estará Ximenita? Luchando contra una E. Entrego los resultados de la prueba, y comenzamos la tradicional revisión colectiva de los errores. Algunos se pegan en la frente por haber borrado la respuesta que de seguro les hubiera significado un punto a favor. Otros conversan en voz alta en las filas de atrás, les llamo la atención, los llamo y les advierto que deben tomarse en serio el aprendizaje… entonces pienso en darles una tarea que los motive, y les digo que respondan en una semana, como esta materia se relaciona con sus vidas, pero con respuestas fundamentadas. Aceptan de buen grado el desafío, y me dicen que me van a impresionar. Cuesta entusiasmar a los alumnos, a muchos no le gusta estudiar, cuando esto mismo lo he comentado con sus padres, descubro que tampoco a ellos les importa. Tengo ganas de descansar un poco. Cuando se hacen tres o cuatro horas seguidas, se te seca la garganta, te sientes más ronca, también he sentido que mi capacidad auditiva es menor que cuando empecé a hacer clases. No me gusta gritar, pero es difícil estar ante 40 jóvenes que de vez en cuando se desconcentran, y debes reconducirlos al objeto de estudio. Cuando estas asesorías técnicas nos explican teóricamente cómo manejar los cursos, nosotros nos miramos y suspiramos… ninguno de ellos ha estado en esa situación y eso hace que nos cueste tanto enganchar con estos pseudoapoyos. Termino la última clase de la mañana y me siento bien, porque logré los objetivos planificados, no sólo “pasé la materia”, sino que logré interesantes reflexiones.

Al llegar la hora de almuerzo, guardo los libros, mientras un alumno, con su carita descompuesta me dice si puedo conversar con él. Allí desata su pena, esos secretos que no puede contar a nadie, las angustias de jóvenes solitarios, buscando oídos que no los enjuicien de antemano. Logro darle algunos consejos de persona más vieja. Te deja con el corazón apretado. Cada historia que conoces te hace preguntarte por qué pasan estas cosas. Te trisan un poco el corazón. Voy al casino, y alcanzo a tomar una de las últimas porciones de comida, y trago en cinco minutos. Salgo rápido, voy al baño, me mojo el rostro. Me miro al espejo, y veo a la profesora que aún sueña con acompañar a sus alumnos y alumnas, para convertirlos en ciudadanos, en buenas personas… fuera, un colega me muestra la última novedad: “la nueva ley general de educación permitiría que cualquier profesional con ocho semestres en la universidad haga clases en los liceos”. Sonreímos. Mientras luchamos para darles lo mejor de nosotros a nuestros alumnos y alumnas, otros desconfían, nos juzgan mal, piensan que ser profesor es fácil… que basta con pararse delante de un grupo de estudiantes y recitar. Entonces, suena de nuevo la campana. Rápidamente entrego las planificaciones del próximo semestre a nuestra Jefe Técnico, y me voy a clases. Este es un curso difícil, no les gusta mi materia. Debo pedirles que guarden sus Mp3, teléfonos celulares, maquillaje, que se sienten, que no griten, que no se lancen los lápices ni los cuadernos… pienso que no deberían estar aquí. ¿Por qué tener 10 horas de matemáticas? ¿Y otras tantas de lenguaje? Por qué estamos todos prisioneros del SIMCE, tanto ellos como yo… no nos queda otra. Si bien podría hablarles de otras cosas más importantes, sobre el amor, el arte, la política, los medios de comunicación… el Ministerio dice, pero si eso lo puede hacer… de hecho es deseable que lo hagan. Un par de años lo hicimos. Pero bajamos el SIMCE y perdimos nuestra excelencia académica, la cual no recuperamos hasta hoy. No se puede innovar, hay que tener un buen SIMCE… pero nadie es feliz con eso. A veces siento que tengo que adiestrar, no educar… pero trato de sobreponerme, y pese a todo hacer preguntas, y desafiar a mis alumnos y alumnas a que piensen, a que se detengan un par de segundos, que se miren, que se pregunten por sí mismos… y esos momentos tienen un gusto a estrella fugaz. 

La jornada termina, pero aún quedan cuatro horas más antes de volver a ver a Ximenita. Mi hija se irá Fernando a casa. Me siento un rato. Duelen tanto las piernas de estar tanto rato de pie. Es ahora cuando siento un cansancio. Es como si hubiese estado con un ejército de personas que te sacan tu energía, se llevan algo de ti. Tomo una taza de té. Y reviso el material para la reunión de apoderados. Los rojos, los azules, los con problemas de disciplina, los destacados, las becas, las ayudas de JUNAEB, las cuotas… en medio de todo esto: una pregunta. Les preguntaré: ¿por qué mandan a sus hijos e hijas a la escuela? A veces me pregunto por qué envío a Ximenita a la escuela, y cuando lo hago, sueño con ella creciendo y siendo una jovencita linda. Cuando entro a la sala es curioso verlos sentados en los asientos de sus hijos, es como ver a mis alumnos ya mayores… muchos apoderados no han venido. Me da pena que no se preocupen, que a principio de año haya estudiantes pidiendo ser sus propios apoderados, porque no hay nadie que los matricule. Entrego las notas, les digo que cuiden a sus hijos, que les pongan límites, porque eso es parte del ser padres también. Entonces mi pregunta despierta los sueños… “quiero que sea mejor que yo”, “para que sea feliz”, “me gustaría que tenga una linda familia”… la pizarra se llena de sueños, compromisos, solidaridad. Hacemos un pacto de apoyo mutuo, porque tenemos las mismas esperanzas, y ayudaremos a los demás, porque si todos alcanzamos nuestros potenciales, hacemos una mejor sociedad para vivir.

A las 21 horas llegó a ver a Ximenita que está cenando con su padre. Nos miramos los tres, sonreímos, algo triste y algo alegre ronda entre nosotros. El tiempo se arrastra y nos ahoga, pero a la vez la esperanza de saber que construimos día a día en una escuelita básica o en un liceo, un ahora mejor, nos consuela. Entonces me lavo la cara, y me miro al espejo, y veo a la profesora que soy.

Jorge Inzunza H.
Programa EPE, FACSO
Universidad de Chile

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